CONFESIONES DE UN ARTISTA DE MIERDA

Philip K. Dick

































Título original: Confessions of a Crap Artist

Traducción: Sara Aguinaco

© 1975 by Philip K. Dick

© 1992 Editorial Valdemar

ISBN: 84-7702-061-2

Edición digital: Paslical

Revisión: Sadrac, Ren&Stimpy

Versión 2.0


Fuente: www.phildick.com.ar

Descargado de: http://www.katarsis.rottenass.com


A Tessa,

la muchacha de cabello oscuro

que se preocupó por mí

cuando era más importante;

esto es, todo el tiempo.

Este libro es para ella con amor.







Introducción





Confesiones de un Artista de Mierda fue escrita en 1959. Es una proeza literaria, una de las novelas más extraordinarias que yo haya leído jamás. Creo que hay dos razones esenciales que explican por qué a Dick le llevó dieciséis años verla publicada. La primera es la intensidad del cuadro que pinta el autor. Es la clase de libro que hace que los editores tiemblen con (quizá inconsciente) aversión, tratando de aferrarse a cualquier tipo de excusa («no me gusta tanto cambio de punto de vista») para rechazarla y quitársela de la cabeza. Las personas son demasiado reales.

La segunda es que se trata de una novela de «literatura general», escrita por un autor que ya se ha establecido como un escritor de ciencia-ficción de bastante éxito. Es más fácil para un camello pasar por una aguja que para un autor de ciencia-ficción ser aceptado como un novelista serio cuando no escribe dentro de los límites del género.

Philip K. Dick nació en 1928. Comenzó a escribir profesionalmente a principios de los años 50, y, aunque durante toda aquella década no dejó de enviar con regularidad cuentos y novelas a las editoriales de literatura general, así como a los mercados de ciencia-ficción, sólo consiguió que le imprimieran sus historias de escritor de ciencia-ficción. Su primer cuento apareció en The Magazine of Fantasy & Science Fiction en 1952; su primera novela, Solar Lottery, fue editada por la Ace Books en 1955. Desde entonces le han publicado treinta y un libros más en los Estados Unidos, todos de ciencia-ficción.

A pesar de la considerable popularidad de la que gozaba Dick —en Norteamérica y, en especial, en Europa (donde hay más de cien ediciones distintas de sus libros)—, Confesiones de un Artista de Mierda es el primer libro publicado que no es de ciencia-ficción. Como mínimo, es una de once «novelas experimentales de literatura general» (su definición) que escribió durante los primeros diez años de su carrera profesional.

Confesiones es «experimental» sólo en el aspecto de que está narrada sin tener en cuenta ninguna regla novelística. La valía de Dick como escritor yace en sus percepciones inusuales e inusualmente vívidas del mundo en el que estamos y de la manera en que la gente se comporta, en particular la manera en la que se comporta una persona con otra. Estas percepciones dictan la forma y sustancia de sus novelas. En este caso, la historia se cuenta en primera persona del singular de cada uno de los tres personajes diferentes, en diferentes capítulos; también hay partes donde se emplea la tercera persona. Es algo inusual, pero funciona; las pocas novelas de Dick en las que ha intentado ceñir sus percepciones a una «estructura novelística» que no se originó de su propio interior, no funcionan ni la mitad de bien que ésta. Los libros de Dick tienen una estructura única que no surge por una experimentación calculada, del modo en que otros escritores son conscientes de que forman parte de algún movimiento de avant-garde, sino por pura necesidad.

Dick realizó algunos comentarios fascinantes sobre su actitud hacia la escritura en una carta que le envió a Eleanor Dimoff, de Harcourt, Brace and Company, el 1 de febrero de 1960, época en la que estaba activamente centrado en tratar de colocar sus novelas de «literatura general»:


«Ahora bien, no sé cuánto he de profundizar en el tema en esta carta. El método intuitivo —podría decir que gestáltico— por el cual opero, tiene la tendencia de hacerme «ver» el todo completo a la vez... Mozart operaba de la misma forma. Su problema, sencillamente, radicaba en plasmarlo en el papel. Si vivía lo suficiente, lo haría; si no, entonces no podría. En otras palabras, de acuerdo con mi opinión (no con la vuestra), mi trabajo consiste en plasmar aquello que ya tengo en la cabeza; hasta ahora, mi método ha sido el de desarrollar notas progresivamente más completas... Si creyera que el primer boceto contenía todo el concepto, sería un poeta, no un novelista. Pienso que me hacen falta unas 60.000 palabras para plasmar mi idea original en su absoluta totalidad».


Philip K. Dick tiene tres talentos en particular que no sólo le han permitido «plasmar» sus visiones, sino darles vida: su capacidad para crear personajes creíbles y compasivos, su sentido del horror y su sentido del humor.

Confesiones de un Artista de Mierda es la historia de cuatro personas que viven en un universo que perciben de manera muy diferente, pero cuyas vidas se enredan desesperadamente gracias a la combinación usual del destino, el accidente y sus propios actos deliberados (subrayen esto último... la novela alcanza sus cotas más agudas en las escenas donde cada personaje evalúa su propia situación y, luego, deliberadamente, actúa de tal forma que se hunde más en el agujero.) Jack Isidore, el «artista de Mierda» del título, es una ingenua alma perdida, un ser fascinado por fragmentos de información e incapaz de distinguir los hechos de la fantasía... ver el mundo a través de sus ojos es una experiencia extraña e inolvidable. No es un idiota en la tradición de los idiotas famosos de Faulkner y Dostoievski; su idiotez es tan próxima a nuestra normalidad como para asustarnos.

Fay Hume, la hermana de Jack, es una mujer inteligente, atractiva y perdidamente egoísta, casada con un tipo corriente e incapaz de expresarse, un bebedor de cerveza llamado Charley Hume, propietario de una pequeña fábrica en el Condado de Marin. Viven en una zona rural (Point Reyes), en una casa moderna, absurdamente no funcional, a varias horas de viaje al norte de San Francisco, junto con dos hijas, algo de ganado y una increíble factura eléctrica. El objetivo de Charley en la vida de Fay parece haber sido construirle esa casa de ensueño; una vez hecho, se marchita ante sus ojos y centra su atención en un hombre joven y casado que se llama Nathan Anteil. Nathan es un verdadero intelectual, un estudiante de derecho; enseguida cala a Fay por lo que es, pero, de todos modos, se ve atraído hacia ella. ¿Por qué? Lo ignora; quizá ni siquiera el autor lo sepa; sólo sabe que es verdad, que así es como se comporta la gente. La historia es perturbadora, hilarante y terriblemente creíble, porque tampoco el lector puede evitar reconocer la verdad cuando la ve, sin importar lo demencial que sea. Charley ataca a su mujer porque le obliga a comprarle Tampax. Es ridículo; pero, ¿quién de nosotros no es capaz de ver la cordura que hay bajo la locura de Charley? ¿Quién no es capaz de identificarse con Fay en sus momentos de autocomprensión, como el del siguiente soliloquio? Es divertido, por supuesto; aunque resulta demasiado exacto para no ser también doloroso:


«Casi en el acto sentí con precisión que era una loca histérica. No deberían confiarte el teléfono, me dije a mí misma. Me levanté de la cama y di vueltas por el dormitorio, dándome cuenta de que ahora lo sabrían en todo el pueblo. Fay Hume llama a algunas personas de Point Reyes y desvaría como una borracha. Eso es lo que comentarán: que estaba borracha. Vendrá el sheriff Chisholm y me arrestará. Tal vez debería llamarle yo y eliminar al intermediario».


La realidad de los personajes de Philip K. Dick brota del sencillo hecho de que para él son reales; les oye hablar en su mente, y graba sus conversaciones y pensamientos; el diálogo, en casi todas sus novelas, es excelente. En especial, es muy bueno en capturar la interacción entre la gente. La autenticidad de su trabajo radica no tanto en lo que dicen las personas, sino en cómo responden entre sí. En una conversación que mantuvimos en 1974, Dick me dijo:


«Bueno, nunca pude entender muy bien la idea de un único protagonista... Lo que he experimentado es que los problemas son multipersonales, nos involucran a todos nosotros, no existe nada parecido a un problema privado. Es sólo una forma de ignorancia, cuando me levanto por la mañana, tropiezo con una silla y me rompo la nariz, estoy arruinado y mi mujer me ha dejado... Es mi ignorancia lo que me hace pensar que soy un universo completo, que esas desgracias son mías y que no afectan al resto del planeta. Si fuera capaz de mirar desde un satélite, vería todo el globo, a todo el mundo levantándose de la cama y, de alguna manera parecida, tropezar con una silla y romper algo».


El humor en la novela, en todo lo que dice y escribe Dick, es manifiesto («Me quedé de pie en medio de mi cuarto sin hacer absolutamente nada, salvo respirar y, claro está, mantener otros procesos normales en marcha»). Dick escribe desde el centro de alguna vasta desesperación que, sin embargo, nunca es definitiva; aquí tenemos el reverso del cinismo. No importa lo mezquinos y absurdos que sean los actos y pensamientos de sus personajes, la actitud de Dick hacia ellos siempre, y en última instancia, es de compasión... los ama y los comprende, sus libros afirman fe y afecto por la humanidad, a pesar de todas nuestras estupideces. Resulta algo cómico. En Confesiones, en particular, cada pequeño e hilarante detalle de la tremenda vanidad de nuestras mentes queda expuesto sin ninguna piedad. ¿Es posible que una mujer pueda conducir a un hombre a semejante estado como para matar a su propia oveja mascota? Será mejor que lo crea.

No obstante, bajo ningún aspecto el humor diluye el horror. El horror de todas las novelas de Dick radica en que el mundo que nos rodea es cruel y demente, y cuanto más valerosamente luchamos por quitarnos los cristales de los ojos y ver las cosas como son en realidad, más sufrimos. La consciencia es dolor; y los personajes de Dick tienen la maldición de la consciencia, como el niño autista de Martian-Time Slip, que escucha el ruido del universo en descomposición. En Confesiones de un Artista de Mierda, el horror consiste en que los seres humanos se torturan los unos a los otros, y una y otra vez fracasan en hacer lo que es mejor tanto para las personas que les rodean como para sí mismos. Vagamente —a veces, hasta con precisión— somos conscientes de la interrelación de nuestras vidas, pero no parecemos capaces de conseguir que esa consciencia trabaje para nosotros. Incluso nuestros esfuerzos dan la impresión de empeorar las cosas. La novela queda resumida en la aguda observación de Jack Isidore: «De hecho, el mundo está lleno de locos. Es suficiente para deprimirte.».

Sigo con las palabras de Philip K. Dick acerca de Confesiones de un Artista de Mierda, sacadas de una carta fechada el 19 de enero de 1975:


«Cuando escribí Confesiones, tenía la idea de crear al protagonista más idiota, ignorante y carente de sentido común, un conjunto andante de creencias y opiniones estúpidas... un proscrito de nuestra sociedad, un hombre completamente marginal que ve todo desde el exterior y, por lo tanto, debe adivinar qué está pasando.

En la edad media vivió un Isidoro de Sevilla, España, que escribió una enciclopedia, la más corta que se hubiera redactado jamás: si no recuerdo mal, tenía unas treinta y cinco páginas. Entonces no me di cuenta de lo ignorantes que eran hasta que descubrí que la enciclopedia de Isidoro de Sevilla fue considerada una obra maestra de compilaciones eruditas durante un tiempo infernalmente largo.

En ese momento, allá por los años 50, se me ocurrió preguntarme: ¿Y si creara a un Isidoro moderno, éste de Sevilla, California, y le hiciera escribir algo para nuestra época, similar a lo de Isidoro, de Sevilla, España? ¿Cómo sería su análogo? Sin ninguna duda, una persona esquizoide, un solitario, como mi protagonista. Pero además, y lo más importante de todo, quería mostrar que este proscrito ignorante también era un hombre, igual que nosotros; tiene el mismo corazón que nosotros, y, a veces, es una buena persona.

Al leer la novela ahora, me sorprende descubrir que estoy aún más de acuerdo en que este Jack Isidore de Sevilla, California, no es ningún estúpido; me sorprende ver cómo, bajo la superficie de su parloteo constante, posee una especie de subconsciente astutamente evaluador que ve, quizá, de forma más oscura en los acontecimientos. ¡Pero, mierda... al terminar de leer la novela, y para mi asombro, pensé que tal vez el viejo Jack Isidore tenga razón! Quizá no sólo vea tan bien como nosotros, sino —increíblemente, realmente— algo mejor.

En otras palabras, sentía simpatía por él cuando escribí el libro en los años 50; sin embargo, ahora creo que siento incluso más simpatía, como si el tiempo hubiera reivindicado a Jack Isidore. Las opiniones a las que con tanto dolor ha llegado, de algún modo extraño y hermoso, carecen de los prejuicios que nos dictan al resto de nosotros lo que, llueva o truene, debe ser verdad y lo que no debe serlo. Jack Isidore empieza sin prejuicios, coge su información de donde puede encontrarla, y termina con conclusiones grotescas pero, curiosamente, auténticas. Como un observador de otro planeta, es una especie de sociólogo de los barrios bajos que está entre nosotros. Me gusta; lo apruebo. Me pregunto si dentro de otros veinte años sus opiniones no parecerán más acertadas. En muchos aspectos es una persona superior.

Al final, por ejemplo, cuando se da cuenta de que estaba equivocado, de que el mundo no va a terminar, es capaz de sobrevivir a esa extraordinaria (para él) comprensión; se adapta. Me gustaría saber si nosotros seríamos capaces de hacerlo tan bien si descubriéramos que él tenía razón y que nosotros estábamos equivocados. Pero, quizá lo más importante de todo, tal como el mismo Jack observó, ¿no fuimos testigos de cómo unos seres humanos normales, los cuerdos, los educados y equilibrados, se destruían a sí mismos de manera horrible mientras Jack lograba mantenerse casi siempre al margen de cualquier maldad moral?

Si su sentido común, su juicio práctico en lo referente a lo que es y lo que puede o no puede hacer, está jodido, ¿qué me dices de su negativa a dejarse llevar hacia actos criminales y perversos? Permanece libre. Desde un punto de vista realista, se encuentra perdido y maldito; sin embargo, desde un punto de vista moral, espiritual si lo prefieres, termina inmaculado... y sin duda alguna, es su victoria, y una medida de su astuto discernimiento, que lo comprenda y así lo haga notar.

De modo que Jack posee un grado enorme de perspicacia sobre sí mismo y sobre el mundo que le rodea. No es ningún estúpido. Desde un punto de vista de mera supervivencia, quizá lo consiga (y debería hacerlo). Tal vez, como el Emperador Claudio de Roma, como «El Idiota», es uno de los tontos a los que Dios favorece; quizá sea una verdadera reencarnación de Percival, el tonto inocente de las leyendas medievales... en ese caso, nos sería de gran ayuda, y muchos más como él.

Este hombre clemente, capaz de evaluar sin prejuicios (en el análisis final) los corazones y actos de otros seres humanos, es, para mí, una especie de héroe romántico; me basé en mí mismo cuando lo escribí, y ahora, después de leer el libro muchos años después, me complace mi modelo interior, mi otro yo, Jack Isidore de Sevilla, California: un hombre menos egoísta que yo, más amable y, de una manera profunda, una mejor persona».


Confesiones de un Artista de Mierda es, en opinión de Philip K. Dick, la mejor de sus novelas al margen del género de la ciencia-ficción, y uno de los mejores libros que ha escrito (situado al mismo nivel, en opinión de quien firma este artículo, de la novela que ganara el Premio Hugo, The Man in the High Castle y del igualmente brillante Martian-Time Slip). Creo que también es una de las novelas más penetrantes que se han escrito sobre la vida en América a mediados del siglo veinte.

Philip K. Dick vivía en Point Reyes, California, cuando escribió esta historia. Poco después de acabarla, se casó con la mujer que le había inspirado la creación de Fay Hume; vivieron juntos durante los siguientes cinco años.


Paul Williams Nueva York, febrero, 1975



UNO




Estoy hecho de agua. Jamás se darán cuenta de ello, porque la tengo contenida. También mis amigos están hechos de agua. Todos. Para nosotros, el problema no sólo radica en que debemos andar sin ser absorbidos por la tierra, sino que debemos ganarnos la vida.

En realidad, hay un problema aún mayor. No nos sentimos cómodos en ninguna parte. ¿Por qué?

La respuesta es la Segunda Guerra Mundial.

Comenzó el 7 de diciembre de 1941. En aquella época yo tenía dieciséis años y todavía asistía a la escuela secundaria de Sevilla. Tan pronto como escuché la noticia en la radio, me di cuenta de que iba a combatir en ella, de que nuestro presidente ahora tenía la oportunidad de azotar a los japoneses y a los alemanes, y que haría falta el esfuerzo de todos, hombro con hombro. La radio la había construido yo mismo. Siempre andaba montando receptores de tubos de superheterodino. Mi cuarto estaba atestado de auriculares, cables y condensadores, junto con mucho más material técnico.

El anuncio de la radio interrumpió una publicidad de pan que decía:


«¡Homer! ¡No te olvides del pan Homestead!»


Solía odiar esa publicidad, y acababa de pegar un salto para cambiar de frecuencia cuando, en el acto, la voz de la mujer fue cortada. Naturalmente, lo noté; no tuve que pensar dos veces para comprender que pasaba algo. Ahí tenía mi colección de sellos coloniales de Alemania —los que muestran el yate del Káiser, el Hohenzollem— desplegados a muy poca distancia de la luz directa del sol, sabiendo que debía colocarlos en el álbum antes de que les sucediera algo. Sin embargo, me quedé de pie en medio de mi cuarto sin hacer absolutamente nada, salvo respirar, y, claro está, mantener otros procesos normales en marcha. Mantener mi lado físico mientras mi mente se centraba en la radio.

Por supuesto, mi hermana, mi madre y mi padre habían salido a pasar la tarde fuera, así que no tenía a nadie a quien contárselo. Eso me puso lívido de cólera. Después de las noticias sobre los aviones japoneses que nos bombardeaban, me puse a correr en círculos, tratando de pensar a quién llamar. Por fin, bajé a toda velocidad por la escalera y entré en el salón, desde donde telefoneé a Herman Hauck, un amigo de la escuela de Sevilla que compartía mi pupitre en la clase de Física 2A. Le conté las noticias y no tardó ni un instante en venir a casa en su bicicleta. Nos sentamos a la espera delante de la radio y discutimos la situación.

Al mismo tiempo encendimos un par de Camels.

—Esto significa que Alemania e Italia también intervendrán —le dije a Hauck—. Significa una guerra contra el Eje, no sólo contra los japoneses. Desde luego, primero deberemos machacar a los japs, y luego centrar nuestra atención en Europa.

—Cuánto me alegra ver que aquí tenemos nuestra oportunidad de darle su merecido a esos japoneses —comentó Hauck. Los dos nos mostramos de acuerdo—. Estoy ansioso de que entremos en guerra —añadió. Nos pusimos a dar vueltas por mi habitación, fumando y con los oídos atentos a la radio—. Miserables enanos de panza amarilla —soltó Herman—. ¿Sabes?, no tienen una cultura propia. Toda su civilización se la robaron a los chinos. En realidad descienden más de los monos; no son seres humanos de verdad. No es como luchar contra humanos reales.

—Es verdad —dije.

Por supuesto, esto era por 1941, y una afirmación no científica como ésa no se llegaba a cuestionar. En la actualidad sabemos que los chinos tampoco tienen una cultura. Se hicieron Rojos como la masa de hormigas que son. Para ellos, es una vida natural. Además, realmente no importa, porque estábamos destinados a tener problemas con ellos tarde o temprano. Algún día tendremos que machacarlos como machacamos a los japs. Y cuando llegue el momento, lo haremos.

No fue mucho después del 7 de diciembre cuando las autoridades militares transmitieron las noticias por los postes telefónicos, diciéndole a los japs que debían salir de California para tal y tal fecha. En Sevilla —que se encuentra a unos sesenta kilómetros de San Francisco— teníamos cierto número de japoneses haciendo negocios; uno llevaba un vivero, otro una tienda de comestibles... sus típicas tiendas pequeñas, con las que ganan unos peniques aquí y allá, haciendo que sus diez hijos realicen todo el trabajo y, por lo general, manteniéndose con un bol de arroz al día. Ningún blanco puede competir con ellos, ya que están dispuestos a trabajar por nada. Bueno, pues ahora tenían que largarse, les gustara o no. En mi opinión, era por su bien, ya que muchos de nosotros estábamos agitados ante la visión de los japs saboteando y espiando. En la escuela secundaria de Sevilla, unos cuantos perseguimos a un chico japonés y lo zarandeamos un poco, para que viera cómo nos sentíamos. Si no recuerdo mal, su padre era dentista.

El único jap que yo conocía de verdad era un vendedor de seguros que vivía enfrente de nosotros. Como todos ellos, tenía un gran jardín a ambos lados de la casa y en la parte de atrás, y por las tardes y durante los fines de semana solía aparecer con unos pantalones de color caqui, una camiseta y zapatillas de tenis, llevando una manguera y un saco de fertilizante, un rastrillo y una pala. Había plantado un montón de verduras japonesas que jamás reconocí, algunas alubias, calabazas y melones, más las acostumbradas remolachas y zanahorias. Yo solía observarlo mientras quitaba las malas hierbas alrededor de las calabazas, y siempre le decía:

—Ahí está Jack Calabacín de nuevo en su jardín buscando una nueva calabaza.

Con su cuello flaco y su cabeza redondeada no se parecía a Jack Calabacín; tenía el pelo afeitado, como lo llevan ahora los estudiantes universitarios, y siempre sonreía. Tenía dientes enormes que los labios jamás le tapaban.

En aquella época, antes de que sacaran a los japs de California, me obsesionaba la idea de ese amarillo dando vueltas por el barrio con una calabaza en descomposición, buscando una fresca. Tenía un aspecto tan enfermizo —principalmente porque era muy flaco y encorvado— que me puse a conjeturar cuál podía ser su mal. A mí me parecía que era tuberculosis. Durante un tiempo temí —me molestó semanas enteras— que un día que estuviera en su jardín o que bajara por el camino particular en dirección a su coche, se le rompiera el cuello y se le cayera la cabeza a los pies. Aguardé con temor que le sucediera, por eso siempre debía estar atento cuando le oía. Y siempre que andaba cerca podía escucharle, porque constantemente carraspeaba y escupía. Su mujer también escupía, y era muy pequeña y bonita. Casi se parecía a una estrella de cine. Pero su inglés, según mi madre, era tan malo que resultaba inútil que alguien intentara hablar con ella; lo único que hacía era reírse entre dientes.

La idea de que el señor Watanaba se parecía a Jack Calabacín jamás se me podría haber ocurrido si no hubiera leído los libros de Oz en mis años infantiles; de hecho, todavía tenía algunos por mi habitación bien entrada ya la Segunda Guerra Mundial. Los guardaba con mis revistas de ciencia-ficción, mi viejo microscopio y mi colección de piedras, y con el modelo del sistema solar que había construido en la escuela secundaria para mi clase de ciencia. Cuando se escribieron los libros de Oz, allá por 1900, todo el mundo los tomó por una ficción, igual que sucedió con los libros de Julio Verne y H.G. Wells. Pero ahora empezamos a ver que aunque los personajes, como Ozma, el Mago y Dorothy, eran creaciones de la mente de Baum, la idea de una civilización en el interior del mundo no es algo fantástico. Recientemente, Richard Shaver ha proporcionado una descripción detallada de una civilización en el interior del mundo, y otros exploradores están alerta ante la posibilidad de tales descubrimientos. También puede que se descubra que los continentes perdidos de Mu y la Atlántida pertenecen a una cultura antigua en la que las tierras interiores han desempeñado un papel importante.

Hoy en día, en los años 50, la atención de todo el mundo está dirigida hacia arriba, al cielo. La vida en otros mundos es lo que centra la atención de la gente. Sin embargo, en cualquier momento el suelo se puede abrir bajo nuestros pies y surgir extrañas y misteriosas razas de su interior. Vale la pena pensar en ello... Y en California, con eso de los terremotos, la situación resulta particularmente acuciante. Cada vez que hay un terremoto, me pregunto: ¿abrirá éste la grieta en el suelo que, finalmente, revele el mundo interior? ¿Será éste?

A veces, a la hora de la comida, lo he discutido con mis compañeros de trabajo, hasta con el señor Poity, el dueño de la empresa. Mi experiencia me dice que si algunos tienen conciencia de una raza no terrestre, sólo se preocupan de los ovnis y de las razas con las que nos encontramos, sin darnos cuenta, en el cielo. Es lo que llamaría intolerancia, incluso prejuicio, pero requiere mucho tiempo, hasta en estos días, que los hechos científicos lleguen al conocimiento del público en general. Los mismos científicos son remisos al cambio, así que depende de nosotros, el público científicamente entrenado, ser la avanzadilla. No obstante, he descubierto, incluso entre nosotros, que hay muchos a los que no les importa nada. Mi hermana, por ejemplo. En los últimos años, ella y su marido han estado viviendo en la parte norte del Condado de Marin, y lo único que parece preocuparles ahí arriba es el budismo zen. De modo que aquí, en mi propia familia, hay un ejemplo de una persona que ha pasado de la curiosidad científica a una religión asiática que amenaza, igual que el cristianismo, con ahogar la facultad racional de cuestionamiento.

Sea como fuere, el señor Poity está interesado, y yo le he prestado unos libros del Coronel Churchward sobre Mu.

Mi trabajo en el Servicio de Ruedas One-Day Dealer’s es interesante, y me obliga a emplear parte de mi destreza con las herramientas, aunque muy poco de mi entrenamiento científico. Me encargo de volver a marcar surcos. Lo que hacemos es coger las lisas, es decir, las ruedas que están tan gastadas que ya casi no les quedan estrías; luego, con una punta caliente marcamos surcos hasta la misma cubierta, siguiendo el viejo patrón gastado, de modo que da la impresión de que la rueda aún tiene caucho... cuando, en realidad, sólo queda el material de la cubierta. Entonces, la pintamos con pintura negra de caucho, dejándole la apariencia de una rueda en buenas condiciones. Por supuesto, si la lleváis en vuestro coche, basta con que piséis una cerilla caliente y ¡boom! Tenéis una rueda pinchada. Sin embargo, por lo general, una rueda vuelta a marcar aguanta un mes. De paso, no podéis comprar ruedas como las que yo hago. Tratamos sólo al por mayor, esto es, con agencias de coches usados.

El trabajo no paga mucho, pero resulta divertido descubrir el viejo patrón de surcos... a veces casi ni se ve. De hecho, a veces sólo un experto, un técnico entrenado como yo, puede verlo y rastrearlo. Y hay que hacerlo a la perfección, porque si te apartas del patrón original, queda una marca que hasta un idiota puede reconocer que no ha sido hecha por la máquina original. Cuando termino con una rueda, no parece marcada a mano. Muestra el aspecto exacto que tendría si lo hubiera hecho una máquina, lo cual, para un marcador de surcos, es la sensación más satisfactoria del mundo.



DOS




Sevilla, California, tiene una buena biblioteca pública. Pero lo mejor de vivir en Sevilla es que sólo en veinte minutos en coche llegas a Santa Cruz, donde está la playa y el parque de atracciones. Y durante todo el trayecto hay cuatro carriles.

Para mí, sin embargo, la biblioteca ha sido importante en la formación de mi educación y convicciones. Los viernes, que es mi día libre, voy a eso de las diez de la mañana y leo Life y las viñetas del Saturday Evening Post, y luego, si los bibliotecarios no me están mirando, saco de las estanterías las revistas de fotografía y las inspecciono con el propósito de encontrar esas poses especiales de arte en que aparecen chicas. Y si miras con atención al principio y al final de las revistas de fotografía, encuentras anuncios que casi nadie ve, anuncios que están ahí para ti. Sin embargo, debes estar familiarizado con el estilo. Sea como fuere, lo que esos anuncios te consiguen, si les envías el dólar, es algo distinto de lo que ves incluso en las mejores revistas, como Playboy o Esquire. Recibes las fotos de chicas haciendo algo completamente diferente, y en algunos aspectos son mejores, aunque por lo general las chicas son más viejas —a veces incluso brujas arrugadas— y nunca son bonitas y, lo peor de todo, es que tienen pechos grandes y caídos. Sin embargo, aparecen haciendo cosas inusuales de verdad, cosas que no esperas que las chicas hagan en las fotos —no se trata de cosas especialmente sucias, pues, después de todo, vienen por correo Federal desde Los Angeles y Glendale—, como una que recuerdo en la que una chica estaba echada sobre el suelo, con un sujetador negro de encajes, medias negras y zapatos de tacón alto, y otra chica la limpiaba con una fregona aclarada en un cubo lleno de espuma. Eso me tuvo concentrado durante meses. Y recuerdo otra de una chica vestida con lo habitual —como arriba— que empujaba a otra igualmente ataviada por una escalera, de modo que la víctima-chica (si es que se la llama así; al menos es como yo suelo pensar en ella) estaba toda doblada y ladeada, como si tuviera los brazos y las piernas rotas... una muñeca de trapo o algo por el estilo, como si la hubieran atropellado con un coche.

Y siempre están aquellas en que la chica más fuerte, el ama, tiene atada a la otra. Se les llama fotos de disciplina. Y mejores aún son los dibujos de disciplina. Los que las realizan son artistas realmente competentes... algunos sí que valen la pena verse. Otros, de hecho la mayoría, son basura mediocre, son tan vulgares que no se les debería permitir ir por correo.

Durante años he tenido un sentimiento extraño al mirar esas fotografías, no un sentimiento sucio —nada que ver con la sexualidad o las relaciones—, sino el que experimentas en lo alto de una montaña respirando aire puro, como en Big Basin Park, donde están las secoyas y las corrientes de la montaña. Por esas secuoyas solíamos ir de caza, aunque, naturalmente, es ilegal cazar en un parque Estatal o Federal. De vez en cuando conseguíamos algún ciervo. Sin embargo, las armas que usábamos no eran mías. A mí me la prestaba Harvey St. James.

Por lo general, cuando hay algo que vale la pena hacer, nosotros tres, yo, St. James y Bob Paddleford, lo hacemos juntos en el Ford convertible del 57 de St. James, con los tubos de escape dobles, los faros gemelos y el parachoques trasero caído. Es todo un coche, famoso en Sevilla y Santa Cruz; tiene pintura metalizada dorada, con los rebordes de color púrpura que pintamos nosotros a mano. Para conseguir esas líneas tan brillantes empleamos moldes de fibra de vidrio. Se parece más a un cohete espacial que a un coche; tiene el aspecto del espacio exterior y velocidades que se aproximan a la de la luz.

Para pasarlo bien de verdad, cruzamos las Sierras en dirección a Reno. Salimos el viernes por la noche, cuando St. James termina de vender trajes en Hapsberg's Menswear, vamos a San José a recoger a Paddleford —trabaja para la Shell Oil, en el departamento de programación— y, entonces, partimos hacia Reno. Esa noche no dormimos nada; llegamos tarde y nos vamos directamente a jugar en las máquinas tragaperras o al blackjack. Luego, a eso de las diez de la mañana del sábado, nos echamos una cabezadita en el coche, localizamos unos servicios públicos para afeitarnos, cambiarnos las camisas y las corbatas, y salimos en busca de mujeres. Siempre se puede encontrar ese tipo de mujer en Reno; es una ciudad realmente sucia.

Francamente, a mí no me gusta mucho esa parte. No tiene ningún papel importante en mi vida, no más que cualquier otra actividad física. Sólo con mirarme reconoceríais que mi energía principal se encuentra en la mente.

Cuando estaba en sexto grado empecé a usar gafas, ya que leía demasiadas historias divertidas. Tip Top Comics, King Comics y Popular Comics... esos fueron los primeros cómics que aparecieron, allá a mediados de los años treinta, y luego les siguieron muchos más. Yo los leí todos en la escuela primaria, y los cambiaba con otros chicos. Más tarde, en la escuela secundaria, empecé a leer Astonishing Stories, que era una revista de pseudo-ciencia, y Amazing Stories y Thrilling Wonder. De hecho, tenía la colección casi completa de Thrilling Wonder, que era mi favorita. En un anuncio en Thrilling conseguí mi imán de la suerte, que todavía llevo conmigo. Eso fue en 1939.

Toda mi familia había sido delgada, a excepción de mi madre, y en cuanto me puse esas gafas de montura plateada que siempre le daban a los chicos por aquella época, adquirí un aire erudito, como el de un verdadero empollón. Además, tenía una frente ancha. Más tarde, en la secundaria, tenía bastante caspa, lo cual hacía que mi pelo pareciera mucho más claro de lo que era en realidad. De vez en cuando mostraba un tartamudeo que me molestaba, aunque descubrí que si me agachaba de repente, como si estuviera quitándome algo de la pierna, era capaz de pronunciar bien la palabra, de modo que cogí ese hábito. Tenía, y todavía tengo, una marca en la mejilla, al lado de la nariz, una cicatriz debida a la viruela. En la escuela secundaria me sentía nervioso la mayor parte del tiempo, y solía rascármela hasta que se infectó. También tenía otros problemas de piel, del tipo del acné, aunque en mi caso, los puntos mostraban una textura púrpura que el dermatólogo dijo que se debía a una infección ligera de todo mi cuerpo. De hecho, a pesar de que tengo treinta y cuatro años, de vez en cuando, y de manera súbita, me salen granos, no en la cara, sino en el culo o en las axilas.

En la secundaria llevaba ropa bastante buena, lo cual hizo posible que sobresaliera y fuera popular. En particular tenía un jersey azul de cachemira que usé durante casi cuatro años, hasta que olió tan mal que el profesor de gimnasia me obligó a tirarlo. De todas formas, me tenía sentenciado, ya que nunca me duchaba en el gimnasio.

Fue el American Weekly, ninguna otra revista, la que despertó mi interés por la ciencia.

Posiblemente, recordaréis el artículo que sacaron en el número del 4 de mayo de 1935, sobre el Mar de los Sargazos. Por aquel entonces, yo contaba diez años de edad y estaba en cuarto grado. Por lo tanto, apenas era lo suficientemente mayor para leer otra cosa que no fueran historietas. Había un dibujo enorme, en seis o siete colores, que abarcaba dos páginas enteras abiertas: mostraba barcos encallados en el Mar de los Sargazos que llevaban ahí cientos de años. Mostraba los esqueletos de los marineros, cubiertos de algas. Las velas podridas y los mástiles. Había todo tipo de barcos, incluso algunos de la antigua Grecia y Roma, y algunos de la época de Colón, y los barcos de los vikingos. Todos juntos. Inmóviles. Encallados allí para siempre, atrapados por el Mar de los Sargazos.

El artículo contaba cómo los barcos eran atraídos hacia allí y quedaban atrapados, y cómo ninguno jamás conseguía escapar. Había tantos que estaban uno al lado del otro a lo largo de kilómetros. Todas las clases de barcos que existieron, aunque más adelante, cuando aparecieron los buques a vapor, se redujo la cantidad de los que encallaban, obviamente porque no dependían de las corrientes del viento, sino que disponían de su propia energía de propulsión.

El artículo me afectó porque, en muchos aspectos, me recordó un episodio de Jack Armstrong, el Chico Americano, que me había parecido muy importante y tenía que ver con el Cementerio Perdido de los Elefantes. Recuerdo que Jack tenía una llave de metal que cuando la golpeabas resonaba de forma extraña, y era la clave para el cementerio. Durante mucho tiempo golpeé todo trozo de metal con el que me topaba para hacer que resonara, tratando de producir ese sonido y dar por mi cuenta con el Cementerio Perdido de los Elefantes (se suponía que en alguna parte de las rocas se abría una puerta). Cuando leí el artículo sobre el Mar de los Sargazos advertí un parecido importante; se buscaba el Cementerio Perdido de los Elefantes por el marfil, y en el Mar de los Sargazos había millones de dólares en joyas y oro, el cargamento de los barcos encallados, que sólo esperaban que alguien los encontrara y los reclamara. Y la diferencia entre los dos era que el Cementerio Perdido de los Elefantes no era un hecho científico, sino un mito contado por exploradores y nativos comidos por la fiebre, mientras que el Mar de los Sargazos estaba científicamente establecido.

Extendí el artículo en el suelo de nuestro salón, en la casa que teníamos alquilada en aquella época en la Avenida Illinois, y cuando mi hermana regresó a casa en compañía de mi madre y mi padre, traté de interesarla en él. Pero por aquel entonces ella sólo tenía ocho años. Nos enzarzamos en una pelea terrible a causa del artículo, y el resultado fue que mi padre cogió el American Weekly y lo tiró al cubo de la basura que había debajo de la pila. Eso me irritó tanto que tuve una fantasía sobre él en el Mar de los Sargazos. Era tan desagradable que ni siquiera ahora soporto recordarla. Fue uno de los peores días de mi vida, y siempre pensé que Fay, mi hermana, era responsable de lo que sucedió; si hubiera leído el artículo y me hubiera escuchado, como deseaba que hiciera, nada habría salido mal. De verdad me deprimió que algo tan importante y, en cierto sentido, hermoso, fuera degradado tal como ocurrió aquel día. Fue como si pisotearan y aplastaran un sueño delicado.

Ni mi padre ni mi madre estaban interesados en la ciencia. Mi padre trabajaba con otro hombre, un italiano, como carpintero y pintor de casas, y durante unos cuantos años estuvo empleado en los Ferrocarriles Southern Pacific en el departamento de mantenimiento. Nunca leyó nada salvo el Examiner, de San Francisco, el Reader's Digest y el National Geographic. Mi madre estaba suscrita a Liberty, y, luego, cuando la revista dejó de publicarse, se puso a leer Good Housekeeping. Ninguno de los dos recibió una educación científica ni de ningún tipo. Siempre nos desanimaron a mí y a Fay de leer, y de vez en cuando, en mi infancia, hacían incursiones a mi cuarto y quemaban todo material de lectura que pudieran capturar, incluso los libros de la biblioteca. Durante la Segunda Guerra Mundial, cuando estaba de servicio en el ejército, en ultramar, luchando en Okinawa, entraron en mi dormitorio, el cuarto que siempre me había pertenecido, amontonaron todas mis revistas de ciencia-ficción y mis álbumes de fotos de chicas, hasta mis libros de Oz y las revistas de Popular Science, y los quemaron, tal como habían hecho en mi niñez. Cuando regresé de defenderlos contra el enemigo, descubrí que no había nada para leer en toda la casa. Y todos mis valiosos ficheros de referencia de hechos científicos inusuales habían desaparecido para siempre. Sin embargo, recuerdo el que, probablemente, era el hecho más sorprendente de aquel fichero de miles de datos. La luz del sol tiene peso. Cada año la Tierra pesa cinco mil kilos más, debido a la luz del sol que se posa en ella. Nunca lo olvidé, y el otro día calculé que desde la primera vez que lo leí, en 1940, casi novecientos mil kilos de luz del sol han caído sobre la Tierra.

Y luego, también, un hecho que cada vez es más evidente entre las personas inteligentes: ¡la aplicación del poder mental puede mover a distancia un objeto! Es algo que siempre he sabido, porque de niño solía hacerlo. De hecho, toda mi familia lo hacía, hasta mi padre. Se trataba de una actividad que practicábamos con regularidad, en especial en lugares públicos, como los restaurantes. En una ocasión, nos concentramos todos en un hombre que llevaba un traje gris e hicimos que se llevara la mano derecha atrás y se rascara el cuello. Otra vez, en un autobús, influimos para que una vieja gorda de color se pusiera de pie y bajara del vehículo, aunque requirió cierto esfuerzo, probablemente porque era muy pesada. No obstante, un día se nos estropeó por culpa de mi hermana; estábamos concentrados en un hombre que aguardaba para entrar en el lavabo, que se hallaba enfrente de nuestra mesa, y mi hermana dijo de repente:

—Qué montón de mierda.

Tanto mi madre como mi padre se enfurecieron con ella, y mi padre le dio una bofetada, no tanto por emplear una palabra como esa a su edad (tenía unos once años), sino por interrumpir nuestra concentración mental. Creo que oyó la palabra a uno de los chicos de la Escuela Elemental Millard Fillmore, en la cual cursaba quinto grado por entonces. Siendo tan joven, ya había empezado a ser grosera y dura; le gustaba jugar al fútbol y al béisbol, y siempre estaba en el campo de juego con los chicos en vez de con las chicas. Igual que yo, siempre había sido delgada. Solía correr muy bien, casi como un atleta profesional, y tenía la costumbre de coger algo, digamos mi paquete semanal de Jujubees, que yo compraba los sábados por la mañana con mi asignación, y salía corriendo para ocultarse en alguna parte y comérselos. Nunca consiguió lo que llamaríamos una figura, ni siquiera ahora que tiene más de treinta años. Sin embargo, tiene unas piernas bonitas y largas, y un andar elástico, y dos veces por semana va a una clase de baile moderno y hace ejercicio. Pesa unos cincuenta y cinco kilos.

Debido a su afición a los juegos masculinos, siempre empleó palabras de hombres, y cuando se casó por primera vez, lo hizo con un hombre que se ganaba la vida como propietario de una fábrica pequeña de letreros y puertas metálicas. Hasta que le dio un ataque al corazón, fue un tipo duro. Los dos solían subir y bajar por los riscos de Point Reyes, por la zona en la que viven, en el Condado de Marin, y durante un tiempo tuvieron dos caballos árabes en los que cabalgaban. Extrañamente, sufrió el ataque al corazón jugando al badmington, un juego de niños. El pajarito pasó por encima de su cabeza —era un tiro de Fay— y él corrió hacia atrás, tropezó con un agujero de una ardilla y cayó de espaldas. Luego se levantó, soltó unas cuantas maldiciones vehementes cuando vio que su raqueta se había roto por la mitad, se dirigió a la casa para coger otra, y tuvo el ataque al corazón precisamente cuando volvió a salir al patio.

Por supuesto, él y Fay habían estado peleando, como de costumbre, y eso pudo haber tenido algo que ver. Cuando se enfurecía no tenía control sobre el lenguaje que empleaba, y Fay siempre había sido igual, no por emplear sólo palabras soeces, sino por la elección indiscriminada de insultos, que se lanzaban a sus puntos débiles, diciendo cualquier cosa que pudiera hacer daño, fuera o no verdad... en otras palabras, diciendo cualquier cosa, y en voz alta, de modo que sus dos hijas les oyeran con claridad. Incluso en su conversación normal, Charley siempre había sido malhablado, algo que cabe esperar de un hombre que creció en un pueblo de Colorado. Y Fay siempre disfrutó con su lenguaje. Los dos formaban toda una pareja. Recuerdo que un día estábamos los tres en su patio, disfrutando del sol, y yo comenté algo, creo que tenía que ver con el viaje espacial, y Charley me dijo:

—Isidore, sí que eres un artista de mierda.

Fay se rió, porque me dolió mucho. A ella le daba lo mismo que yo fuera su hermano; no le importaba a quién insultaba Charley. La ironía de un patán como ése, de un ignorante barrigudo y bebedor de cerveza del medio-oeste que nunca terminó la escuela secundaria, llamándome un «artista de mierda» se quedó en mi cabeza e hizo que eligiera el título irónico para este trabajo. Puedo ver claramente a todos los Charley Hume del mundo, con sus radios portátiles sintonizadas en los bailes de los Giants, con un cigarro enorme colgando de sus bocas, y esa expresión apagada y vacía en sus gordas y rojas caras... Y son esos patanes los que dirigen este país y sus industrias más importantes, el ejército y la marina, de hecho, todo. Para mí es un misterio eterno. Charley sólo empleaba a siete tipos en su fundición, pero pensad en ello: siete seres humanos que dependían de un granjero como ese para su subsistencia. Un hombre semejante, en una posición en la que pudiera limpiarse la nariz sobre el resto de nosotros, sobre cualquiera que tuviera sensibilidad o talento.


Su casa, en el Condado de Marin, les costó un montón de dinero porque la construyeron ellos. Allá por 1951, recién casados, compraron diez acres, y luego, mientras vivían en Petaluma, donde se encuentra la fábrica de Charley, contrataron a un arquitecto e hicieron que les trazara los planos para su casa.

En mi opinión, el motivo para que Fay se mezclara con un tipo así fue, en primer lugar, para terminar, finalmente, con una casa como la que terminó. Después de todo, cuando la conoció, él ya era el propietario de la fábrica y ganaba sus buenos cuarenta mil dólares al año (al menos es lo que él decía). Nuestra familia jamás tuvo dinero; durante años compramos la comida en las tiendas baratas y creo que en ningún momento de su vida mi padre se puso un traje nuevo. Por supuesto, al ganar una beca y poder ir a la universidad, Fay empezó a conocer a hombres de buenas familias: los chicos de las fraternidades que siempre pasan el tiempo con las luminarias importantes y tipos parecidos. Durante un año, más o menos, salió regularmente con un chico que estudiaba derecho, una criatura delicada que jamás me atrajo mucho, aunque le gustaba jugar en las máquinas de pinball... para conocer las probabilidades matemáticas, según lo explicaba él. Charley la conoció por casualidad, en una tienda de comestibles de la autopista Uno, cerca de Fort Ross. Ella estaba delante de él en la cola, comprando panecillos de hamburguesa, Coca-Cola y cigarrillos, y tarareando una melodía de Mozart que había aprendido en un curso de música de la universidad. Charley pensó que se trataba de un viejo himno que él había cantado en Canon City, Colorado, y se puso a hablar con ella. Afuera tenía aparcado su Mercedes Benz, y mi hermana podía verlo, con la estrella de tres puntas saliendo del radiador. Naturalmente, Charley llevaba el alfiler de la Mercedes Benz en su camisa, de modo que mi hermana y el resto del mundo pudieran ver de quién era el coche. Y ella siempre había querido tener un coche bueno, en especial uno importado.

Mientras la reconstruyo, basada en el detallado conocimiento que poseo de ambos personajes, la conversación fue así:

—¿Ese coche de ahí es un seis o un ocho? —le preguntó Fay.

—Un seis —contestó Charley.

—Santo cielo —dijo Fay—. ¿Sólo un seis?

—Hasta el Rolls Royce es un seis —dijo Charley—. Esos europeos no fabrican de ocho. ¿Para qué necesitas ocho cilindros?

—Santo cielo. El Rolls Royce es un seis.

Toda su vida Fay había querido montar en un Rolls Royce. En una ocasión había visto uno, aparcado ante un restaurante lujoso de San Francisco. Los tres, ella, yo y Charley, dimos la vuelta alrededor de él, observándolo.

—Es un coche estupendo —comentó Charley, y pasó a darnos detalles de cómo funcionaba.

A mí no me interesaba. Si me dan a elegir, me gustaría un Thunderbird o un Corvette. Fay le escuchó mientras seguimos caminando, y me di cuenta de que ella tampoco estaba muy interesada. Algo la había angustiado.

—Son tan llamativos —dijo—. Siempre pensé en un Rolls como en un coche de aspecto clásico. Como un sedán militar de la Primera Guerra Mundial. Un coche de oficiales.

Si alguna vez habéis visto un Rolls nuevo, pensadlo. Son pequeños, metálicos, aerodinámicos, pero también gordos. De apariencia pesada. Como algunos de los modelos de salón de Jaguar, sólo que más impresionantes. Una aerodinámica británica, para entendernos. Personalmente, jamás compraría uno, y me di cuenta de que Fay también luchaba, presa de la misma reacción. El Rolls tenía un acabado plata azulado, con un montón de cromo. De hecho, todo el coche tenía un aspecto demasiado brillante, lo que atraía sobremanera a Charley, a quien le gustaba el metal y no la madera o el plástico.

—Es un coche de verdad —alabó. Resultaba evidente que se daba cuenta de que no lograba llegar a ninguno de nosotros; lo único que era capaz de hacer era repetirse a su manera habitual y torpe. Aparte de sus palabras soeces, poseía el vocabulario de un niño de seis años, sólo unas cuantas palabras para abarcar todo—. Ése es un coche —dijo por último, cuando llegamos a la casa que habíamos ido a visitar a San Francisco—. Sin embargo, parecería fuera de lugar en Petaluma.

—En especial aparcado en tu planta —dije.

—Qué desperdicio sería... —comentó Fay—, gastar todo ese dinero en un coche. Doce mil dólares.

—Demonios, yo podría comprar uno por mucho menos —indicó Charley—. Conozco al tipo que lleva la Agencia de la British Motor Car aquí.

No cabía duda de que lo quería y, si dependiera de él, posiblemente lo habría comprado. Pero su dinero tenía que gastarse en la casa, sin importar que a Charley le gustara o no. Fay no le dejaría comprar más coches. Había tenido, aparte del Mercedes, un Triumph y un Studebaker Golden Hawk, y, por supuesto, varios camiones para el negocio. Fay le había dicho al arquitecto que pusiera radiadores en toda la casa, y allí, en el campo, les costaría una fortuna en electricidad. Todo el mundo allí usa butano o leña. En las tierras de pastoreo, Fay estaba consiguiendo que le construyeran una lujosa casa moderna al estilo de San Francisco, con bañeras empotradas en nichos, paneles de pared de loseta y caoba, iluminación fluorescente, cocina de lujo, provista de lavaplatos con secador incorporado... Todo, incluyendo un equipo de música último modelo con los altavoces camuflados en la pared. La casa tenía un lateral de cristal que dominaba sus tierras, y un hogar en el centro del salón, circular, tipo barbacoa, con una enorme y negra chimenea. Naturalmente, el suelo tenía que ser de baldosas de asfalto, por si algún tronco se caía del fuego. Fay había hecho que construyeran cuatro baños, uno para los niños, uno para invitados, uno para ella y otro para Charley. Y un cuarto de costura, otro destinado a mil usos, una sala de estar, un comedor... hasta un cuarto para la nevera. Y, desde luego, un cuarto para la TV.

Toda la casa descansaba sobre una plancha de cemento. Eso, junto con las baldosas de asfalto, la hacían tan fría que nunca se podían apagar los radiadores de la calefacción, salvo en el período más caluroso del verano. Si la apagabas antes de acostarte, por la mañana la casa era como una cámara frigorífica. Después de que la construyeran, de que Charley y Fay se hubieran mudado con los dos niños, descubrieron que incluso con la chimenea y la calefacción estaba fría desde octubre hasta abril, y que durante la estación húmeda el agua no era absorbida por la tierra, sino que se filtraba a la casa alrededor del marco de los cristales y por debajo de las puertas. Tuvieron que llamar a un contratista para que les construyera un nuevo sistema de desagüe con el fin de desviar el agua que entraba en la casa. En 1956 pusieron por fin unos calentadores de pared de 220 voltios con interruptores manuales y termostatos en todas las habitaciones de la casa; la humedad y el frío habían comenzado a enmohecer la ropa y las sábanas de la cama. También descubrieron que en invierno la corriente eléctrica era interrumpida durante varios días seguidos, y que mientras tanto no podían preparar comida en la cocina eléctrica, y la bomba que les suministraba agua, que era eléctrica, dejaba de bombear; también el calentador de agua era eléctrico, de modo que todo tenía que ser cocinado y hervido en la chimenea. Fay incluso se veía obligada a lavar ropa en un cubo de cinc colgado sobre el hogar. Y los cuatro cogieron la gripe cada año que vivieron allí. Disponían de tres sistemas separados de calefacción, y a pesar de ello, la casa seguía expuesta a las corrientes de aire; por ejemplo, el largo vestíbulo que había entre los dormitorios de los niños y la parte frontal de la casa no recibía nada de calor, y cuando las chicas salían corriendo en sus pijamas de noche, tenían que pasar de sus habitaciones calientes al frío del vestíbulo, y de nuevo al calor del salón. Y lo hacían todas las noches seis veces por lo menos.

Lo peor de todo es que Fay jamás podía encontrar una chica que le cuidara a los niños ahí en el campo, y las consecuencias fueron que ella y Charley dejaron de ir a visitar a otra gente gradualmente. Tenían que ir a visitarlos a ellos, y llegar a Drake’s Landing desde San Francisco suponía una hora y media de complicada conducción.

No obstante, les encantaba la casa. Tenían cuatro ovejas de cara negra pastando al otro lado del gran ventanal, sus caballos árabes, un perro collie, tan grande como un pony, que ganaba premios en las exposiciones caninas, y algunos de los patos importados más hermosos del mundo. Durante la primera época que viví allí, disfruté de algunos de los momentos más interesantes de mi vida.



TRES




Conducía con Elsie a su lado en la furgoneta Ford, que saltó arriba y abajo al pasar por el bordillo y cambiar el asfalto por la grava. En las laderas de las colinas pastaban las ovejas. Había una granja blanca.

—¿Me comprarías unos chicles en la tienda? —preguntó Elsie—. ¿Me comprarías unos chicles Black Jack?

—Chicles —repitió, aferrando el volante.

Aceleró; el volante giró en sus manos. Tengo que comprar una caja de Tampax, se dijo. Tampax y chicles. ¿Qué iban a decir en el supermercado Mayfair? ¿Cómo puedo hacerlo?

¿Cómo puede pedirme que lo haga?, pensó. Comprar Tampax por ella.

—¿Qué tenemos que comprar en la tienda? —entonó Elsie.

—Tampax —contestó—. Y tus chicles.

Habló con tal furia que la niña se volvió para mirarle con cara temerosa.

—¿Q-qué? —murmuró, encogiéndose y apoyándose contra la puerta.

—A ella le da vergüenza —dijo—, así que debo hacerlo yo por ella. Me obliga a entrar en la tienda y comprarlos.

Y pensó: voy a matarla.

Por supuesto, tenía una buena excusa. Él tenía el coche —se encontraba en casa de unos amigos, en Olema—, y ella telefoneó y le pidió que los comprara de regreso. Y el Mayfair cerraba más o menos en una hora; a las cinco o las seis, no pudo recordar con exactitud. A veces a una hora, algunos días —los de semana— a otra.

¿Qué pasa si no se los llevo?, se preguntó. ¿Se desangran hasta morir? El Tampax es un freno, como un corcho. O... intentó imaginarlo. Pero no sabía de dónde venía la sangre. De una de esas zonas. Demonios, no se supone que yo deba saber esas cosas. Es asunto de ella.

Pero, pensó, cuando los necesitan, los necesitan. Tienen que contenerlo.

Aparecieron edificios con letreros. Entró en la estación de Point Reyes cruzando el puente de Paper Mili Creek. Luego, las marismas a su izquierda... el camino giró a la izquierda, dejando atrás el garaje de Cheda y Harold’s Market. Después el viejo hotel abandonado.

En el siguiente descampado, que era el aparcamiento del Mayfair, aparcó al lado de un camión de transporte de heno vacío.

—Vamos —le dijo a Elsie, manteniendo la puerta abierta.

Elsie no se movió. La cogió del brazo, la levantó del asiento y la bajó. Elsie trastabilló, pero él no la soltó y la condujo lejos del coche, hacia la calle.

Puedo comprar un montón de cosas, pensó. Llenar un carro para que no se den cuenta.

En la entrada del Mayfair el miedo se apoderó de él. Se detuvo y se agachó, fingiendo que se anudaba los cordones del zapato.

—¿Tienes el zapato desabrochado? —preguntó Elsie.

—Por todos los demonios, sabes que sí —contestó.

Se soltó los cordones y volvió a atarlos.

—No te olvides de comprar el Tampax —le dijo Elsie.

—¡Cállate! —ordenó con furia.

—Eres malo —dijo Elsie, echándose a llorar. Su voz se convirtió en un grito—. Vete —empezó a golpearle; él se incorporó y ella retrocedió, golpeándole todavía.

La cogió del brazo y la metió en la tienda, más allá de los mostradores de madera, en dirección a las estanterías de comida enlatada.

—Escucha, maldita sea —le dijo, inclinándose—. Quédate quieta y manténte pegada a mí, o cuando volvamos al coche sabrás lo que es bueno, ¿me oyes? ¿Lo entiendes? Si te quedas quieta te compraré los chicles. ¿Quieres los chicles? ¿Quieres los chicles? —La llevó hasta el expositor de golosinas que había al lado de la puerta. Alargando el brazo, cogió dos cajas de chicle Black Jack y se las dio—. Y ahora quédate quieta, para que pueda pensar. Tengo que pensar. —Al rato, añadió—: He de recordar lo que se supone que debo comprar.

Puso pan, una lechuga y un paquete de cereales en el carro; compró varias cosas que sabía que siempre eran necesarias, zumo de naranja congelado y un cartón de Pall Mall. Luego se dirigió al mostrador donde estaban los Tampax. No había nadie. Puso una caja en el carrito, junto con los otros productos.

—Muy bien —le dijo a Elsie—. Ya está.

Sin aminorar la marcha, empujó el carro hasta la caja.

En la caja, dos de las dependientas, con sus batas azules, estaban inclinadas mirando una instantánea. Una clienta, una mujer mayor, se la estaba enseñando; las tres discutían sobre la fotografía. Y, justo enfrente de la caja, una mujer examinaba los diferentes vinos. Así que giró el carrito y lo llevó hasta el fondo de la tienda y comenzó a descargar los diversos artículos que llevaba. Entonces se dio cuenta de que las dependientas le habían visto con el carrito, de modo que no podía vaciarlo; tenía que comprar algo, o les resultaría extraño que lo llenara y se marchara sin comprar nada. Podían pensar que estaba enfadado. Así que sólo devolvió la caja de Tampax y dejó el resto en el carrito. Regresó a la caja y se puso en la cola.

—¿Qué pasa con el Tampax? —preguntó Elsie con una voz tan cargada de cautela que, si no hubiera sabido lo que significaba la palabra, no habría sido capaz de entenderla.

—Olvídalo —dijo.

Después de pagarle a la dependienta, cruzó la calle con la bolsa, en dirección a la furgoneta. ¿Y ahora qué?, se preguntó, sintiéndose desesperado. Tengo que comprarla. Pero si regreso seré más conspicuo que nunca. Quizá pueda conducir hasta Fairfax y comprarla allí, en uno de esos nuevos y enormes drugstores.

Así, de pie, no pudo decidirse. Entonces vio el Western Bar. Qué demonios, pensó. Voy a sentarme allí y tomar una decisión. Cogió la mano de Elsie y la condujo calle abajo hasta el bar. Pero al llegar a los escalones de ladrillo se dio cuenta de que no podría entrar con la niña.

—Tendrás que quedarte en el coche —le dijo, emprendiendo el regreso. De inmediato ella empezó a llorar y a negarse a andar—. Sólo por unos segundos... sabes que no te dejarán entrar en el bar.

—¡No! —aulló la niña, mientras él la arrastraba y la hacía cruzar de nuevo la calle—. No quiero esperar sentada en el coche. ¡Quiero ir contigo!

La metió en la cabina de la furgoneta y cerró las puertas.

Malditas sean, pensó. Las dos. Me están sacando de mis jodidas casillas.

En el bar se bebió un Gin Buck. No había nadie más, así que se sintió relajado y capaz de pensar. El local estaba como siempre, oscuro y espacioso.

Podría ir a la ferretería, pensó, y comprarle una especie de regalo. Una fuente o algo así. Algo para la cocina.

Entonces volvió la idea de matarla. Regresaré, entraré en la casa y la moleré a palos, pensó. La golpearé; lo haré.

Pidió un segundo Gin Buck.

—¿Qué hora es? —le preguntó al camarero.

—Las cinco y cuarto —le dijo el hombre.

Otros clientes habían llegado ya y tomaban cervezas.

—¿Sabe a qué hora cierra el Mayfair?

Uno de los clientes le dijo que creía que a las seis. Se inició una discusión entre éste y el camarero.

—Olvídelo —indicó Charley Hume.

Después de haberse bebido un tercer Gin Buck, decidió volver al Mayfair y comprar los Tampax. Pagó las copas y salió del bar. Al rato se encontró de nuevo en el Mayfair, recorriendo las estanterías, dejando atrás las sopas enlatadas y las cajas de espaguetis.

Además de los Tampax compró un tarro de ostras ahumadas, uno de los platos favoritos de Fay. Luego regresó a la furgoneta. Elsie se había quedado dormida apoyada contra la puerta. Tiró de la palanca, tratando de abrirla, y entonces recordó que había echado el seguro. ¿Dónde demonios tenía las llaves? Dejó en el suelo la bolsa de papel y hurgó en los bolsillos. No estarían en el encendido... Pegó la cara a la ventanilla. Santo Dios, tampoco se veían ahí. Entonces, ¿dónde podían estar? Golpeó el cristal y dijo en voz alta:

—Eh, despierta, ¿quieres? —Volvió a golpear. Por fin Elsie se irguió y lo vio. Señaló la guantera—. Mira si las llaves están ahí —aulló—. Sube el seguro —gritó, señalando el seguro del interior de la puerta—. Súbelo para que pueda entrar.

Por fin Elsie abrió la puerta.

—¿Qué compraste? —preguntó, alargando los brazos hacia la bolsa—. ¿Algo para mí?

Había una llave de repuesto bajo la alfombrilla; la guardaba ahí siempre. Por fin arrancó el coche. Nunca averiguaré adónde fueron a parar, decidió. Debo hacer unas copias. De nuevo buscó en los bolsillos... y ahí estaban, en el interior, donde se suponía que debían estar. Jesús, donde las había guardado, pensó. Debo estar realmente colgado. Salió del aparcamiento y se metió en la Autopista Uno, en la dirección por la que había venido.

Cuando llegó a casa y aparcó en el garaje, al lado del Buick de Fay, cogió las dos bolsas de comestibles y subió por el sendero hacia la puerta delantera. Estaba abierta y se escuchaba música clásica. Pudo ver a Fay por el costado acristalado de la casa; estaba lavando platos, de espaldas a él. Su collie, Bing, se levantó de la estera que había delante de la puerta para saludarlos. Frotó su rabo suave con placer contra él, casi haciéndole perder el equilibrio y tirar una de las bolsas. Con el canto del zapato apartó al perro y se dirigió a la puerta y entró en el salón. Elsie siguió por el sendero hasta el patio trasero, dejándole solo.

—Hola —saludó Fay desde el otro extremo de la casa, con la voz apagada por la música.

Durante un instante no consiguió captar que era la voz de ella lo que oía; durante un instante, pareció únicamente un ruido, un defecto en la música. Entonces apareció, dirigiéndose hacia él con su andar vivo y flexible, secándose al mismo tiempo las manos con un trapo. Se había anudado un pañuelo a la cintura; llevaba pantalones ceñidos y sandalias, y tenía el pelo suelto. Dios, qué hermosa está, pensó. Ese maravilloso andar alerta... dispuesto a girar en la dirección opuesta. Siempre consciente del suelo que había bajo ella.

Mientras abría las bolsas con las compras contempló sus piernas, recordando cuánto las abría, por las mañanas, al hacer sus ejercicios. Una pierna alzada mientras estaba sentada en el suelo... rodeando el tobillo con los dedos mientras se agachaba a un costado. Qué músculos tan fuertes tenía, pensó. Suficientes para cortar a un hombre en dos. Biseccionarlo, desexualizarlo. Parte de ello adquirido gracias al caballo... al montar a pelo y clavar las piernas en los flancos del animal.

—Mira lo que te he traído —dijo, mostrando el frasco de ostras ahumadas.

—Oh... —dijo Fay.

Cogió el frasco, aceptándolo de una manera que daba a entender que comprendía que se lo había comprado con un objetivo profundo, con el deseo de expresar sus sentimientos. De todas las personas del mundo, ella era la mejor en aceptar regalos. Comprendía cómo se sentía él, o cómo se sentían los niños, los vecinos o cualquiera.


Nunca decía mucho, nunca se pasaba, y siempre remarcaba los rasgos importantes del regalo, por qué era tan valioso para ella. Alzó la cara y le miró, y su boca esbozó esa sonrisa rápida, casi un gesto... echando la cabeza a un lado.

—Y esto —dijo, sacando los Tampax.

—Gracias —contestó, aceptándolos.

Cuando cogió la caja, él retrocedió y, escuchándose a sí mismo jadear, la golpeó en el pecho. Ella voló hacia atrás, lejos de él, y soltó el frasco de ostras ahumadas. Entonces corrió tras ella —se deslizaba hacia el suelo por el costado de la mesa, tirando la lámpara mientras intentaba sujetarse— y volvió a golpearla, esta vez haciendo que las gafas salieran disparadas de su cara. En el acto ella se desplomó en el suelo, y las cosas que había sobre la mesa le cayeron encima.

Elsie comenzó a gritar en la puerta. Apareció Bonnie —vio su cara pálida, los ojos abiertos—, pero no dijo nada; se quedó de pie apretando con fuerza el pomo de la puerta... había estado en el dormitorio.

—Ocupaos de vuestras cosas —les gritó a las niñas—. Vamos —aulló—. Largaos de aquí.

Avanzó unos pasos hacia ellas; Bonnie no se movió, pero la pequeña dio media vuelta y huyó.

Arrodillándose, agarró con fuerza a su mujer y la levantó hasta sentarla. Se había roto un cenicero de cerámica que había hecho ella y empezó a recoger las piezas con la mano izquierda, al tiempo que la sostenía con la derecha. Fay se apoyó contra él, con los ojos abiertos y la boca floja. Parecía estar mirando el suelo, con la frente arrugada, como si intentara encontrar algún sentido a lo que había sucedido. Al rato desabrochó dos botones de la blusa y metió la mano dentro, masajeándose el pecho. Sin embargo, estaba demasiado atontada para hablar.

—Ya sabes cómo me siento por tener que comprar eso —dijo Charley a modo de explicación—. ¿Por qué no puedes comprártelo tú? ¿Por qué he de ir yo?

Fay levantó la cabeza hasta mirarle directamente a la cara. El color oscuro de sus ojos le recordó el de las niñas: el mismo tamaño, la misma profundidad. Los ojos de las tres reaccionaban alejándose de él, volando cada vez más lejos a lo largo de una línea que él era incapaz de imaginar o seguir. Las tres juntas... y él se quedaba solo, al margen, mirando únicamente esa superficie exterior. ¿Adónde habían ido? A la comuna, a conferenciar. A acusarle... No oyó nada, pero lo vio muy claramente. Hasta las paredes tenían ojos.

En ese momento, ella se puso de pie y se alejó de él, empujándole con la mano. Tenía una fuerza terrible en movimiento, y le arrolló con el fin de alejarse. Le apartó de una patada para saltar. Pies, manos... caminó sobre él y atravesó el salón, no con movimientos ligeros, sino golpeando el suelo de baldosas de asfalto con los talones, impactando con el fin de obtener una buena tracción... no podía permitirse el lujo de caer. En la puerta cometió un error con el pomo; hubo un momento en el que no pudo avanzar más.

En el acto salió tras ella, hablando todo el tiempo.

—¿Adónde vas? —No se podía esperar ninguna réplica; ni siquiera la esperaba—. Has de reconocer que sabes cómo me siento. Apuesto a que piensas que entré a tomar unas copas en el Western. Bueno, pues no.

Por entonces ella había abierto la puerta. Bajó por el sendero de agujas de ciprés, sólo visible su espalda, el cabello, los hombros, el pañuelo, las piernas y los tacones. Me ha mostrado sus tacones, pensó. Se metió en el coche, en el Buick aparcado en el garaje. De pie en la puerta, observó cómo daba marcha atrás. Dios, a qué velocidad puede ir en marcha atrás con ese coche... el largo y gris Buick bajando por el sendero, con el morro, la parrilla y los faros de cara a él. Después por el portón abierto a la carretera. ¿En qué dirección? ¿Hacia la casa del sheriff? Va a denunciarme, pensó. Me lo merezco. Delito: propinarle una paliza a la esposa.

El Buick desapareció de vista, y sólo quedó flotando el humo del tubo de escape. El ruido del motor seguía siendo audible para él; se lo imaginó por el camino estrecho, girando aquí y allá, coche y camino girando juntos. Ella lo conocía tan bien que jamás se saldría, ni siquiera con una niebla densa. Qué conductora tan buena era, pensó. Me quito el sombrero.

Bueno, regresará con el sheriff Chisholm o se le pasará.

Sin embargo, en ese momento vio algo que no esperaba: el Buick reapareció y se metió en el sendero, casi rozando el portón. ¡Jesús! Frenó, deteniéndose justo delante de él. Fay bajó de un salto y se acercó.

—¿Cómo es que has vuelto? —preguntó con tanta naturalidad como pudo.

—No quiero dejar a las niñas aquí contigo —contestó Fay.

—Demonios —dijo él, atónito.

—¿Puedo llevármelas? —le preguntó, mirándole—. ¿Te importa? —Las palabras salieron con energía.

—Como te plazca —contestó con dificultad—. ¿A cuánto tiempo te refieres? ¿Sólo por hoy?

—No lo sé.

—Creo que deberíamos ser capaces de solucionar todo esto —dijo él—. Deberíamos. Vayamos dentro, ¿de acuerdo?

Pasando a su lado y entrando en la casa, Fay dijo:

—¿Te importa si intento tranquilizar a las niñas?

Desapareció más allá del borde de los armarios de la cocina; al rato, oyó que llamaba a las chicas, en alguna parte de la zona de los dormitorios de la casa.

—Ya no tienes que preocuparte por recibir más golpes —comentó, siguiéndola.

—¿Qué? —preguntó ella desde el interior de uno de los baños, el suyo, que se encontraba fuera del dormitorio y que las niñas usaban en ocasiones.

—Era algo que tenía que quitarme de encima —explicó, bloqueando la puerta cuando ella iba a salir del baño.

—¿Las chicas salieron fuera? —preguntó Fay.

—Es muy posible.

—¿Te importaría dejarme pasar? —su voz revelaba la tensión que sentía. Y él vio que mantenía la mano dentro de la camisa, contra el pecho—. Creo que me rompiste una costilla —dijo, respirando por la boca—. Apenas puedo respirar.

Pero se la notaba tranquila. Se había impuesto un control absoluto sobre sí misma; vio que no le tenía miedo, que sólo era cautela. Esa perfecta cautela de Fay... la rapidez de sus respuestas. Pero le había dejado moverse y volar... no había sido lo suficientemente precavida. Por lo tanto, pensó, después de todo no es un espécimen tan preparado. Si se encuentra en un estado físico tan jodidamente bueno —si esos ejercicios que hace por la mañana sirven para algo—, debió de haber sido capaz de bloquear mi derecha. Por supuesto, es buena al tenis y al golf, y al ping pong... así que está bien. Mantiene su figura mejor que cualquiera de las mujeres que viven por aquí... apuesto a que tiene la mejor figura de toda la asociación de padres y maestros del Condado de Marin.


Mientras Fay encontraba y calmaba a las niñas, él dio vueltas por la casa, buscando algo que hacer. Llevó una caja de cartón llena de basura hasta el incinerador y la quemó. Luego, cogiendo un destornillador del cuarto de herramientas, apretó los grandes tornillos de latón que sostenían la correa del nuevo bolso de piel de Fay... cada dos por tres se aflojaban, soltando un extremo del bolso en momentos inoportunos. ¿Algo más?, se preguntó, haciendo una pausa.

En el salón, la radio había dejado de transmitir música clásica y había empezado con jazz. Así que fue a poner otra emisora. Entonces, mientras giraba el dial, pensó en la cena. Se le ocurrió ir a la cocina y ver cómo iban las cosas.

Descubrió que la había interrumpido mientras preparaba la ensalada. Había una lata medio abierta de anchoas sobre el aparador, al lado de una lechuga, tomates y un pimiento verde. Sobre el hornillo eléctrico —una instalación que él mismo había supervisado—, hervía una olla con agua. Giró el mando de máximo a mínimo. Después cogió un cuchillo de mondar y se puso a pelar un aguacate. Fay nunca había sido buena para eso, era demasiado impaciente. Él hacía siempre ese trabajo.



CUATRO




En la primavera de 1958, mi hermano mayor, Jack, que vivía en Sevilla, California, y que entonces tenía treinta y tres años, robó de un supermercado una lata de hormigas cubiertas de chocolate, y el director lo descubrió y lo entregó a la policía.

Mi marido y yo fuimos en coche desde el Condado de Marin para cerciorarnos de que todo había terminado bien.

La policía le había dejado en libertad; el supermercado no había presentado cargos, aunque le hicieron firmar una declaración en la que reconocía que había robado las hormigas. La idea era que así jamás volvería a atreverse a robarles una lata de hormigas, ya que si le cogían una segunda vez, su declaración firmada lo enviaría a la cárcel de la ciudad. Era un trato de beneficio recíproco; él conseguía irse a casa —que era en lo único que estaría pensando, con su cerebro limitado— y, a partir de ese momento, el supermercado podía contar con su ausencia... pues no se atrevería a que le vieran allí, ni siquiera junto a las cajas vacías de naranjas que había en el muelle de carga de la parte de atrás.

Durante varios meses Jack había alquilado una habitación en la calle Oil, cerca de Tyler, que está situada en el distrito de color de Sevilla; pero, aunque habitada por negros, es una de las pocas zonas interesantes de la ciudad. Hay tiendas, alrededor de veinte por calle, que cada mañana colocan a la venta en la acera somieres para camas, bañeras de hierro galvanizado y cuchillos de caza. De jóvenes solíamos imaginar que cada tienda era la tapadera de algo. Además, el alquiler allí también es barato, y con el asqueroso trabajo que tenía en ese miserable negocio de ruedas, más los gastos de ropa y las salidas con sus amigos, siempre tenía que vivir en lugares semejantes.

Aparcamos ante un parquímetro de veinticinco centavos la hora y cruzamos la calle de manera imprudente, por entre los autobuses amarillos, hasta llegar a la pensión. A Charley le ponía nervioso estar en un distrito así; no dejaba de mirarse los pantalones para ver si había pisado alguna cosa... era obvio que se trataba de algo psicológico, porque en su trabajo siempre se mete hasta el culo en limaduras de metal, chispas y grasa. El pavimento estaba lleno de envoltorios de chicle, escupitajos, orina de perro y preservativos usados, y Charley adoptó esa sombría y desaprobadora expresión protestante.

—No olvides lavarte las manos después de marcharnos —dije.

—¿Puedes contagiarte enfermedades venéreas de farolas o buzones? —me preguntó.

—Si tienes esa clase de mentalidad, sí —contesté.

Arriba, en el pasillo húmedo y oscuro, llamamos a la puerta de Jack. Yo sólo había ido una vez, pero reconocí su cuarto por la gran mancha en el techo, probablemente causada por un viejo inodoro desbordado.

—¿Crees que pensó que se trataba de alguna delicia? —me preguntó Charley—. ¿O desaprobaba que el supermercado vendiera hormigas?

—Ya sabes que siempre amó a los animales —contesté.

Oímos unos resortes provenientes del interior de la habitación, como si Jack estuviera en la cama. Era la una y media del mediodía. Sin embargo, la puerta no se abrió, y al rato cesaron los ruidos.

—Soy Fay —dije, cerca de la puerta.

Una pausa; luego se abrió.

El cuarto estaba limpio, como, por supuesto, tendría que estarlo si Jack iba a vivir allí. Todo se veía reluciente; todos los objetos estaban bien guardados, donde él pudiera encontrarlos, y, desde luego, también tenía los cupones de rebajas de compras: apilados al lado de la ventana. Guardaba todo, en especial el papel de plata y las cuerdas. Había acercado la cama a la ventana para airearla, y él mismo se hallaba sentado sobre las sábanas. Con las manos en las rodillas, nos miró.

Debido a esta crisis, había vuelto a usar la ropa que llevaba de joven por la casa. De nuevo tenía esos pantalones de pana marrón que nuestra madre le había comprado a principios de los años cuarenta. Y llevaba puesta la camisa azul de algodón... limpia, pero lavada tantas veces que se había vuelto blanca. El cuello estaba totalmente deshilachado y no le quedaba ni un botón. Sujetaba la pechera con clips.

—Pareces un pelagatos —dije.

Mirando a su alrededor, Charley comentó:

—¿Por qué guardas toda esta basura? —Se había acercado a una mesa llena de pequeñas rocas lavadas.

—Las cogí debido a la posibilidad de que fueran minerales radiactivos —explicó Jack.

Eso significaba que, incluso con su trabajo, seguía dando sus largos paseos. Para confirmarlo, en el armario, bajo un montón de jerseys que se habían caído de las perchas, en una caja de cartón de sobrantes del ejército había unas botas cuidadosamente atadas con cordones de bramante y marcadas con la inclinada letra de Jack. Más o menos cada mes, cuando iba a la escuela secundaria, había gastado un par de botas, de esas antiguas con la lengüeta alta.

Para mí esto era más serio que el robo, así que quité un montón de revistas Life de una silla y me senté, con la decisión de quedarme el tiempo suficiente para hablar en serio con él. Charley, naturalmente, permaneció de pie para que yo no olvidara que quería irse. Jack le ponía nervioso. No se conocían nada, pero así como Jack no le prestaba atención, Charley siempre parecía imaginar que iba a ocurrir algo en perjuicio suyo. Después de ver a Jack por primera vez, me dijo sin tapujos —Charley era incapaz de guardarse algo para sí mismo— que mi hermano era la persona más chalada que había visto jamás. Cuando le pregunté por qué lo decía, contestó que sabía bien que Jack no tenía por qué actuar como lo hacía; que se comportaba así porque lo deseaba. Para mí la distinción no tenía sentido, pero Charley siempre le dio mucha importancia a esas cosas.

Los largos paseos habían empezado en la escuela secundaria elemental, allá por los años treinta, antes de la Segunda Guerra Mundial. Vivíamos en una calle llamada Garibaldi, y durante la Guerra Civil Española, debido a los sentimientos en contra de los italianos, el nombre de la calle se cambió por el de Cervantes. Jack tuvo pronto la intuición de que se iban a cambiar todas las calles, y durante un tiempo pareció vivir entre los nombres nuevos —sin duda todos de escritores y poetas antiguos—, pero cuando comprobó que no se cambió el de ninguna otra, se le pasó la fiebre. Sea como fuere, durante un mes o así, había hecho que la situación del mundo pareciera real para él, y pensamos en ello como una mejoría, pues hasta entonces no había sido capaz de imaginar que la guerra era un suceso verdadero, y que el mundo en el que tenía lugar también lo era. Nunca había podido distinguir entre lo que leía y lo que realmente experimentaba. Para él, la intensidad era el criterio, y esos nauseabundos relatos que aparecían en el suplemento dominical sobre continentes perdidos y diosas de la selva siempre le habían resultado más atractivos y convincentes que los titulares diarios.

—¿Sigues trabajando? —le preguntó Charley a su espalda.

—Claro que sí —dije yo.

—He dejado temporalmente mi puesto en el servicio de neumáticos —contestó Jack.

—¿Por qué? —pregunté.

—Estoy demasiado ocupado —contestó.

—¿Haciendo qué?

Señaló un montón de cuadernos de notas, llenos de páginas manuscritas. En una época había pasado todo su tiempo libre escribiendo cartas a los periódicos, y ahora, una vez más, se hallaba involucrado en algún proyecto descabellado y demente, elaborando, probablemente, algún plan para irrigar el desierto del Sahara. Charley cogió el primer cuaderno de notas y lo hojeó, para volver a tirarlo sobre la mesa.

—Es un diario —dijo.

—No —corrigió Jack, poniéndose de pie. Su cara delgada y marcada adquirió ese aire frío y superior, esa imitación de la arrogancia del erudito que se enfrenta al profano—. Es una relación científica de hechos probados —afirmó.

—¿Cómo te mantienes? —inquirí.

De forma instintiva supe cómo lo hacía; de nuevo dependía de lo que le mandaran de casa, de nuestros padres... quienes, en este momento de sus vidas, no podían permitirse el lujo de mantener a alguien más, casi ni a ellos mismos.

—Estoy bien —dijo Jack.

Por supuesto que diría eso; tan pronto como entraba el dinero se lo gastaba, habitualmente en ropas llamativas. Y si no, lo perdía, lo prestaba o lo invertía en alguna estupidez que hubiera leído en una revista pulp: en algún hongo gigante, quizá, o en algún ungüento que curaba la piel y que vendían de puerta a puerta. Al menos el trabajo de los neumáticos, aunque al límite de la estafa, había sido fijo.

—¿Cuánto dinero tienes? —quise saber, sin darle un respiro.

—Veré —contestó.

Abrió el cajón de una cómoda. Del interior sacó una caja de cigarros. Se sentó en la cama, de nuevo sobre las sábanas, y la abrió apoyándola sobre su regazo. La caja estaba vacía salvo por una docena de peniques y tres níqueles.

—¿Estás buscando otro trabajo? —pregunté.

—Sí.

En el pasado había tenido los trabajos más bajos: había ayudado en un comercio en la entrega de lavadoras; había sacado verduras de sus cajas para una tienda de comestibles; había barrido un drugstore; en una ocasión, incluso había servido como repartidor de herramientas en la Alameda Naval Air Station. Durante el verano, de vez en cuando se ofrecía como recolector de frutas, y lo transportaban en un camión abierto al interior del campo. Ese era su trabajo favorito, porque se atiborraba de fruta. Y en otoño, invariablemente, se dirigía a la enlatadora Heinz, cerca de San José, y enlataba peras.

—¿Sabes lo que eres? —dije—. Eres el individuo más ignorante e inepto de la faz de la tierra. En toda mi vida no he visto a alguien con tanta basura en la cabeza. ¿Cómo consigues mantenerte con vida? ¿Cómo demonios llegaste a nacer en mi familia? Antes que tú, jamás tuvimos un loco.

—Tranquila —dijo Charley.

—Es verdad —me dirigí a él—. Santo cielo, seguro que piensa que esto es el fondo del océano y que estamos viviendo en un castillo de la Atlántida. ¿En qué año estamos? —le pregunté a Jack—. ¿Por qué robaste esas hormigas? ¿Por qué? Dímelo.

Empecé a sacudirlo, como había hecho de niña cuando le oí por primera vez soltar esa basura demente que llenaba su cerebro, cuando, exasperada y asustada, me había dado cuenta de que su cerebro estaba torcido, que entre distinguir la realidad de la ficción, elegía la ficción, y entre el buen sentido y la estupidez, prefería la estupidez. Él podía conocer la diferencia... pero prefería la basura; se llenaba de ella con meticulosa sistematización. Como si fuera un fanático de la Edad Media memorizando todo ese sistema absurdo de Santo Tomás de Aquino sobre el universo, esa endeble y falsa estructura que se derrumbó finalmente... excepto en algunas cloacas intelectuales, como el cerebro de mi hermano.

—Necesitaba realizar un experimento —anunció Jack.

—¿De qué tipo? —pregunté.

—Existen casos verificados de sapos que siguen vivos en animación suspendida en el barro durante siglos —explicó.

Entonces vi lo que su mente había concebido: que las hormigas, al estar sumergidas en chocolate, quizá se encontraran preservadas, embalsamadas, y se las pudiera volver a la vida.

—Sácame de aquí —le pedí a Charley.

Abrí la puerta y salí al pasillo. Temblaba de verdad; no era capaz de soportarlo. Charley me siguió y dijo en voz baja:

—Resulta evidente que no puede cuidar de sí mismo.

—Está claro —acordé.

Sentí que si no iba a algún lugar a tomar una copa perdería la razón. Deseé por todos los demonios que no hubiéramos salido del Condado de Marin; no había visto a Jack durante meses y, en lo que se refiere a este punto, me habría encantado no verle nunca más.

—Mira, Fay —dijo Charley—, es de tu sangre y carne. No puedes dejarlo.

—Seguro que puedo —afirmé.

—Debería vivir en el campo —indicó Charley—. Al aire libre, donde pueda estar con animales.

Charley había intentado varias veces llevar a mi hermano a la zona rural de Petaluma; quería meterlo en una de las grandes granjas lecheras como ordeñador. Lo único que Jack tendría que hacer era abrir una puerta de madera, meter a una vaca dentro, ponerle los artilugios eléctricos en las tetillas, encender el ordeño al vacío, pararlo en el momento adecuado, quitarle los aparatos a la vaca, y pasar a la siguiente. Una y otra vez... Era el escalafón más bajo, en lo que a trabajos creativos se refería, pero algo que Jack podría manejar. Pagaban más o menos un dólar y medio la hora, y los ordeñadores recibían comida y cama gratis. ¿Por qué no? Y estaría en compañía de animales... grandes y sucias vacas cagando y meando, cagando y meando.

—No estoy en contra de ello —comenté.

Conocíamos a varios rancheros; nos sería fácil conseguir que lo contrataran como aprendiz de ordeñador.

—Llevémosle con nosotros —dijo Charley.


Para llevarlo al Condado de Marin tuvimos que guardar todas sus cosas valiosas, su colección de hechos científicos, sus rocas, sus escritos y dibujos, y toda su ropa llamativa, sus elegantes jerseys y los pantalones que se ponía para deslumbrar a los indeseables de Reno durante los fines de semana... todo se metió en cajas y se cargó en la parte de atrás del Buick. Cuando terminó —Charley hizo todo el trabajo; yo me senté a leer en el asiento delantero del coche, y Jack desapareció durante una hora para despedirse de algunos de sus amigos—, el cuarto estaba casi vacío, salvo por las hojas de los cupones, que me negué a dejarle traer.

Igual que la habitación que tenía de niño, pensé. Durante la guerra, cuando estuvo unos pocos meses en el ejército, habíamos entrado en ella y limpiado todo, destruyéndolo. Naturalmente, al regresar —con una baja médica debido a sus alergias... tenía ataques de asma— experimentó un arrebato terrible, seguido de retraimiento y depresión. Languideció por su basura desaparecida. Y después, en vez de crecer e interesarse por algo más razonable, se había marchado, alquilado una habitación para él y vuelto a empezar de nuevo.

Mientras Charley conducía hacia la autopista que iba en dirección norte, conmigo a su lado y Jack en la parte trasera junto a sus cajas, temí lo que le podría pasar a mi casa si mi hermano chiflado residiera en ella, incluso por unos pocos días. Sin embargo, podíamos meterlo en el trastero. Ya las niñas mantenían su parte de la casa hecha un desastre. Seguro que él no podría hacer algo peor que dibujar en las paredes, manchar las cortinas y almohadones de arcilla, derramar pintura sobre el cemento del patio, dejar los calcetines del mes pasado en el azucarero, estornudar con la sopa en la boca, caerse mientras sacaba la basura y quitarse medio ojo con el borde de una tapa de lata de sardinas. Un niño es un animal asqueroso y amoral, sin instintos o sentidos, que ensucia su propio nido si se le da una oportunidad. No se me ocurría ninguna cualidad que redimiera a un niño, salvo que le puedes zurrar mientras es pequeño. Charley y yo vivíamos en la parte delantera de la casa, y, en la de atrás, poco a poco las niñas iban empujando su desorden, centímetro a centímetro... hasta que nosotros y la señora Mendini entrábamos y limpiábamos todo, tirábamos todo, quemábamos la basura, y el proceso volvía a comenzar. Jack, sencillamente, añadiría más material al caos; no aportaría nada nuevo, sólo más de lo mismo.

Claro está que, siendo físicamente maduro, no se lo podría manejar como manejábamos a las chicas, lo cual me asustaba. En algunos aspectos, me tenía asustada desde hacía años; siempre tuve la certeza de que nunca sería capaz de anticipar qué podría hacer o decir, qué ideas antinaturales saldrían de su cerebro... quizá que consideraba a las farolas como figuras de autoridad, y a los policías como objetos hechos de cables. Sé que de niño había tenido la idea de que las cabezas de varias personas iban a caerse; nos lo había contado. Y sé que creía que su maestro de geometría de la secundaria era un gallo vestido con traje... noción que tal vez sacó al ver una vieja película de Charlie Chaplin. Ciertamente, aquel maestro sí que andaba como un gallo cuando recorría la clase.

Supón, por ejemplo, que le entrara una locura homicida y se comiera las ovejas de los vecinos. En las zonas rurales, matar ovejas es un delito grave, y a cualquier cosa que mate a una se la abate de un disparo. En una ocasión, un chico granjero había ido por ahí rompiéndole el cuello a todo tipo de crías en una extensión de kilómetros a la redonda... Nadie había sido capaz de imaginar por qué, pero, sin duda, era el equivalente rural de los chicos de ciudad que rompen ventanas o pinchan ruedas. Sin embargo, el vandalismo en el campo casi siempre involucra matanzas, ya que la propiedad granjera se expresa en términos de patos y de pollos, rebaños de vacas lecheras, corderos y ovejas, incluso cabras. A nuestra derecha, los Lardner, una pareja de viejos, tenían cabras, y a menudo mataban una y se la comían, preparándose cosas como guiso y sopa de cabra. Para la gente del campo una oveja o una vaca campeonas debían ser protegidas contra cualquier amenaza; están acostumbrados a envenenar a las ratas, disparar a los zorros y mapaches, a los perros y a los gatos que entran en su propiedad, e imaginé a Jack, alguna noche, recibiendo disparos mientras se arrastraba por debajo de una valla de alambre de espinos con un ensangrentado cordero en sus fauces.

Así que ahora, conduciendo de regreso a Drake’s Landing, empezaba a experimentar fantasías mórbidas de ansiedad... supongo que las tenía por Jack, ya que él se encontraba más bien tranquilo e impasible.

Pero ése es un aspecto de la vida en el campo. Yo he estado sentada en el salón, escuchando a Bach en el equipo de música, y he mirado por las ventanas, a través del campo, hacia el rancho que había al pie de la colina del otro lado, y he visto algunas cosas horribles: un viejo ranchero con sus vaqueros, botas y sombrero impregnados de estiércol, salir con un hacha y despedazarle el cráneo a un perro que merodeaba por su gallinero. No había nada que hacer salvo seguir escuchando a Bach y tratar de leer «By Love Possessed». Y, por supuesto, nosotros matábamos a nuestros propios patos cuando llegaba el momento de comerlos, y el perro mataba tuzas y ardillas a diario. Y, al menos una vez a la semana, encontrábamos la cabeza medio devorada de un ciervo ante la puerta delantera, transportada allí por el perro desde el cubo de la basura de alguna casa del vecindario.

Desde luego, el problema radicaba en tener a un necio como Jack en tu camino todo el tiempo. Para Charley era fácil; se pasaba el día en la planta, y al anochecer se encerraba en su estudio a revisar papeles, y los fines de semana, por lo general, salía y se dedicaba a usar la cortadora giratoria o a podar algún árbol con la sierra. Analizar la idea de tener a mi hermano todo el día en casa hizo que me diera cuenta de lo aislado que estás realmente en el campo; no hay ningún lugar al que ir ni nadie a quien visitar... te quedas sentada todo el día en casa leyendo, trabajando o cuidando de las niñas. ¿Cuándo salía de la casa? Las noches de los martes y jueves tenía mis clases de escultura en San Rafael. Los miércoles por la tarde venían los Bluebird para hornear pan o tejer alfombras. Los lunes por la mañana iba a San Francisco para ver al doctor Andrews, mi analista. Los viernes por la mañana conducía hasta Petaluma para comprar en el Purity Market. Y los martes por la tarde tenía mis clases de baile moderno. Y eso era todo, a excepción de las cenas ocasionales con los Fineburg o los Meritan, o ir los fines de semana en coche hasta la playa. Lo más excitante que había ocurrido en años fue el camión de heno que perdió su carga en el camino a Petaluma y chocó contra la furgoneta de Alise Hatfield, con ella y los tres niños dentro. Y los cuatro adolescentes que recibieron una paliza en Olema por parte de veinte leñadores. Éste es el campo. Esto no es la ciudad.

Eres afortunada al vivir donde vivimos, al poder comprar todos los días el Chronicle de San Francisco; no lo reparten... tienes que ir en coche hasta el Mayfair y adquirirlo en los kioscos.

Mientras conducíamos por San Francisco, Jack se estiró y comenzó a hacer comentarios sobre los edificios y el tráfico. Resultaba evidente que la ciudad le estimulaba, sin duda de manera malsana. Vio las pequeñas y apiñadas tiendas que hay a lo largo de Mission y quiso parar. Afortunadamente, salimos del distrito Market y nos metimos en Van Ness. Charley observó los diversos coches importados que había en los expositores de las agencias de automóviles, pero Jack no pareció interesado. Cuando entramos en el Golden Gate, ninguno de los dos le prestó atención a la increíble vista de la ciudad y la bahía y las colinas de Marin; carecían de capacidad para disfrutar estéticamente de algo... Para Charley las cosas debían ser financieramente valiosas, y para Jack tenían que ser... ¿qué? Sólo Dios lo sabía. Hechos extraños, como la lluvia de ranas. Milagros y cosas por el estilo. Esta vista espectacular se perdía para los dos, pero yo mantuve los ojos en el paisaje todo lo que pude, hasta que, por último, dejamos atrás las colinas y los fuertes, y nos adentramos de nuevo entre la porquería de los pequeños pueblos suburbanos, Mili Valley, San Rafael... en lo que a mí respecta, el fondo del pozo. Algo realmente vulgar, con la suciedad y la contaminación, y siempre las maquinarias del Condado destruyendo los caminos para una nueva autopista.

Despacio, pasamos por Ross y San Anselmo, luchando con el tráfico. Luego, dejamos atrás Fairfax, las tiendas y los apartamentos, y salimos a la extensión de la primera tierra de pastoreo, los primeros desfiladeros. De pronto había vacas en vez de estaciones de servicio.

—¿Qué te parece? —le preguntó Charley a mi hermano.

—Está desierto —contestó Jack.

—Bueno, ¿quién querría vivir aquí con las vacas? —dije con amargura.

—Una vaca tiene cuatro estómagos —comentó Jack.

White’s Hill le impresionó, con su pendiente terriblemente escarpada y sinuosa, y al otro lado, el Valle de San Jerónimo hizo que los tres nos sintiéramos a gusto. En el tramo recto del camino, Charley puso el coche a ciento veinte, y el viento cálido del mediodía, el viento puro del campo sopló a nuestro alrededor y limpió el coche del olor a papel mohoso y ropa vieja. Los campos a ambos lados se habían tornado marrones por el sol y la falta de agua, pero entre los grupos de robles, entremezclados con las rocas, vimos hierba y flores silvestres.

Nos habría gustado vivir por aquí, más cerca de San Francisco, pero el terreno era demasiado caro, y el tráfico en verano contenía un elemento deprimente: la multitud de los fines de semana que iba a Lagunitas y a las cabañas que alquilaban allí, y los excursionistas del Parque Samuel Taylor. En ese momento pasamos por Lagunitas, con su única tienda, y luego el camino giró, con la misma brusquedad de siempre, haciendo que Charley frenara de forma tan radical que el morro del Buick bajó y las cuatro ruedas chirriaron. La cálida y seca luz del sol desapareció y nos encontramos en el corazón de las secuoyas, oliendo el arroyo, las hojas húmedas, los lugares oscuros y fríos donde los helechos crecían en julio.

—Eh, ¿no vinimos de picnic aquí en una ocasión? —dijo Jack, despertándose.

Ladeó el cuello ante la vista de las mesas y los hoyos para las barbacoas.

—No —contesté—. Fue en Muir Woods. Tú tenías nueve años.

Después de llegar a las colinas que dan a Olema y la Bahía de Tómales, Jack comenzó a darse cuenta de que ya había salido por completo de la zona de ciudad y que había entrado en el campo. Vio los viejos y descascarados molinos de viento de madera, los albergues abandonados, los pollos en los senderos, y esa típica señal del campo: los tanques de butano montados detrás de cada casa. Allí, también, estaba el letrero, a la derecha del camino, justo antes de llegar a Inverness Wye, que indicaba la perforación de pozos.

Al pasar por Paper Mili Creek, observó a los pescadores en el agua y vio, por primera vez en su vida, un airón, de un blanco centelleante, pescar en los marjales.

—Por aquí se ven garzas azules —dije—. Y en una ocasión vimos una bandada de cisnes silvestres. Dieciocho en total, en una cala cerca de Drake’s Estero.

Después de haber cruzado Drake’s Landing y empezado a subir por el estrecho camino recubierto de alquitrán, Saw Mili Road, en dirección a nuestra casa, Jack comentó:

—Sí que reina la tranquilidad aquí.

—Sí —corroboró Charley—. De noche oyes el mugido de las vacas.

—Suenan como dinosaurios atrapados en la ciénaga —indiqué.

Encaramado sobre los cables telefónicos, en el último recodo del camino, había un halcón. Le conté a Jack cómo ese halcón en particular se pasaba el tiempo sobre el cable, un año tras otro, cazando ranas y saltamontes. A veces se le veía muy lustroso, pero otras, las plumas mostraban una apariencia fea, como si fuera a cambiarlas. Y no lejos de nuestra casa, los Hollinan perdían las carpas doradas que tenían en su estanque particular ante el martín pescador que se posicionaba en el ciprés cercano.

No hace muchos años, los alces y los osos solían vagar por las colinas que daban a la Bahía de Tómales, y el invierno pasado Charley afirmó haber divisado una enorme y negra pata en la periferia de los faros del coche; algo se había metido en el bosque, y si no era un oso, se trataba de un hombre con una piel de oso. Pero no lo discutí con Jack. No tenía sentido proporcionarle los mitos locales, porque pronto se inventaría mitos propios; y no serían alces u osos los que se adentrarían en la huerta una vez que oscureciera para comerse los ruibarbos... serían marcianos cuyos platillos volantes habían aterrizado en los desfiladeros de Inverness. Y ahora se me ocurrió pensar en la enfebrecida actividad sobre platillos volantes que había en Inverness Park; ya existía un grupo rabioso que sin duda atraería a Jack a sus filas y le suministraría el beneficio de sus dos sesiones por semana de exploraciones en la hipnosis, la reencarnación, el budismo Zen, los poderes extrasensoriales y, por supuesto, los ovnis.

CINCO




El chico y la chica, que llevaban unos jerseys de lana de cuello vuelto, de color rojo, y vaqueros, apoyaron sus bicicletas contra el edificio de la farmacia y se abrazaron. La chica levantó un dedo y quitó una mota del ojo de él. Conversaron pausadamente. El perfil de la chica, con sus bucles de cabello castaño, era el de una moneda antigua, quizá una de los años veinte o de comienzos de siglo... un perfil arcaico, la cara de la alegoría: suave, introspectiva, impersonal, delicada. El pelo del joven había sido cortado según la forma de la cabeza, una taza negra. Los dos eran delgados. Él era un poco más alto.

Cerca de ellos, Fay observó a través del parabrisas del coche mientras el chico y la chica se alejaban juntos.

—Tengo que conocerlos —dijo—. Creo que bajaré y los invitaré a casa a tomar un Martini. —Empezó a abrir la puerta—. ¿No son hermosos? —preguntó—. Como salidos de un libro de Nietzsche. —Su cara había adquirido una expresión despiadada; no les dejaría marchar, y él vio que no les quitaba los ojos de encima, que no los perdía de vista. Los tenía a su alcance visual; los había localizado—. Quédate aquí —dijo, poniendo los pies en la acera y empezando a cerrar la puerta a su espalda; el bolso, que colgaba de su correa de cuero, chocó contra el coche.

Justo cuando iba a ir tras ellos, las gafas de sol que le habían prescrito se le cayeron de la mano y fueron a parar al suelo de grava del aparcamiento. Las recogió rápidamente, sin mirar si los cristales seguían intactos. Tan preocupada estaba por contactar con el chico y la chica que comenzó a andar al trote. Sin embargo, no perdió su gracia, el equilibrio de sus hermosas piernas. Corrió tras ellos consciente de sí misma, tratando de imaginar la impresión que su aparición les causaría, a ellos y a las personas que pudieran estar mirando.

Asomándose por la ventanilla, él la llamó:

—Espera. —Fay se detuvo con mirada inquisitiva, impaciente—. Vuelve —dijo con un tono de voz impostado, dando a entender que ella iba a la tienda y que él había recordado algo que debía comprar. Ella sacudió la cabeza con un gesto negativo—. Vamos —insistió, saliendo ahora del coche.

Sin dirigirse hacia él ni continuar la marcha, le esperó mientras se acercaba.

—Maldito seas, cabrón —dijo cuando la alcanzó—. Van a subirse a sus jodidas bicicletas e irse pedaleando.

—Déjalos —dijo—. No los conocemos. —Su decidido interés por ellos, el alcance de la fascinación que se veía en su rostro, le habían hecho sospechar—. ¿Qué te importan? —preguntó—. Son sólo unos chicos... como mucho tendrán dieciocho años. Probablemente van a nadar un rato a la bahía.

—Me pregunto si serán hermanos —comentó Fay—. O si se han casado y están disfrutando de su luna de miel. No pueden vivir por aquí. Deben de estar de visita. ¿Quién los conocerá? ¿Viste de dónde vinieron? ¿Desde qué lado de la ciudad? —Los observó pedalear por la colina en dirección a la autopista Uno—. Quizá estén recorriendo los Estados Unidos en bicicleta —aventuró, llevándose una mano a la frente para poder ver mejor. En cuanto los perdió de vista, regresó al coche con él. Mientras iban a casa, dijo—: Se lo puedo preguntar a Pete, el cartero. Si alguien los conoce, debe ser él. O a Florence Rhodes.

—Maldita seas —exclamó él—, ¿para qué quieres conocerlos? ¿Pretendes follártelos? ¿A cuál? ¿A los dos?

—Son tan hermosos —anunció Fay—. Son como algo que hubiera caído del cielo; si no los conozco, moriré. —Habló con voz apagada, dura, sin sentimentalismo—. La próxima vez que los vea me acercaré a ellos y les diré sin rodeos que no soporto no llegar a conocer a dos personas tan fascinantes, y quién demonios son y por qué.

—Supongo que estás muy sola aquí —comentó él por fin, sintiendo indignación y melancolía—, en el campo, donde no hay nada que hacer y nadie a quien merezca la pena conocer.

—No pienso pasar por alto la oportunidad de conocer a alguien —dijo Fay—. ¿Tú lo harías si fueras yo? Sabes que me gusta que venga gente a cenar a casa... si no, no hay otra cosa que hacer más que alimentar a las niñas, lavar los platos, limpiar las alfombras y sacar la basura.

—Echas de menos la vida social —comentó él.

Ante ese comentario, su mujer se rió.

—La echo de menos como loca. Por eso pierdo la chaveta. Es la razón por la que me paso casi todo el tiempo en el jardín. Por lo que siempre voy por ahí en vaqueros.

—Vosotras, matronas del Condado de Marin —dijo, entre bromista y colérico—. Bebiendo café y cotilleando.

—¿Es así como me ves?

—Antigua reina de la universidad —continuó—. Antigua chica de fraternidad femenina se casa con hombre acomodado, se traslada al Condado de Marin y funda un grupo de danza moderna. —Giró la cabeza a la derecha, hacia el edificio de tres plantas donde se reunía el grupo de baile—. La cultura a los granjeros y lecheros.

—Bésame el culo —dijo Fay. Después de eso los dos guardaron silencio y clavaron la vista al frente, ignorándose mutuamente hasta que él entró por el sendero de su casa y aparcó—. Una de las chicas dejó la puerta abierta —anunció Fay en voz baja mientras descendía del coche.

La puerta de entrada estaba abierta, y se podía ver el rabo del collie por ella. Sin esperarle, se dirigió a la casa, dejándole solo.

Me molesta, pensó él. Su reacción hacia aquellos dos jóvenes. Porque... ¿Porqué? Demuestra que le falta algo. No está recibiendo algo que debería recibir.

Cierto, reconoció. Ninguno de los dos. Los dos lo deseamos con vehemencia... Fue él quien advirtió primero la presencia del chico y de la chica, quien dirigió la atención de su mujer a ellos. Los jerseys de lana suave. Los colores cálidos. La piel pura, ese frescor. ¿De qué habían hablado en voz tan baja? La chica acariciando la cara de él, calmándolo y cuidándolo... sumergidos en su mundo compartido, mientras se hallaban de pie ante la farmacia de la Bahía de Tómales, en una tarde de sábado, bañados por los rayos del sol. Y ninguno de los dos sudaba...

Apenas tocados por nosotros, pensó. Ni siquiera conscientes de nuestra presencia. Somos sombras a la deriva, que no van a ninguna parte.


Al día siguiente, mientras compraba sellos en la oficina de correos, volvió a verlos. En esta ocasión había venido solo, dejando a Fay en casa. Los vio en la esquina, con sus bicicletas, tratando de decidirse por algo. Estaban parados ante el bordillo.

Le invadió el impulso de salir de la oficina de correos y acercarse a ellos. ¿Estáis perdidos?, les preguntaría. ¿Tratáis de encontrar una casa en particular? No hay numeración, es una ciudad muy pequeña.

Pero no lo hizo. Se quedó en la oficina de correos. Y al rato apartaron las bicis del bordillo y pedalearon hasta perderse de vista.

Se sintió vacío.

Una pena, pensó. Oportunidad perdida. Si Fay hubiera estado aquí, no habría dudado en salir. Ésa es la diferencia entre nosotros: yo lo pensaría, ella lo haría. Lo estaría haciendo mientras yo seguía pensando cómo hacerlo. Simplemente, empezaría a hacerlo... no lo pensaría.

Es lo que admiro de ella, pensó. Donde es superior a mí. Aquella vez... cuando la conocí. Me habría quedado allí para siempre, mirándola, deseando conocerla. Pero ella empezó a hablarme, me preguntó por el coche. Sin titubeos.

Se le ocurrió que si Fay no hubiera iniciado la conversación aquel día en la tienda, allá por 1951, jamás se habrían conocido. Ahora no estarían casados; no existiría ninguna Bonnie y Elsie; ninguna casa; ni siquiera él viviría en el Condado de Marin. Ella domina la vida, pensó. Controla la vida, mientras que yo me quedo sentado y dejo que pase.

Dios, pensó. Y, ciertamente, tiene un control firme sobre mí; ¿no planeó todo este asunto? ¿No me consiguió, no consiguió la casa?

Todo el dinero que gano, pensó, va destinado a mantener esa maldita casa y lo que hay dentro. Lo chupa, lo absorbe. Me devora a mí y todo lo que gano. ¿Y quién se beneficia de ello? Yo no.

Como la vez que se deshizo de mi gato. Lo había encontrado escondiéndose en una barraca de suministros de la planta, y durante casi un año lo había alimentado en su despacho, comprándole comida para gatos y llevándole los restos del almuerzo. Había sido un gato grande y peludo, gris y blanco, un macho, y en aquel año se había entregado a él, le seguía a todas partes, lo cual le divertía, a él y a sus empleados. Jamás le prestaba atención a otro. Un día, Fay fue a la oficina en busca de algo y vio al gato, y en seguida se dio cuenta de la devoción que le tenía.

—¿Por qué no lo traes a casa? —preguntó, escrutándolo mientras se acomodaba sobre el escritorio.

—Me hace compañía aquí —contestó—. Cuando me quedo a trabajar hasta tarde.

—¿Tiene algún nombre?

Intentó acariciarlo, pero el gato se apartó de ella.

—Yo lo llamo Porky.

—¿Por qué?

—Porque se come todo lo que le dan —dijo, sintiéndose avergonzado, como si lo hubieran cogido en una inmodestia o algo femenino.

—A las chicas les encantará —dijo Fay—. Ya sabes cuanto tiempo llevan deseando tener un gato. Bing es demasiado grande para ellas, y ese conejillo de indias que compraron en el museo no hacía otra cosa que cagarse y esconderse todo el tiempo.

—Se escaparía —indicó él—. El perro lo asustaría.

—No —contestó ella con firmeza—. Tráelo a casa. Lo mantendremos dentro. Yo le daré de comer; allí será mucho más feliz. Ya sabes que tú te quedas aquí una noche por semana, como mucho... Mira, estará en un lugar caliente, algo que a los gatos les encanta, y dispondrá de todos los huesos y restos de tres comidas... —Palmeando al gato, añadió—: Y yo también quiero uno.

Al final lo convenció. Sin embargo, mientras observaba cómo intentaba acariciarlo, tuvo la certeza de que realmente no deseaba tener al gato por la casa; estaba celosa porque a él le gustaba y trataba de mantenerlo apartado de ella al dejarlo en la planta. Lo mantenía separado de su vida con ella, y para Fay aquello era intolerable; se afanaba por convertirlo en una parte de su mundo, y hacer que dependiera de ella. Tuvo una imagen fugaz de Fay separando al gato de él, mimándolo, alimentándolo en exceso, haciendo que durmiera en su regazo... no porque lo amara, sino porque para ella era importante pensar que le pertenecía.

Aquella noche llevó al gato a casa metido en una caja. Las niñas quedaron encantadas y le pusieron leche y una lata de sardinas nórdicas. El gato se quedó dentro toda la noche y durmió en el sofá, satisfecho en apariencia. Encerraron al perro arriba, en el baño, y los animales no entraron en contacto. Durante uno o dos días Fay lo alimentó y se ocupó de él; entonces, una noche, al llegar a casa encontró la puerta de entrada abierta.

Con aprensión, buscó a su mujer. La encontró cosiendo en el patio.

—¿Por qué está abierta la puerta? —preguntó—. Sabías que íbamos a mantener al gato dentro durante un par de días más.

—Deseaba salir —contestó Fay, con expresión perdida detrás de las enormes gafas de sol—. No dejaba de maullar, y las chicas querían dejarlo salir, así que lo hicimos. Debe andar por alguna parte, probablemente cerca de los cipreses, persiguiendo ardillas.

Durante varias horas lo buscó con una linterna, llamándolo, tratando de verlo. No descubrió ninguna señal. El gato se había escapado. Fay no parecía preocupada y sirvió la cena impasible. Las niñas no lo mencionaron ni una sola vez. Tenían la cabeza en la fiesta de una amiga, que se celebraría el domingo por la mañana. Engulló la cena con tristeza y rabia, y se levantó en seguida para reanudar la búsqueda.

—No te preocupes —le dijo Fay mientras tomaba el postre—. Es un gato adulto, no le pasará nada. Aparecerá por la mañana. Si no aquí, en la planta.

—¿Crees que podrá recorrer cuarenta kilómetros hasta Petaluma? —preguntó agitado.

—Los gatos viajan miles de kilómetros.

Nunca más supieron nada de él. Puso un anuncio en la Bay Wood Press, pero nadie llamó para decir que lo había visto. Durante una semana, todas las noches condujo despacio por los alrededores, llamándolo y buscándolo.

Y todo el tiempo experimentó la profunda e intuitiva sensación de que ella lo había hecho adrede. Trajo al gato a casa con la intención de dejarlo escapar. Se había deshecho deliberadamente de él por celos.

Una noche, cansado, le dijo a Fay:

—No pareces especialmente inquieta.

—¿Por qué? —contestó, levantando la vista de sus cacharros.

Estaba concentrada sobre la gran mesa del comedor haciendo cuencos de arcilla. Llevaba la camisa azul, los pantalones cortos y las sandalias; estaba muy bonita. Apoyado sobre el borde de la mesa, casi todo ceniza ya, se consumía su cigarrillo.

—Por la desaparición del gato —dijo.

—Las niñas se quedaron muy mal —comentó—. Pero yo les dije que un gato está más preparado para cuidar de sí mismo que cualquier otra clase de mascota que se escape. Además, por aquí hay ardillas y conejos... —Echándose el cabello hacia atrás, concluyó—: Lo más probable es que recuperara el instinto de la caza y ahora se haya vuelto salvaje y se lo esté pasando de miedo en el bosque. Dicen que a muchos gatos que han traído aquí les ha sucedido lo mismo.

—No mencionaste eso cuando me convenciste para que lo trajera a casa —comentó con cuidado.

Ella ni se molestó en contestar. Sus dedos fuertes y eficaces modelaban la arcilla; la observó y notó cuánta presión era capaz de ejercer sobre el material. Le sobresalían los tendones.

—En cualquier caso —dijo Fay—, tú te habías involucrado emocionalmente demasiado con él. No es bueno apegarse tanto a un animal.

—¡Entonces te deshiciste de él a propósito! —exclamó en voz alta.

—No. Sólo era un comentario. Quizá sea mejor que se haya escapado. Esto demuestra que te habías involucrado demasiado; de lo contrario, no insistirías tanto. Dios mío, era sólo un gato. Tienes una mujer y dos hijas y te obsesionas por un gato.

El agudo desprecio de su voz le hizo temblar. Era su tono más efectivo, el que contenía el peso de la autoridad; le recordaba a sus maestros de escuela, a su madre, a todo ese grupo.

Incapaz de seguir discutiendo, dio media vuelta y se marchó a comprar la última edición del periódico.

En la oficina de correos, al recordar a su gato perdido, experimentó una terrible sensación de soledad, una especie de sensación de desposeimiento. Compró unos sellos y regresó al coche aparcado, reconociendo que su fracaso en contactar con el chico y la chica se había unido, en su mente, con la pérdida del gato. La ruptura de relaciones entre seres vivos... el abismo entre él y otros seres vivos. ¿Por qué?, se preguntó mientras subía al vehículo.

A la mierda todo, pensó con amargura.

Condujo pensativo, sacando el coche a la calle con dificultad. Luego, justo al pasar delante del Mayfair, vio apoyadas contra el muelle de descarga dos bicicletas de carrera. Sus bicicletas... habían ido al Mayfair. Sin pensárselo, acercó el coche al bordillo, bajó de un salto y cruzó corriendo la calle, atravesó la puerta abierta y entró en el fresco edificio de madera, metiéndose entre las verduras y expositores de botellas de vino y estanterías de revistas.

El chico y la chica se hallaban en la parte de atrás, ante el mueble de las verduras enlatadas. Se dirigió hacia ellos; tenía que encararlos o soportar el peso de su conciencia durante meses. Fay nunca le perdonaría... Empujado hacia ellos, llegó mientras llenaban una cesta de alambre con latas, cajas y una barra de pan.

—Eh —dijo, con las orejas rojas de vergüenza. Sorprendidos, aunque de un modo controlado, se volvieron en su dirección—. Escuchad —empezó, tirando de la hebilla de su cinturón y mirando el suelo; al instante, alzó los ojos—. Mi mujer y yo os vimos ayer... o antes de ayer, quiero decir. Vivimos aquí, en Drake’s Landing, a unos ocho kilómetros camino abajo, cerca de Paper Mili Creek, detrás de Inverness Park. Mi mujer está sola en casa siempre y se muere por tener compañía. Tenemos un caballo, si os gusta montar —añadió—. ¿Qué os parece si vamos y charlamos un poco? ¿Podría convenceros para que os quedarais a cenar?

En silencio, el chico y la chica intercambiaron miradas. Mientras él estaba allí de pie, se comunicaron sin palabras y llegaron a una conclusión.

—Acabamos de mudarnos aquí —dijo la chica con voz suave y baja.

—¿Sois recién casados? —preguntó Charley.

Asintieron. Los dos parecían tímidos y reservados, aunque contentos de que se les hubiera acercado.

—Es difícil llegar a conocer gente aquí —les dijo, sintiéndose inmensamente satisfecho consigo mismo por haber establecido el contacto; lo había hecho, había tenido éxito. Fay estaría llena de respeto—. ¿Tenéis coche? Oh, claro, vais en bici. Nos fijamos en las bicicletas. —Se oyó reír entre dientes—. Bueno, podemos meterlas en la parte de atrás del coche.

Terminaron de hacer sus compras con pesada deliberación. Charley se quedó en un rincón con cierta sensación de ridículo, fumando un cigarrillo y mirando a su alrededor.

Al rato, los tres se dirigieron hacia las bicicletas, y luego al coche.

El nombre del joven era Nat Anteil. El de su mujer Gwen. Nat trabajaba por las mañanas para una inmobiliaria pequeña y moderna en Mili Valley, y por las tardes volvía hasta Point Reyes y pasaba el tiempo estudiando. Estaba en el segundo año de unos cursos a distancia que realizaba la Universidad de Chicago. Cuando term