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Espera a la primavera, Bandini
John Fante
Título original:
Wait Until Spring, Bandini
Cubierta: Ferran Cartes
© 1938, 1983: John Fante
© 1988 de la traducción castellana y derechos exclusivos
de la edición en castellano:
Editorial Empúries, S. A. y Ediciones Paidós Ibéica, S. A.,
Mariano Cubí, 92, 08021 Barcelona
Primera edición: noviembre de 1988
ISBN: 84-7509-504-6
Depósito legal: B. 41.562 - 1988
Impreso en Hurope, 5. A., Recaredo, 2, 08005 Barcelona
Dedico este libro a mi madre, Mary Fante, con amor y devoción; y a mi padre, Nick Fante, con amor y admiración.
PREFACIO
A H O R A que ya soy viejo no puedo evocar este libro sin que su rastro se me pierda en el pasado. A veces, cuando estoy en la cama por la noche una frase, un párrafo o un personaje de esta obra temprana se apoderan de mí y en un estado semionírico me entretejen el melodioso recuerdo de un antiguo dormitorio de Colorado, o de mi madre, o de mi padre, o de mis hermanos y mi hermana. No creo que lo que escribí hace tanto tiempo me reporte la paz de estas fantasías, pero tampoco tengo ánimo suficiente para mirar atrás, para abrir esta novela primeriza y leerla otra vez. Tengo miedo, no soporto que mi propia obra me desnude. Estoy seguro de que nunca volveré a leerla. También estoy seguro de otra cosa: todas las personas de mi vida literaria, todos mis personajes se encuentran en esta obra de juventud. En ella no queda ya nada de mí mismo -sólo un recuerdo de antiguos dormitorios y el rumor de las zapatillas de mi madre al dirigirse a la cocina.
JOHN FANTE
1
A V A N Z A B A dando puntapiés a la espesa capa de nieve. Hombre asqueado a la vista. Se llamaba Svevo Bandini y vivía en aquella misma calle, tres manzanas más abajo. Tenía frío y agujeros en los zapatos. Por la mañana había tapado los agujeros por dentro con el cartón de una caja de macarrones. Los macarrones no los había pagado. Se había acordado mientras metía en los zapatos los trozos de cartón.
Detestaba la nieve. Era albañil y la nieve congelaba la argamasa que ponía entre los ladrillos. Se dirigía a su casa, pero no sabía por qué. Cuando era pequeño y vivía en Italia, en los Abruzos, tampoco le gustaba la nieve. No había sol, no había trabajo. Ahora vivía en los Estados Unidos, en Colorado, en un lugar llamado Rocklin. Acababa de salir de los Billares Imperial. En Italia también había montañas, por supuesto, iguales que los montes blancos que se alzaban a unos kilómetros hacia occidente. Los montes eran gigantescas túnicas blancas que caían a plomo hacia la tierra. Veinte años antes, cuando tenía veinte años de edad, había pasado hambre durante toda una semana entre los pliegues de aquella túnica despiadada y blanca. Había estado construyendo una chimenea en un refugio de montaña. Era peligroso subir allí en invierno. Había dicho a la porra el peligro, porque sólo tenía veinte años entonces, y una novia en Rocklin, y necesitaba dinero. Pero el techo del refugio había cedido bajo la nieve aplastante.
No había momento en que aquella nieve hermosa no le torturase. No comprendía aún por qué no había emigrado a California. Pero permanecía en Colorado, entre las nieves profundas, porque ya era demasiado tarde. La nieve blanca y hermosa era como la mujer blanca y hermosa de Svevo Bandini, muy blanca, muy fértil, que yacía en la cama blanca de una casa situada calle arriba. Walnut Street número 456, Rocklin, Colorado.
El aire frío le humedeció los ojos. Eran castaños, eran dulces, eran ojos de mujer. Le había quitado los ojos a su madre al nacer, ya que después del nacimiento de Svevo Bandini, la madre no había sido ya la misma, achacosa siempre, siempre con expresión de enferma después del parto, hasta que murió, y a Svevo le tocó tener ojos castaños y dulces.
Setenta kilos pesaba Svevo Bandini y tenía un hijo llamado Arturo que disfrutaba acariciándole los hombros musculosos y palpándole las culebras que le corrían por dentro. Era hombre apuesto Svevo Bandini, todo músculo, y su mujer, que se llamaba María, en cuanto pensaba en los músculos de los riñones del marido, el cuerpo y el espíritu se le derretían cual nieve de primavera. Era muy blanca esta María y mirarla era verla a través de una finísima capa de aceite de diva.
Dio cane. Dio cane. Quiere decir que Dios es un perro y Svevo se lo decía a la nieve. ¿Por qué habría perdido diez dólares aquella noche en una partida de póquer en los Billares Imperial? Era muy pobre y tenía tres hijos, y no había pagado los macarrones, ni la casa en que estaban los tres hijos y los macarrones. Dios es un perro.
Svevo Bandini tenía una esposa que no decía nunca:
dame dinero para dar de comer a los niños, pero tenía una esposa de ojos grandes y negros que el amor encendía hasta el empalago, unos ojos muy suyos que le escrutaban furtivamente la boca, las orejas, el estómago y los bolsillos. La astucia de aquellos ojos era triste, pues siempre sabían cuándo le había ido bien en los Billares Imperial. ¡ Vaya ojos para una esposa! Veían todo lo que él era y esperaba ser, pero su alma jamás
Lo cual era extraño, porque María Bandini era una mujer para quien todos eran almas, tanto los vivos como los muertos. María sabía lo que era un alma. Un alma era algo inmortal que ella conocía. Un alma era algo inmortal sobre lo que no discutía. Un alma era algo inmortal. Bueno, fuera lo que fuese, el alma era inmortal.
Poseía un rosario blanco, tan blanco que si se cayera en la nieve no se encontraría nunca, y María rezaba por el alma de Svevo Bandini y de sus hijos. Y como le faltaba tiempo, esperaba que en algún lugar del mundo, alguien, una monja de algún silencioso convento, alguien, cualquiera, tuviese tiempo para rezar por el alma de María Bandini.
A Svevo le aguardaba un lecho blanco en que su mujer yacía acostada, cálida e impaciente, y él daba puntapiés a la nieve y pensaba en algo que alguna vez fabricaría. Sólo una idea tenía en la cabeza: un aparato quitanieves. Había construido una maqueta con cajas de puros. Se le había metido en la cabeza. De pronto se estremeció como hombre al que un pedazo de metal frío toca el costado y recordó las veces incontables que había yacido en el lecho cálido con María, y que la crucecita fría del rosario femenino le rozaba la carne en las noches invernales como una víbora riente y fría, y que él se retiraba con premura a un rincón del lecho más frío aún, y pensó entonces en el dormitorio, en la casa que no había pagado, en la esposa blanca e incansablemente deseosa de pasión, y ya no pudo resistirlo, y llevado de la furia se hundió en la nieve más abundante de la calzada para desfogarse en ella. Dio cane. Dio cane.
Tenía un hijo que se llamaba Arturo y Arturo tenía catorce años y un trineo. Al entrar en el patio de la casa que no había pagado, sus pies corrieron de pronto hacia la copa de los árboles, había caído de espaldas y el trineo de Arturo seguía en movimiento, deslizándose hacia un lilo de flores vencidas por el peso de la nieve. Dio cane! Ya le había dicho al chico, a aquel renacuajo cabrón, que no dejase el trineo en la entrada. Svevo Bandini sentía que el frío de la nieve le perforaba las manos como un enjambre de hormigas rabiosas. Se puso en pie, alzó los ojos al cielo, agitó el puño hacia Dios y a punto estuvo de morirse de un ataque de cólera. Arturo, Arturo. ¡Renacuajo cabrón! Sacó el trineo de debajo de las lilas y con maldad deliberada le arrancó las guías. Sólo cuando estuvo hecho el destrozo recordó que el trineo le había costado siete dólares con cincuenta. Se limpié la nieve de la ropa, notando un calor extraño en los tobillos, por donde la nieve se le había colado en los zapatos. Siete dólares con cincuenta centavos hechos trizas. Diavolo! Que el chico se comprara otro trineo. De todos modos prefería uno nuevo.
La casa no se había pagado. Era su enemiga aquella casa. Tenía voz y le hablaba siempre, igual que un loro, cotorreándole lo mismo sin parar. Cada vez que sus pies despertaban crujidos en el suelo del soportal, la casa le decía con insolencia: no eres mi dueño, Svevo Bandini, y nunca seré tuya. Cada vez que rozaba el pomo de la puerta principal era lo mismo. Durante quince años la casa le había importunado y exasperado con su cretina independencia. Había ocasiones en que la quería dinamitar y reducir a escombros. Cierta vez había sido muy fuerte la provocación, la provocación de aquella casa que, semejante a una mujer, le incitaba a poseerla. Pero al cabo de trece años había acabado por cansarse y renunciar y la arrogancia de la casa había aumentado. A Svevo Bandini ya no le importaba.
El banquero propietario de la casa era uno de sus peores enemigos. El recuerdo de la cara del banquero le aceleró el corazón con ansia abrasadora de violencia. Helmer, el banquero. La hez de la tierra. De vez en cuando había tenido que ir a verle para decirle que no tenía dinero suficiente para alimentar a la familia. Helmer, pelo gris pulcramente peinado con raya, manos blandas, ojos de banquero que parecían ostras cuando Svevo Bandini le decía que no tenía dinero para pagarle el plazo de la casa. Había tenido que hacerlo muchas veces y las manos blandas de Helmer le enervaban. No podía hablar con un hombre así. Detestaba a Helmer. Le habría gustado romperle el cuello a Helmer, arrancarle el corazón y pisoteárselo con los dos pies. Pensaba en Helmer y murmuraba: ya te cogeré, ¡ya te cogeré! No era su casa y no tenía más que rozar el pomo de la puerta para acordarse de que no era suya.
Se llamaba María y la tiniebla era luz ante sus ojos negros. Anduvo él de puntillas hasta el rincón y la silla que allí había, al lado de la ventana con la persiana verde echada. Al tomar asiento le crujieron ambas rodillas. Para María era como el tintineo de dos campanillas y se le ocurrió que era una locura que una esposa amara tanto a un marido. Hacia mucho frío en la habitación. Por entre los labios jadeantes le brotaban chorros cónicos de vaho. Gruñó mientras forcejeaba como un pugilista con los cordones de los zapatos. Siempre los dichosos cordones. Diavolo! ¿Se moriría de viejo sin haber aprendido a atarse los cordones de los zapatos como los demás hombres?
—¿Svevo?
—Sí.
—No los rompas, Svevo. Enciende la luz y yo te los desataré. No te enfades, no vayas a romperlos.
¡Dios del cielo! ¡ Santísima Virgen María! ¿Era aquello una mujer? ¿Enfadarse? ¿Por qué había de enfadarse? ¡La madre que...! ¡ Con qué ganas habría roto la ventana de un puñetazo! Arañó con las uñas el nudo de los cordones. ¡Cordones, cordones! ¿Por qué existirían los cordones de zapatos? Ay, ay, ay.
—Svevo.
—¿Qué?
—Ya lo hago yo. Enciende la luz.
Cuando el frío ha agarrotado los dedos, el nudo de un cordón es tan terco como el alambre espinoso. Arrimó brazo y hombro para desahogar la impaciencia. El cordón se rompió con chasquido seco y a punto estuvo Svevo Bandini de caerse de la silla. Suspiró, suspiró la esposa.
—Ay, Svevo, otra vez los has roto.
—Es igual —dijo él—. ¿O querías que me metiera en la cama con los zapatos puestos?
Dormía desnudo, despreciaba la ropa interior, aunque una vez al año, con las primeras nieves, en la silla del rincón le esperaban siempre los calzoncillos largos que le habían preparado. Cierta vez se había reído de aquella salvaguardia: fue el año en que casi había muerto de gripe y pulmonía; fue el invierno en que se había levantado de un lecho de moribundo, delirando a causa de la fiebre, asqueado de las pastillas y los jarabes, se había tambaleado hasta la despensa, se había metido hasta el galillo media docena de cabezas de ajos y había vuelto a la cama para sudar hasta la bilis. María creyó que lo habían curado sus oraciones y a partir de entonces el ajo fue la religión curativa de Bandini, pero María sostenía que el ajo procedía de Dios, argumento demasiado absurdo para que Svevo Bandini discutiera.
Era un hombre y no soportaba verse con calzoncillos largos. Ella era María y cada mancha de la ropa interior del marido, cada botón y cada hebra, cada olor y cada roce hacía que los pezones le doliesen con un júbilo que brotaba del centro de la tierra. Llevaban casados quince años, y él tenía lengua, sabía moverla, y con frecuencia hablaba de cuanto se le ocurría, pero muy pocas veces le había dicho te quiero. Ella era su mujer, y hablaba en contadísimas ocasiones, pero a él le aburría que sólo supiera decir te quiero.
Se acercó al lecho, metió las manos bajo las mantas y buscó a tientas el rosario errabundo. Acto seguido se introdujo entre las sábanas y se abrazó a ella con desesperación, enroscando los brazos alrededor de los de ella, atenazando las piernas de la mujer con las suyas. No era pasión, sólo el frío de una noche de invierno y ella era una mujercilla-estufa que desde el principio le había atraído por su calidez y su melancolía. Quince inviernos, noche tras noche, y un cuerpo cálido de mujer que acogía unos pies como témpanos, unas manos y unos brazos como témpanos; pensó él en aquella clase de amor y lanzó un suspiro.
Y hacía nada, los Billares Imperial se habían quedado con los diez dólares que le quedaban. Si aquella mujer tuviese por lo menos algún defecto que compensara un tanto sus debilidades... Fíjate en Teresa de Renzo. Se habría casado con Teresa de Renzo, pero era una mujer extravagante, hablaba demasiado, la boca le olía a perro muerto y, hembra fuerte y musculosa, fingía derretirse además entre sus brazos. ¡Casi nada! ¡Y era más alta que él! El caso es que con una esposa como Teresa habría perdido a gusto diez dólares en los Billares Imperial en una partida de póquer. Habría pensado en su aliento, en aquel pico que no paraba, y habría dado gracias a Dios por presentársele la ocasión de tirar un dinero que había ganado con el sudor de su frente. Pero con María no.
—Arturo ha roto la ventana de la cocina —dijo ésta.
—¿Que la ha roto? ¿Cómo?
—Tiró a Federico de cabeza contra ella.
—El muy hijo de puta.
—Fue sin intención. Sólo estaba jugando.
—¿Y qué hiciste tú? Nada, imagino.
—Le puse yodo a Federico. Se hizo un corte pequeño en la cabeza. Pero nada serio.
—¡Nada serio! ¿Leches es eso, nada serio? ¿Qué le hiciste a Arturo?
—Estaba furioso. Quería ir al cine.
—Y fue, como silo viera.
—A los chicos les gusta.
—El muy requetecabronazo.
—¿Por qué hablas así de él, Svevo? Es tu hijo.
—Tú lo has echado a perder. Has echado a perder a todos.
—Es igual que tú. Tú también eras malo de pequeño.
—¿Que yo...? Yo no estampe nunca a mi hermano contra una ventana.
—Porque no tuviste hermanos. Pero a tu padre lo tiraste escaleras abajo y le rompiste un brazo.
—¿Qué culpa tenía yo de que mi padre...? Bah, dejémoslo.
Se le acercó serpeando y hundió la cara entre las trenzas de la mujer. Desde el nacimiento de August, el hijo mediano, el oído derecho de su mujer despedía cierto olor a cloroformo. Se le había pegado en el hospital y hacía ya diez años que lo tenía encima: ¿o eran imaginaciones suyas? Durante años se había peleado por ello con su mujer, pero ella negaba que el oído derecho le oliera a cloroformo. Hasta los chicos habían acercado la nariz para ver si era cierto, pero no habían olido nada. Sin embargo, el olor estaba allí, siempre allí, igual que aquella noche en la sala del hospital, cuando se había inclinado para besarla después de superar aquel mal trago, tan a las puertas de la muerte y sin embargo viva.
—¿Y qué pasa si tiré a mi padre escaleras abajo? ¿Qué tiene que ver con lo otro?
—¿Te echaste a perder por eso? ¿Eh? ¿Te echaste a perder?
—¿Cómo quieres que lo sepa?
—Pues no señor, no te echaste a perder —respondió María con firmeza.
Pero ¿qué sarta de bobadas estaba diciendo? ¡Pues claro que era un perdido! Teresa de Renzo le había dicho siempre que era un malvado, un egoísta y un perdido. A él le divertía. Y la chica aquella... como se llamaba... Carmela, Carmela Ricci, la amiga de Rocco Saccone, ella pensaba que era un demonio, y era una chica lista, había estudiado, en la Universidad de Colorado, y tenía título, y le había dicho que era un barrabás irresistible, cruel, peligroso, una amenaza para las jóvenes. Pero María.., bueno, María pensaba que él era un ángel, más bueno que el pan. Bah. ¿Qué sabía ella? No tenía educación ni estudios, ni siquiera había terminado el bachillerato.
Ni siquiera el bachillerato. Se llamaba María Bandini, pero antes de casarse con él se llamaba María Toscana y no terminó el bachillerato. En su familia eran dos hermanas y un hermano y ella era la menor. Tony y Teresa, los dos habían terminado el bachillerato. ¿Pero María? La maldición de la familia había caído sobre ella, la más tonta de los Toscana, la chica que quería vivir como le gustase y que no había terminado el bachillerato. Toscana ignorante. Sólo ella carecía de certificado de estudios secundarios; casi lo había conseguido después de tres años y medio; pero no le habían dado ningún título. Tony y Teresa lo tenían, y Carmela Ricci, la amiga de Rocco, que hasta había estudiado en la Universidad de Colorado. Dios estaba en contra de él. ¿Por qué de todas había ido a enamorarse de la mujer que tenía al lado, de aquella mujer que ni siquiera tenía un título de bachiller?
—Pronto será Navidad, Svevo —dijo ella—. Reza una oración. Pide a Dios que sean unas buenas Navidades.
Se llamaba María y siempre le contaba cosas que él sabía ya. ¿Es que hacía falta que le dijeran que la Navidad estaba al caer? Y nada menos que el cinco de diciembre por la noche. ¿Es que hay necesidad de que cuando un hombre se va a dormir con su mujer el jueves por la noche le diga ella que el día siguiente será viernes? Y aquel Arturo... ¿por qué le habría tocado en suerte un hijo que jugaba con trineos? Ah, povera America! Y tenía que rezar porque fuesen unas buenas Navidades. Bah.
—¿No tienes frío, Svevo?
Ya empezaba, siempre queriendo saber si tenía frío o no tenía frío. Levantaba poco más de metro y medio del suelo y él no sabía nunca si estaba dormida o despierta, así era de callada. Un fantasma, eso es lo que era, siempre contenta en su breve mitad de la cama, rezando el rosario y rogando por una feliz Navidad. ¿No era lógico que no hubiese pagado el plazo de la casa, de aquel manicomio habitado por una esposa que tenía metida la religión hasta el tuétano? Lo que un hombre necesitaba era una mujer que le pinchase, que le estimulara, que le hiciera trabajar de firme. ¿Pero María? Ah, povera America!
La mujer se levantó por su lado del lecho, sus pies, sin equivocarse en medio de la oscuridad, encontraron las zapatillas que estaban en la alfombra, y él supo que iba a ir al lavabo primero, y a ver cómo estaban los chicos después, inspección última antes de volver a la cama para no volver a levantarse durante el resto de la noche. Una esposa que siempre salía de la cama para echar un vistazo a sus tres hijos. ¡Qué asco de vida! Io sono fregato!
¿Cómo iba a dormir un hombre en aquella casa, siempre hecha un infierno y con su mujer levantándose siempre de la cama sin decir ni pío? ¡A tomar por saco los Billares Imperial! Un full de reinas-doses y había perdido. Madonna! ¡Y encima tenía que rezar por una Navidad alegre! ¡Una suerte de perros y encima ponte a hablar con Dios! Jesu Christi, si era verdad que Dios existía, que hablase de una maldita vez.
Volvió a su lado tan silenciosa como se había ido.
—Federico se ha resfriado.
También él estaba resfriado; en el alma. Su hijo Federico soltaba unas lagrimitas y María le frotaba el pecho con mentol y se pasaba media noche hablándole de ello, pero Svevo Bandini tenía que padecer solo, y no con dolores corporales, sino peor, con dolor en el alma. ¿Había un dolor más grande que el que se sentía en el alma? ¿Le ayudaba María? ¿Le preguntaba alguna vez si se resentía de los momentos difíciles? ¿Le había dicho alguna vez Svevo, cariño, cómo tienes el alma estos días? ¿Estás satisfecho, Svevo? ¿Encontrarás trabajo este invierno, Svevo? Dio Maledetto! ¡Y quería una Navidad feliz! ¿Cómo se va a pasar una Navidad feliz cuando teniendo mujer y tres hijos se sigue estando solo? Agujeros en los zapatos, mala suerte con las cartas, sin empleo, el cuello roto por culpa de un trineo de mierda... y encima una Navidad feliz. ¿Es que era millonario? Lo habría sido si se hubiera casado con la mujer que le convenía. Bueno, para el carro: basta ya de decir estupideces.
Se llamaba María y él advirtió que el calor del lecho disminuía a sus espaldas, y tuvo que sonreírse porque sabía que ella se le aproximaba, y los labios se le entreabrieron para acogerlos: tres dedos de una mano pequeña que le acariciaban los labios, que lo transportaban a un país cálido en el interior del sol, y sintió en la nariz el aliento ligero de unos labios fruncidos por la zalamería.
—Cara sposa —dijo—. Mi mujercita.
Se le habían humedecido los labios a María, que los frotó contra los ojos del marido. Éste rió con suavidad.
—Voy a matarte —le murmuró.
Ella se echó a reír, pero se envaró de pronto en actitud de quien escucha, de quien escucha a ver si se han despertado los niños en la habitación contigua.
—Che sara, sara —dijo—. Sea lo que Dios quiera.
Se llamaba María y era muy sufrida, le esperaba, le acariciaba la musculatura de los riñones, muy sufrida, le besaba en todas partes, y a él le devoraba entonces la llamarada que le gustaba tanto y ella se echaba de espaldas.
—Ay, Svevo. ¡Es maravilloso!
La amó con violencia delicada, muy orgulloso de sí, sin dejar de repetirse: no es tan idiota la María, sabe lo que es bueno. La burbuja gigantesca que perseguían camino del sol reventó entre ambos y el hombre gruñó con alivio jubiloso, gruñó como hombre contento de haber podido olvidar muchísimas cosas durante unos instantes, y María, silenciosa en su breve mitad de la cama, se quedó escuchando los latidos de su propio corazón y se preguntó cuánto habría perdido Svevo en los Billares Imperial. Mucho, sin duda; acaso diez dólares, porque María no tendría título de bachiller, pero adivinaba la desdicha de un hombre por el alcance de su pasión.
—Svevo —le murmuró.
Pero él dormía ya como un tronco.
Bandini, enemigo de la nieve. Se levantó a las cinco de aquella misma madrugada, saltó de la cama igual que un cohete, haciéndole muecas al frío, burlándose de él: bah, Colorado, en el quinto pino de la creación, siempre con un frío que pela, mal sitio para un albañil italiano; vaya vida que le había tocado vivir. Anduvo con los pies de canto hacia la silla, cogió los pantalones e introdujo las extremidades en las perneras, pensando que perdía doce dólares al día, el jornal base acordado por el sindicato, ocho horas de trabajo duro, ¡y todo por culpa de aquello! Tiró del cordón de la persiana; ésta subió de golpe crepitando como una ametralladora, y la mañana blanca y pura entró a raudales en el dormitorio, envolviéndole de luz. Gruñó a la mañana. Sporca chone, le dijo: so guarra. Sporcaccione ubriaca: guarra borracha.
María dormía con el acecho amodorrado de una gata y la persiana la despertó con viveza, los ojos desentumecidos por el pánico.
—Svevo. Es demasiado temprano.
—Sigue durmiendo. Nadie te dice nada. Sigue durmiendo.
—¿Qué hora es?
—Hora de que los hombres se levanten. Hora de que las mujeres sigan durmiendo. Así que a callar.
No se había acostumbrado nunca a levantarse a hora tan temprana. Las siete era su hora de levantarse, salvo cuando estaba en el hospital, y una vez se había quedado en cama hasta las nueve y le había entrado dolor de cabeza, pero aquel hombre con quien se había casado salía de la cama a las cinco en invierno y a las seis en verano. Conocía sus angustias en el presidio blanco del invierno; sabía que cuando se levantase dos horas después él habría limpiado ya la nieve de todos los senderos del patio y de sus alrededores en un radio de media manzana, bajo las cuerdas de tender la ropa, hasta el extremo del callejón, amontonándola, removiéndola, perforándola con inquina con la pala.
Así fue. Cuando se levantó e introdujo los pies en las zapatillas, los dedos reventados como flores secas, miró por la ventana de la cocina y vio que estaba allí, metido en el callejón, del otro lado de la valla. Un gigante, un gigante encogido y oculto tras la valla de un metro con ochenta, la pala vista y no vista, subiendo y bajando, devolviendo al cielo sus borlas de nieve.
Pero no había encendido la estufa de la cocina. Desde luego que no, jamás encendía la estufa de la cocina. ¿Qué era él para tener que encender el fuego, una mujer? Aunque a veces sí. En cierta ocasión se los había llevado a las montañas para regalarse con una fritada de carne y solamente él había contado con la autoridad suficiente para encender el fuego. ¡Pero en una cocina! ¿Qué era él, una mujer?
Hacía mucho frío aquella mañana, mucho frío. A María le castañeteaban los dientes, las mandíbulas se le desbocaban. El linóleo gris oscuro habría podido pasar por una capa de hielo, la misma estufa era una barra de hielo. ¡Valiente estufa!, déspota, incivilizada y con malas pulgas. Siempre la piropeaba, la mimaba, la tranquilizaba, estufa semejante a un oso negro que sufriese brotes de rebeldía, que la desafiara para ver si era capaz de encenderla; estufa quisquillosa que, cuando se calentaba y emitía un calorcillo suave, perdía los estribos de repente, se ponía al rojo blanco y amenazaba con destruir la casa entera. Sólo María sabía tratar aquel cacho negro de hierro mohíno y lo hacía alimentándola con una astilla tras otra, acariciando las llamas tímidas, poniendo un tronco a continuación, luego otro, y otro, hasta que ronroneaba gracias a sus atenciones, el hierro se caldeaba, el vientre se le hinchaba, el calor la hacía vibrar, hasta que gruñía y gemía de placer, igual que un idiota. Ella era María y la estufa sólo la quería a ella. Si Arturo o August le introducían un pedazo de carbón por la boca ávida, se ponía furiosa ella sola, ennegrecía y agrietaba la pintura de las paredes, adquiría un color amarillo que daba miedo, un fragmento de infierno que protestaba y exigía la presencia de María, que llegaba con el ceño fruncido, resuelta, con un trapo en la mano con el que la toqueteaba aquí y allá, le ajustaba las válvulas con experiencia y le revolvía las entrañas hasta que recuperaba la estúpida normalidad. María, de manos no mayores que rosas marchitas, pero aquel demonio negro era su esclavo y ella le profesaba un cariño sincero. La mantenía viva, chisporroteando con perversidad, con la niquelada chapa de la marca sonriéndole con malicia, igual que una boca demasiado orgullosa de su hermosa dentadura.
Cuando al cabo brotaron las llamas y la estufa le dio los buenos días con un gruñido, María le puso encima el agua para el café y volvió a la ventana. Svevo estaba aún en el patio trasero, inclinado sobre la pala, jadeando. Las gallinas habían salido del cobertizo y puéstose a cloquear nada más verle, nada más ver a aquel hombre capaz de levantar del suelo el blanco cielo desplomado y arrojarlo por encima de la valla. Pero desde la ventana advirtió que las gallinas no se atrevían a acercársele. Ella sabía por qué. Eran sus gallinas; comían de su mano, pero a él lo detestaban; lo recordaban porque algún que otro sábado por la noche se presentaba entre ellas con ánimo de matar. Las cosas como eran; le estaban agradecidas porque había quitado la nieve y ellas podrían escarbar la tierra, apreciaban el detalle, pero jamás confiarían en él como en la mujer que se les acercaba con las manos pequeñas llenas de maíz. Y también con espaguetis, en una fuente; la besaban con el pico cada vez que les llevaba espaguetis; pero ojo con el hombre.
Se llamaban Arturo, August y Federico. Se habían despertado ya, castaños los ojos de los tres y bien remojados en el río negro del sueño. Yacían en una misma cama, Arturo con doce años, August con diez y Federico con ocho. Críos italianos, entreteniéndose con picardías, los tres en la misma cama, emitiendo una risa obscena, precipitada, característica. Arturo sabía muchísimo. En aquellos instantes les contaba lo que sabía, y las palabras le salían de la boca envueltas en un vaho caliente y blanco en el frío de la estancia. Sabía muchísimo. Había visto muchísimo. Sabía muchísimo. No sabéis lo que he visto. Estaba sentada en los escalones del soportal. Estaba casi encima de ella. Se lo vi todo.
Federico, de ocho años.
—¿Qué le viste, Arturo?
—Cierra el pico, enano. No hablamos contigo.
—No contaré nada.
—Venga, cierra el pico. Eres demasiado pequeño.
—Entonces lo contaré.
Unieron sus fuerzas y lo echaron de la cama. Cayó al suelo entre gimoteos. El aire frío le despertó una rabia repentina y le perforó con diez mil agujas. Chilló, quiso meterse otra vez bajo las mantas, pero eran más fuertes que él, rodeó la cama corriendo y entró en el cuarto de la madre. Ésta se ponía las medias de algodón. El pequeño chillaba con aflicción.
—¡Me han echado a patadas! ¡Arturo! ¡Y August!
—¡Chivato! —gritaron en la habitación contigua.
A ella el Federico le parecía hermosísimo; su piel le parecía hermosísima. Lo cogió en brazos y le frotó la espalda, le pellizcó aquella preciosidad de culito, muy fuerte, para hacerle entrar en calor y él pensó en el olor de su madre, se preguntó qué sería, se dijo que sentaba muy bien por la mañana.
—Acuéstate en la cama de mamá —le dijo ella.
El pequeño se metió en el lecho con presteza y la madre lo envolvió en las mantas, lo zarandeó con alegría, y él contentísimo de estar en el lado materno de la cama, con la cabeza en el hueco que había dejado el pelo de mamá, porque la almohada de papá no le gustaba; olía agrio y fuerte, pero la de mamá estaba perfumada y lo envolvía en una ola de calidez.
—Sé otra cosa —dijo Arturo—. Pero no pienso contártela.
August tenía diez años; no sabía mucho. Por supuesto que sabía más que el mierda de Federico, pero ni la mitad que el hermano que tenía junto a sí, Arturo, que sabía muchísimo de mujeres y esas cosas.
—¿Qué me das si te lo cuento? —le preguntó Arturo.
—Te daré una chapa.
—¡Una chapa! ¡Vaya mierda! ¿Y para qué quiero yo una chapa en invierno?
—Te la daré en verano.
—Ni hablar. ¿ Qué me das ahora?
—Todo lo que tengo.
—Eso está mejor. ¿Qué tienes?
—Nada.
—Muy bien. Entonces no te contaré nada.
—No tienes nada que contar.
—¡Un huevo que no!
—Cuéntamelo gratis.
—De eso nada, monada.
—Mientes, por eso no me lo cuentas. Eres un mentiroso.
—¿Mentiroso yo?
—Serás un mentiroso si no me lo cuentas. ¡Mentiroso!
Se llamaba Arturo y tenía catorce años. Era su padre en miniatura, pero sin bigote. El labio superior se le fruncía con idéntica crueldad bondadosa. Las pecas le inundaban la cara como hormigas en un pastel. Era el mayor, se creía un machote y no iba a consentir que el baboso de su hermano le llamara embustero sin recibir su merecido. Cinco segundos más tarde, August se retorcía de dolor. Arturo estaba bajo las mantas a los pies de su hermano.
—¿Te hago una llave en el dedo gordo?
—¡Ay, ay! ¡Suéltame!
—¿Quién es el mentiroso?
—¡Nadie!
La madre se llamaba María, pero ellos la llamaban mamá; hela ahora junto a ellos, asustada aún de las responsabilidades maternas, aún insegura al respecto. Fíjate en August; era sencillo ser su madre. Tenía el pelo rubio y cien veces al día, sin saber cómo ni por qué, pensaba en ello, en que su hijo mediano era rubio. Lo besaba en los momentos más inesperados, se inclinaba y le olía el pelo rubio, le pegaba los labios a las mejillas y los ojos. Era un buen chico, de verdad que lo era. Claro que había sufrido mucho por su culpa. Riñones flojos, había dicho el doctor Hewson, pero ya había pasado aquello y el colchón ya no amanecía húmedo. August podía crecer ya y ser un hombre de bien que nunca se mojaba en la cama. Cien noches había pasado de rodillas junto a él mientras el pequeño dormía, las cuentas del rosario tintineando en la oscuridad mientras suplicaba al Señor: ten piedad, Dios bendito, y no permitas que mi hijo vuelva a mojar la cama. Cien, doscientas noches. El médico había dicho que riñones flojos; ella había dicho que la voluntad de Dios; y Svevo Bandini había dicho qué jodida falta de disciplina y fue partidario de que August durmiese en el patio trasero, con pelo rubio o sin pelo rubio. Se había sugerido toda suerte de remedios. El médico no paraba de recetarle medicamentos. Svevo era partidario del jarabe de palo, pero ella se las había apañado siempre para burlar sus intenciones; y la madre de la madre, Donna Toscana, había insinuado que el pequeño se bebiera la propia orina. Pero ella se llamaba María, lo mismo que la madre del Salvador, y había hablado con esta otra María tras recorrer kilómetros y kilómetros de rosario. Bueno, se había acabado, ¿no? Cuando le deslizó la mano debajo a primera hora de la mañana, ¿no estaba seco y caliente? ¿Y por qué? María sabía el porqué. Nadie más podía explicarlo. Bandini había dicho ya era hora, joder; el médico había dicho que lo habían curado las pastillas y Donna Toscana dijo que se habría acabado hacía mucho de haber seguido sus instrucciones. El mismo August estaba sorprendido y complacido cuando al despertar por la mañana se notaba seco y limpio. Recordaba las noches en que despertaba y veía a su madre de rodillas junto a él, la cara pegada a la suya, las cuentas tintineando, el aliento materno en su nariz y el murmullo de frases cortas, Dios te salve María, Dios te salve María, que le resbalaban por la nariz y los ojos, hasta que, preso entre las dos mujeres, experimentó una melancolía irreal, un desamparo que le conmovió y le hizo tomar la resolución de contentar a ambas. Y ya no volvió a mearse en la cama.
Era fácil ser la madre de August. Le acariciaba el pelo rubio siempre que quería porque el muchacho había heredado el elemento milagroso y misterioso de ella. Había hecho mucho por él la María. Lo había hecho crecer y desarrollarse. Había hecho que se sintiera todo un mozo y que Arturo dejara de burlarse y de ofenderle a causa de sus riñones flojos. Cuando se le acercaba ella al lecho todas las noches con paso susurrante, nada más sentir él que los dedos cariñosos le acariciaban el pelo, volvía a recordar que gracias a ella y a otra María había dejado de ser un mariquita y se había convertido en un hombre. Era comprensible que ella oliese tan bien. Y María no olvidaba jamás aquel pelo rubio prodigioso. De dónde le venía sólo lo sabía Dios, y estaba muy orgullosa de él.
Desayuno para tres muchachos y un hombre. Se llamaba Arturo, pero no le gustaba y quería llamarse John. Se apellidaba Bandini, pero quería que fuese Jones. Su padre y su madre eran italianos, pero él quería ser norteamericano. Su padre era albañil, pero él quería ser pitcher de los Cubs de Chicago. Vivían en Rocklin, un pueblo de Colorado de diez mil habitantes, pero él quería vivir en Denver, que se encontraba a cincuenta kilómetros. Las pecas le cubrían el rostro, pero él lo quería limpio y despejado. Iba a una escuela católica, pero él quería ir a una escuela nacional. Tenía una novia que se llamaba Rosa, pero ella le tenía inquina. Era monaguillo, pero también un demonio que detestaba a los monaguillos. Quería ser un buen chico, pero temía ser un buen chico porque temía que los amigos le llamasen buen chico. Se llamaba Arturo y quería a su padre, pero vivía con el temor de que llegase el día en que pudiese darle una paliza a su padre. Veneraba a su padre, pero su madre le parecía una cobardica y una imbécil.
¿Por qué no era su madre como otras madres? Pero así era y todos los días lo comprobaba. La madre de Jack Hawley le excitaba: le daba rosquillas con tal gracia que el corazón se le ponía tierno. La madre de Jim Toland tenía unas piernas dignas de admirarse. La madre de Carl Molla nunca llevaba nada debajo del vestido de guinga; cuando barría el suelo de la cocina de su casa, él se quedaba en el soportal trasero para contemplar extasiado los movimientos de la señora Molla, devorando con los ojos las oscilaciones de sus caderas. Tenía doce años entonces y el descubrimiento de que su madre no le excitaba hizo que la despreciase en secreto. Siempre vigilaba a su madre por el rabillo del ojo. Amaba a su madre, pero la odiaba.
¿Por qué su madre se dejaba tiranizar por Bandini? ¿Por qué le tenía miedo? Cuando estaban en la cama y él permanecía despierto, sudando de furia, ¿por qué dejaba su madre que Bandini le hiciera aquello? Cuando salía ella del lavabo y entraba en el cuarto de los chicos, ¿por qué sonreía en la oscuridad? No le podía ver la sonrisa, pero se la adivinaba en la cara, alegría de la noche cuya ternura realzaban la oscuridad y las luminarias ocultas que le aureolaban el rostro. En aquellos momentos odiaba a los dos, pero el odio que sentía por ella era mayor. Le habría gustado escupirle y mucho después de que la madre hubiese vuelto a la cama, el odio seguía escrito en sus facciones y los músculos de las mejillas le dolían por su causa.
El desayuno estaba listo. Oyó a su padre que pedía el café, ¿Por qué su padre vociferaba continuamente? ¿No sabía hablar en voz baja? Por culpa de aquellos gritos, todos los vecinos sabían lo que ocurría en la casa. Los Morey vivían al lado mismo: pues no se les oía ni estornudar, nunca nunca; gente silenciosa y tranquila los norteamericanos. Pero a su padre no le bastaba con ser italiano, tenía que ser un italiano escandaloso.
—Arturo —exclamó la madre—. A desayunar.
¡Como si no supiera que el desayuno estaba listo! ¡Como si todo Colorado no se hubiese enterado ya de que los Bandini estaban desayunando!
Detestaba el agua y el jabón y no alcanzaba a comprender por qué había que lavarse la cara todas las mañanas. Odiaba el cuarto de baño porque no había bañera. Odiaba los cepillos de dientes. Odiaba el dentífrico que compraba su madre. Odiaba el peine de la familia, engorrinado siempre con la argamasa del pelo de su padre, y aborrecía su propio pelo porque siempre se le despeinaba. Pero sobre todo detestaba su cara manchada de pecas y que parecía una alfombra sobre la que hubiesen desparramado diez mil peniques cobrizos. Lo único que le gustaba del cuarto de baño era el madero suelto del rincón. Debajo escondía ejemplares de Scarlet Crime y Terror Tales.
—¡Arturo! ¡Que se te enfrían los huevos!
Huevos. Dios del universo, cuánto aborrecía los huevos.
Se habían enfriado, bueno, ¿y qué? No eran más fríos que los ojos de su padre, que le observó con atención cuando se sentó a la mesa. Se acordó entonces, una mirada le bastó para saber que su madre se había chivado. ¡Cielos, oh, cielos! ¡Que su propia madre le hubiera delatado! Bandini señaló con la cabeza la ventana de ocho vidrios que había en la otra punta de la estancia, faltaba un cristal y el hueco se había tapado con un trapo de cocina.
—Así que rompiste el cristal con la cabeza de tu hermano, ¿eh?
Fue excesivo para Federico. Volvió a verlo todo otra vez: Arturo cabreado, Arturo que lo empujaba contra la ventana, el ruido del vidrio al romperse. De pronto se echó a llorar. No había llorado por la noche, pero se había acordado ahora: la sangre que le manaba del pelo, su madre que le lavaba la herida y le decía que fuera valiente. Había sido espantoso. ¿Por qué no había llorado por la noche? No se acordaba, pero lloraba ahora y se frotaba los ojos con los nudillos para secarse las lágrimas.
—¡A ver si te callas! —le dijo Bandini.
—Si te tirasen de cabeza contra una ventana —dijo Federico entre sollozos—, verías como también llorabas tú.
Arturo no lo podía ni ver. ¿Por qué tenía que tener un hermano pequeño? ¿ Por qué había tenido que ponerse ante la ventana? ¡ Vaya gentuza aquellos Macarroni! Fíjate en el padre, anda. Mira cómo espachurra los huevos con el tenedor para que los demás sepan que está cabreado. ¡Mira cómo le chorrea la yema por la barbilla! Y por el bigote. Claro, como era un Espaguetini Macarroni se tenía que dejar bigote, pero ¿hacía falta que se metiese los huevos por las orejas? ¿Es que no sabía dónde tenía la boca? ¡Dios bendito, los italianos!
Pero Federico se había callado ya. El martirio de la noche anterior ya no le interesaba; había descubierto una miga de pan en su vaso de leche que le recordaba a un barco que surcase el océano; ruuuuuum, hacía el motor del barco, ruuuuuuum. Si el mar fuese de leche de verdad... ¿se podría coger helado en el Polo Norte? Ruuuuuum, ruuuuuuum. De pronto se puso a pensar otra vez en la noche anterior. Los ojos se le inundaron de lágrimas y comenzó a sollozar. ¡Pero la miga de pan se hundía! Ruuuuuum, ruuuuuum. ¡No te hundas, barquito, no te hundas! Bandini le miraba con fijeza.
—¡Por los clavos de Cristo! —exclamó——. ¿Quieres beberte la leche y dejar de hacer el indio?
Mencionar el nombre de Cristo tan a la ligera fue para María como un bofetón en la boca. Al casarse con Bandini no se le había ocurrido que fuese dado a las blasfemias. Nunca se había acostumbrado del todo. Aunque Bandini blasfemaba por cualquier cosa. Lo primero que había aprendido a decir en inglés había sido me cago en la hostia. Y estaba muy orgulloso de sus blasfemias. Cuando se enfadaba, se desahogaba siempre en dos idiomas.
—Bueno —dijo—, ¿por qué tiraste a tu hermano de cabeza contra la ventana?
—¿Y yo qué sé? —dijo Arturo—. Lo hice y ya está.
Los ojos de Bandini adquirieron un fulgor mortífero.
—Ah, ¿sí? ¿Y si yo te arranco la calamorra de un guantazo?
—Svevo —dijo María—. Svevo. Por favor.
—¿Qué te pasa a ti?
—Fue sin querer, Svevo —dijo la madre con una sonrisa—. Fue un accidente. Cosa de muchachos.
Soltó la servilleta de un golpe. Los dientes le rechinaron y se cogió el pelo con las dos manos. Y se puso a oscilar en la silla, adelante y atrás, adelante y atrás.
—¡Cosa de muchachos! —exclamó en son de burla—. El jodío cabrón estampa a su hermano contra la ventana ¡y es cosa de muchachos! ¿Y quién va a pagar el cristal? ¿Quién pagará la factura del médico cuando lo tire por un precipicio? ¿ Quién pagará al abogado cuando lo metan en la cárcel por matar a su hermano? ¡Tenemos un asesino en la familia! Oh Deo uta me! ¡Ayúdame, Señor!
María cabeceó sonriendo. Arturo curvó los labios y esbozó una sonrisa criminal: así que su padre estaba también en contra suya, incluso le acusaba ya de un asesinato. La cabeza de August se bamboleaba con tristeza, aunque estaba contento porque de mayor no sería un asesino como su hermano Arturo; si por él fuera, sería cura; a lo mejor tenía que administrar los últimos sacramentos a Arturo antes de que lo sentaran en la silla eléctrica. En cuanto a Federico, ya se veía muerto a manos de su colérico hermano, ya se veía en el entierro, echado en la caja; todos sus amigos de Santa Catalina estaban presentes, de rodillas y llorando; ¡era un espectáculo espantoso! Los ojos se le volvieron a humedecer y sollozó con amargura, preguntándose si se tomaría otro vaso de leche.
—Para Navidad, yo quiero una lancha motora —dijo. Bandini se le quedó mirando, estupefacto.
—Ni más ni menos que lo que esta familia necesita
—dijo. Hizo revolotear la lengua con sarcasmo—. ¿Tú quieres una motora de verdad, Federico? ¿Una que haga pat pat pat pat pat?
—~¡ Sí, sí, quiero una así! —exclamó Federico riéndose—. ¡Una que haga pátiti pátiti pat pat! —Ya estaba en ella, ya la conducía por la mesa de la cocina y por el Lago Azul, allá en lo alto de las montañas. La sonrisa despectiva de Bandini le obligó a parar el motor y echar el ancla. Se quedó callado e inmóvil. La sonrisa despectiva de Bandini le atravesaba de parte a parte. Federico quiso echarse a llorar otra vez, pero no se atrevió. Bajó los ojos hasta el vaso de leche vacío, vio un par de gotas en el fondo y las apuró con gran derroche de paciencia mientras dirigía a su padre una mirada furtiva por encima del vaso. He allí a Svevo Bandini: sonriéndole con desprecio. Federico notó que se le ponía la carne de gallina.
—Va, venga —murmuró acongojado—. Si no he hecho nada.
El silencio quedó roto. Todos se calmaron, hasta Bandini, que había prolongado la escena demasiado. Habló con serenidad.
—Nada de lanchas motoras, ¿ entendido? Nada de lanchas motoras.
¿Aquello era todo? Federico suspiró de alegría. Todo el rato había estado convencido de que su padre había descubierto que había sido él quien le había robado la calderilla de los pantalones de faena, quien había roto la farola de la esquina, quien había hecho en la pizarra aquel dibujo de la hermana Mary Constance, quien le había dado en un ojo a Stella Colombo con una bola de nieve y quien había escupido en la pila de agua bendita de la iglesia de Santa Catalina.
Y dijo con gran dulzura:
—No quiero una lancha, papá. Si no quieres que tenga una lancha, yo tampoco la quiero, papá.
Bandini asintió a su mujer con talante de quien se da a sí mismo la razón: así se educaba a los hijos, decía el cabeceo. Cuando quieras que un crío haga algo, mírale con fijeza; así es como se educa a un muchacho. Arturo arrebañó los restos del huevo y esbozó una sonrisita: vaya tarao que tenía por padre. Él sí sabía quién era Federico; él sí sabía lo cerdo y marrullero que era Federico; aquella carita de inocente no le engañaba a él ni por el forro, y de súbito deseó no haberle empotrado en la ventana la cabeza solamente, sino el cuerpo entero, cabeza, pies y todo.
—Cuando yo era pequeño —comenzó Bandini—. Cuando yo era pequeño, allá en el pueblo...
Federico y Arturo abandonaron la cocina en el acto. Estaban hartos de oír la misma historia. Sabían que por enésima vez iba a contar que ganaba cuatro chavos al día por cargarse pedruscos a la espalda, cuando era pequeño, allá en el pueblo, por cargarse pedruscos a la espalda, cuando era pequeño. Svevo Bandini caía en trance cuando contaba la anécdota. Era una especie de fantasía que borraba y confundía a Helmer el banquero, los agujeros de los zapatos, la casa que no había pagado y los hijos que había que alimentar. Cuando yo era pequeño: delirio, fantasía. El paso de los, años, la travesía de un océano, la acumulación de bocas que alimentar, el ir de problema en problema, año tras año, era algo de lo que por otra parte se podía alardear, como el acopio de una gran fortuna. Con ello no podía comprarse un par de zapatos, pero eran cosas que le habían sucedido a él. Cuando yo era pequeño... María, atenta una vez más, se preguntó por qué lo decía siempre de aquel modo, aludiendo a los años transcurridos, envejeciéndose él solo.
Llegó una carta de Donna Toscana, la madre de María. Donna Toscana, la de la lengua roja y grande, aunque no lo bastante grande para contener el flujo de saliva rabiosa que se le originaba al pensar en el matrimonio de su hija con Svevo Bandini. María miró y remiró la carta por todas partes. El cierre chorreaba pegamento por donde la lengua gorda de Donna Toscana lo había empapado. María Toscana, Walnut Street 456, Rocklin, Colorado, porque Donna se negaba a utilizar el nombre de casada de la hija. La letra grande y bárbara habría podido confundirse con el rastro del pico ensangrentado de un halcón, con la caligrafía de una campesina que acabase de rebanarle el pescuezo a una cabra. María no abrió la carta; conocía el contenido.
Llegó Bandini del patio trasero. Llevaba en las manos un buen pedazo de carbón lustroso. Lo dejó en el cubo del carbón que estaba detrás de la estufa. Tenía las manos cubiertas de polvillo negro. Arrugó la frente; le daba asco transportar carbón; era faena de mujeres. Miró irritado a María. Ésta le indicó con la cabeza la carta apoyada en el salero astillado que había sobre el mantel de hule amarillo. La caligrafía gruesa de la suegra se retorció ante sus ojos igual que un reguero de lombrices. Odiaba a Donna Toscana con una violencia que rayaba en el miedo. Cada vez que se veían se peleaban como dos fieras de sexo opuesto. Le gustó asir aquella carta con sus manos ennegrecidas y mugrientas. Disfrutó rasgando el sobre con rabia, sin ningún miramiento para con el contenido. Antes de leer la carta observó a su mujer con ojos penetrantes para que supiera una vez más lo mucho que despreciaba a la mujer que la había traído al mundo. María se sintió impotente; aquella enemistad no era asunto suyo, durante toda su vida de casada se había esforzado por no pensar en ella, y habría roto la carta si Bandini no le hubiera prohibido incluso que abriese las misivas de su madre. Svevo Bandini obtenía un placer morboso con las cartas de su suegra que aterraba a María totalmente; había algo perverso y nauseabundo en ello, como mirar debajo de una piedra húmeda. Era el placer malsano del mártir, de un hombre que disfrutaba de un modo peregrino crucificando a una suegra que se alegraba de la desdicha de aquél ahora que pasaba una mala época. A Bandini le encantaba aquel acoso porque le suscitaba un deseo violento de estar borracho. Pocas veces bebía demasiado porque le sentaba mal, pero una carta de Donna Toscana le producía un efecto obnubilador. Era una excusa que recomendaba buscar el olvido, porque cuando estaba borracho odiaba a su madre política hasta babear de histeria, y era capaz de olvidar, era capaz de olvidar la casa que aún no había pagado, las facturas, la aplastante monotonía del matrimonio. Significaba huir: un día, dos días, una semana de trance: y María alcanzaba a recordar momentos en que la borrachera había durado dos semanas. No había forma de ocultarle las cartas. Las recibían de uvas a peras, pero sólo significaban una cosa: que Donna Toscana quería pasar con ellos una tarde. Si se presentaba sin haber visto la carta, Bandini sabía que se la había ocultado su mujer. La última vez que había sucedido, Svevo había perdido la paciencia y había dado a Arturo una somanta monstruosa por poner demasiada sal a los macarrones, falta ridícula y que, por supuesto, habría pasado inadvertida en circunstancias normales. Pero se le había ocultado la carta y alguien tenía que pagarlo.
Aquella última misiva llevaba fecha de la víspera, 8 de diciembre, día de la Inmaculada Concepción. Mientras Bandini leía el escrito, la carne de la cara se le puso pálida y la sangre le desapareció como el agua del reflujo que chupa la arena. La carta decía:
Querida María:
Hoy es la gloriosa festividad de la Bendita Virgen María y he ido a la iglesia para rezar por tus desgracias. No sabes cuánto sufro por ti y por tus pobres hijos, que tienen que padecer la situación trágica en que vives. He pedido a Nuestra Señora que tenga compasión de ti y que lleve un poco de alegría a esos pequeñuelos que no merecen lo que les ha caído encima. Estaré en Rocklin el domingo por la tarde, llegaré en el autobús de las ocho. Todo mi amor y muchos besos cariñosos para ti y los niños.
DONNA TOSCANA
Sin mirar a su mujer, Bandini dejó la carta y comenzó a comerse la uña de un pulgar, ya encolerizado. Se tiró del labio inferior con los dedos. La rabia empezó a concentrarse a cierta de distancia de él. María la sentía brotar de los rincones de la estancia, de las paredes y el suelo, un husmo que se arremolinaba con independencia absoluta y que nada tenía que ver con ella. Se arregló la blusa para no pensar en aquello. Dijo con voz desmayada:
—Svevo...
Éste se incorporó, le hizo una mamola, esbozó una sonrisa de malignidad para decirle que aquella exhibición de afecto no era sincera y salió de la estancia.
—¡Ay, María! -canturreó con voz exenta de melodía, pues sólo el odio le podía arrancar de la garganta una canción de amor—. ¡Ay, María! ¡Ay, María! Quanto sonna perdato per te! Fa me doime! Fa me dor me! ¡María, oh, María! ¡Cuánto sueño perdido por tu causa! ¡Déjame dormir, oh María!
No había forma de que callara. Escuchó las delgadas suelas del calzado del marido que chacoloteaban contra el suelo como gotas de agua que cayesen sobre una estufa. Oyó el rumor de su abrigo remendado y zurcido mientras se lo ponía. Después unos segundos de silencio, hasta que oyó la rascadura de una cerilla, y supo que Svevo había encendido un puro. La violencia de Svevo era superior a sus fuerzas. Si se entrometía, Svevo podía sentir la tentación de derribarla de un golpe. Contuvo el aliento cuando los pasos del marido se acercaron a la puerta principal: había un paño de vidrio en aquella puerta principal. Pero no: la cerró con normalidad y se alejó. Momentos después se reuniría con su buen amigo Rocco Saccone, el cantero, el único ser humano al que ella despreciaba de verdad. Rocco Saccone, el amigo de infancia de Svevo Bandini, el soltero chupawhisky que había tratado de impedir el matrimonio de Bandini; Rocco Saccone, que llevaba siempre pantalones blancos de franela y se jactaba de un modo que daba asco de las casadas norteamericanas que seducía los sábados por la noche en los bailes antiguos que se celebraban en el Odd Fellows Hall. En Svevo confiaba. Empinaría el codo hasta que el encéfalo le flotase en un océano de whisky, pero no le sería infiel. Lo sabía. ¿Lo sería ella, no obstante? Con sobresalto reprimido se dejó caer en la silla que había junto a la mesa y se echó a llorar con la cara oculta entre las manos.
2
E R A N las tres menos cuarto en la clase de octavo de Santa Catalina. La hermana Mary Celia, a quien le hacía daño el ojo de vidrio, estaba de un humor muy irritable. El párpado izquierdo, totalmente fuera de control, no hacía más que contraérsele. Los alumnos de octavo curso, once chicos y nueve chicas, contemplaban el párpado contráctil. Las tres menos cuarto: quince minutos para la salida. Nellie Doyle, con la fina tela del vestido capturada por la pinza de los glúteos, recitaba los efectos económicos de la desmotadora de algodón de Eli Whitney, y dos de los chicos que tenía detrás, Jim Lacey y Eddie Holm, se lo pasaban en grande, aunque sin hacer ruido, riéndose a costa del vestido capturado por los glúteos de Nellie. Se les había dicho una y mil veces que vigilasen por si el párpado que cubría el ojo de cristal de la anciana Celia empezaba a sufrir sacudidas, pero era mucho más interesante mirar a Doyle.
—La desmotadora de Eli Whitney provocó una revolución económica sin precedentes en la historia de la industria algodonera —decía Nellie.
La hermana Mary Celia se puso en pie.
— ¡Holm y Lacey! —exigió—. ¡Levantaos!
Nellie se sentó sin saber qué sucedía y los das muchachos se incorporaron. Las rodillas de Lacey crujieron, la clase se rió por lo bajo, Lacey esbozó una sonrisa y acto seguido se ruborizó. Tosió Holm mientras, con la cabeza gacha, observaba los caracteres de la marca de su lápiz. Era la primera vez que leía la inscripción y se quedó más bien sorprendido al advertir que no decía más que Fábrica de Lápices Walter.
—Holm y Lacey —dijo la hermana Celia—. Estoy harta de los tontos que sonríen en mi clase. ¡Sentaos! —Se dirigió entonces a toda la clase, aunque hablaba en realidad para los chicos solamente, ya que las chicas casi nunca le creaban problemas—. Y al próximo sinvergüenza que coja distraído durante la lectura se quedará hasta las seis. Adelante, Nellie.
Nellie volvió a levantarse. Lacey y Holm, asombrados de haberse librado con tanta facilidad, se quedaron con la cabeza vuelta hacia el otro extremo de la clase, temerosos de que les entrara otro ataque de risa si el vestido de Nellie seguía enganchado.
—La desmotadora de Eli Whitney provocó una revolución económica sin precedentes en la historia de la industria algodonera —dijo Nellie.
Lacey habló entre susurros con el alumno que tenía delante.
—Oye, Holm. Mira a ver qué hace el Bandini.
Arturo se encontraba en el otro extremo de la clase, a tres pupitres de la mesa de la monja. Tenía gacha la cabeza, el pecho pegado al pupitre, y apoyado en el tintero había un pequeño espejo de mano en que se miraba mientras se recorría la nariz con la punta de un lápiz. Se estaba contando las pecas. La noche anterior había dormido con la cara cubierta de zumo de limón; se decía que era fabuloso para quitar las pecas. Contaba noventa y tres, noventa y cuatro, noventa y cinco... Le embargaba la sensación de que la vida era inútil. Fíjate, lo más crudo del invierno, el sol que sólo se dejaba ver durante un momento a la caída de la tarde, y el cómputo en torno de la nariz y en las mejillas había añadido otras nueve a unas pecas que en total sumaban ya noventa y cinco. ¿Qué sentido tenía vivir? Y eso que la noche de la víspera se había puesto zumo de limón. ¿Quién era aquella embustera que en las Noticias Locales del Denver Post de la víspera había escrito que las pecas «se iban como el viento» con el zumo de limón? Ya era una desgracia ser pecoso, pero, por lo que sabía, él era el único Macarroni pecoso que había en el mundo. ¿De dónde procedían? ¿De qué rama de la familia había heredado aquellas marcas cobrizas de Caín? Malhumorado, se puso a contar alrededor de la oreja izquierda. Oía a lo lejos el tímido informe sobre las repercusiones económicas de la desmotadora de Eli Whitney. Era Josephine Perlotta, que recitaba de memoria: ¿a quién diantres le importaba lo que Perlotta tuviese que decir sobre la desmotadora? Era una Espaguetini, ¿qué sabía ella de desmotadoras? En junio, gracias a Dios, saldría de aquella aburrida escuela católica y se matricularía en una escuela nacional de segunda enseñanza, donde los Macarronis eran pocos y estaban muy repartidos. Las pecas de la oreja izquierda sumaban diecisiete, dos más que la víspera. ¡Pecas de la hostia! Ahora era otra voz la que hablaba sobre la desmotadora, una voz parecida a un violín delicado, que le hizo vibrar la carne y contener el aliento. Dejó el lápiz y abrió la boca. Hela allí ante él, su hermosa Rosa Pinelli, su amor, su novia. ¡Oh, desmotadora de algodón! ¡Oh, benemérito Eli Whitney! Oh Rosa, qué maravillosa eres. Te amo, Rosa, te amo, te amo, te amo.
Era italiana, por supuesto; pero ¿qué podía hacer ella? ¿No era tan inocente de ello como él? ¡Oh, fíjate en su pelo! ¡Y en los hombros! ¡Y en el bonito vestido verde! ¡Ah, escuchad esa voz! háblales, Rosa. Háblales de la desmotadora. Sé que me detestas, Rosa. Pero yo te amo, Rosa. Te amo y algún día me verás de centrocampista con los Yanquis de Nueva York, Rosa. Allí estaré, en el campo central, cariño, y tú serás mi chica y estarás sentada en un asiento de palco junto a la tercera base, y llegaré yo, estaremos en la segunda mitad de la novena vuelta y los Yanquis perderán por tres carreras. ¡Pero no te preocupes, Rosa! Llegaré yo, con tres hombres en base, y te miraré, tú me enviarás un beso y yo reventaré el huevo contra la valla del campo central. Pasaré a la historia, cariño. ¡Me besarás y pasaré a la historia!
—¡Arturo Bandini!
Además, ya no tendré pecas por entonces, Rosa. Habrán desaparecido, siempre se van cuando se crece.
—¡Arturo Bandini!
También me cambiaré el nombre, Rosa. Me llamarán el Bombardero, el Bambino Bombardero; Art, el Bandido Bateador...
—¡Arturo Bandini!
Aquella vez sí lo oyó. El rugido de la multitud que asistía a la final de la liga se desvaneció. Alzó los ojos y vio a la hermana Mary Celia inclinada sobre su mesa, golpeando ésta con el puño y con el ojo izquierdo deshecho en guiños. Le estaban mirando, todos le miraban, hasta su Rosa se reía de él y el estómago se le fue a los tobillos cuando se dio cuenta de que había estado hablando de sus fantasías en voz alta. Que los demás se rieran si querían, pero Rosa... ah, Rosa, y su risa era más punzante que todas las demás, sintió el dolor en las entrañas y la odió: Espaguetina, hija de un minero Macarroni que trabajaba en Louisville, ciudad de Canelonis: un minero de mierda. Salvatore se llamaba; Salvatore Pinelli, tan bajo y arrastrado que tenía que trabajar en una mina de carbón. ¿Acaso sabía construir una pared que durase años y más años, cien, doscientos años? ¡Vamos, hombre! El Caneloni tenía un zapapico y un candil en la gorra, y tenía que descender bajo tierra y ganarse la vida como una asquerosa rata Caneloni. Él se llamaba Arturo Bandini y si alguno de la escuela tenía algo que decir, que abriese la boca y vería lo que es bueno.
—¡Arturo Bandini!
—Sí —dijo con voz cansina—. Sí, hermana Celia. La oigo. —Se puso en pie. La clase le observaba. Rosa murmuró algo a la chica que tenía detrás, ocultando la sonrisa con una mano. Arturo vio el movimiento e hizo amago de darle un grito, pensando que había hecho algún comentario sobre sus pecas, o sobre el enorme remiendo de la rodillera de sus pantalones, o sobre el corte de pelo que le hacía falta, o sobre la camisa que a su padre no le quedaba bien y a la que habían entrado para adaptarla a su talla.
—Bandini —dijo sor Celia—. A mí no me cabe la menor duda de que eres un retrasado mental. Ya te advertí a propósito de distraerte. Una imbecilidad como la tuya merece recompensa. Después de clase te quedarás hasta las seis.
Volvió a sentarse y el timbre de las tres resonó histéricamente por los pasillos.
Estaba solo con la hermana Celia que corregía deberes en su mesa. La monja trabajaba sin reparar en él, el párpado izquierdo presa de contracciones incontenibles. El sol, pálido y achacoso, apareció por el suroeste, aunque en la tarde invernal parecía más bien una luna fatigada. Apoyaba la barbilla en una mano mientras contemplaba el sol frío. Del otro lado de la ventana, la hilera de abetos parecía más fría aún bajo su triste carga blanquecina. En algún punto de la calle sonó un grito juvenil y luego el rechinar de unas cadenas antinieve. Odiaba el invierno. Pensó en el rombo del campo de béisbol de detrás de la escuela, sepultado por la nieve, la valla que había tras la base del bateador engalanada con una fantástica hinchazón de copos, una escena llena de tristeza y soledad. ¿ Qué podía hacerse allí en invierno? Casi le alegraba estar allí, sometido a un castigo que le divertía. A fin de cuentas, encontrarse allí no era peor que encontrarse en cualquier otro sitio.
—¿Quiere que haga algo, hermana? —preguntó.
Sin levantar los ojos de lo que hacía, le respondió la monja:
—Quiero que te estés quieto y callado; si es posible.
El muchacho sonrió y dijo arrastrando las palabras:
—Vale, vale, hermana.
Durante diez minutos seguidos estuvieron quietos y en silencio
—Hermana —dijo Arturo—, ¿quiere que limpie las pizarras?
—Ya pagamos a un mozo para que lo haga —dijo la monja—. Aunque debiera decir que más que darle un jornal lo tratamos a cuerpo de rey.
—Hermana, ¿le gusta el béisbol?
—Prefiero el rugby —dijo la monja—. No me es simpático eh béisbol. Me aburre.
—Eso es porque no entiende los aspectos más sutiles del juego.
—Calla de una vez, Bandini, hazme el favor.
Cambió el muchacho de postura, apoyó la barbilla en los brazos y se quedó mirando a la monja con fijeza. El párpado izquierdo se le contraía sin parar. Se preguntó por qué tendría un ojo de cristal. Siempre había pensado que alguien le había golpeado con una pelota de béisbol; ahora estaba casi totalmente seguro. La monja había llegado a Santa Catalina procedente de Fort Dodge, Iowa. Se preguntó qué clase de béisbol jugarían en Iowa y si habría allí muchos italianos.
—¿Cómo está tu madre? —le preguntó la monja.
—No lo sé. Bien, supongo.
La monja levantó la cara de lo que hacía por vez primera y se le quedó mirando.
—¿Cómo que lo supones? ¿No lo sabes acaso? Tu madre es una persona muy buena, una persona excelente. Tiene alma de ángel.
Por lo que sabía, él y sus hermanos eran los únicos que estudiaban gratis en aquel colegio católico. Sólo había que abonar dos dólares al mes por alumno, pero ello equivalía a seis dólares mensuales por él y sus hermanos y no se pagaba el recibo. La sensación de que los demás pagaban y él no era una distinción que le atormentaba lo indecible. De tarde en tarde, su madre metía un par de dólares en un sobre y le decía que se los entregara a la Hermana Superiora, a cuenta. Lo cual era aún más detestable si cabe. Siempre se negaba con irritación. A August, sin embargo, no le importaba entregar aquellos sobres excepcionales; antes bien, esperaba ansioso la ocasión. Odiaba a August por ello, por sacar a relucir su pobreza, por la complacencia que sentía al recordar a las monjas que ellos eran pobres. En cualquier caso nunca había querido ir a un colegio de monjas. Lo único que lo hacía soportable era el béisbol. Cuando la hermana Celia le dijo que su madre era una persona excelente, se dio cuenta de que quería decir que era una persona valiente que se sacrificaba y se privaba del contenido de aquellos pequeños sobres. Aunque, a su modo de ver las cosas, no había ninguna valentía en el gesto. Era más bien algo horrible y odioso que les diferenciaba de los demás a él y a sus hermanos. No sabía muy bien la causa, pero era innegable la existencia de aquella sensación personal de que el detalle les diferenciaba del resto. En cierto modo formaba parte de la misma ley que había decretado que tuviera pecas, que necesitase un corte de pelo, que llevase un remiendo en la rodilla y que fuera italiano.
—¿Va tu padre a misa los domingos, Arturo?
—Claro.
Se le formó un nudo en la garganta. ¿Por qué tenía que mentir? Su padre sólo iba a misa el día de Navidad por la mañana y, a veces, el Domingo de Resurrección. Pero, mentira o no, le gustaba que su padre no se tomara las misas en serio. Ignoraba por qué, pero le complacía. Recordó lo que había dicho su padre. Había dicho Svevo: si Dios está en todas partes, ¿por qué tengo que ir yo a la iglesia. los domingos? ¿Por qué no puedo ir a los Billares Imperial? ¿No está Dios también allí? Su madre siempre se estremecía de horror ante aquella lección de teología y recordaba la contestación insustancial que había dado, la misma contestación que él había leído en su catecismo y que su madre había leído en el mismo catecismo años atrás. Era nuestro deber de cristianos, decía el catecismo. La verdad es que él iba a misa unas veces y otras veces no iba. Las veces que no iba, se apoderaba de él un miedo tremendo, y se sentía asustado y triste hasta que se desahogaba en el confesionario.
A las cuatro y media la hermana Celia acabó de corregirlos deberes. Arturo estaba aburrido, cansado y ardía en deseos de hacer cualquier cosa, lo que fuera. El aula estaba ya casi a oscuras. La luna se había asomado entre titubeos por el monótono cielo oriental y resplandecería con toda su blancura si conseguía liberarse. El aula le puso melancólico, sumida en aquella penumbra. Era una clase ideal para que las monjas entraran, calzadas con zapatos gruesos y silenciosos. Los pupitres vacíos hablaban con tristeza de los niños que se habían marchado y hasta el suyo parecía compadecerse porque con cordial intimidad le decía que se fuese a casa para poder estar solo con sus compañeros. Arañado y marcado con sus iniciales, sucio y manchado de tinta, el pupitre estaba tan harto de él como él del pupitre. En el presente casi se odiaban, aunque se daban grandes muestras de tolerancia.
Sor Celia se puso en pie mientras recogía los papeles.
—A las cinco podrás irte —le dijo—. Pero con una condición...
La apatía de Arturo dio paso a un poco de curiosidad por aquella condición. Repantingado y con las piernas abrazadas al pupitre, no tuvo más remedio que tragarse el fastidio que sentía.
—Quiero que cuando salgas a las cinco te arrodilles ante el Santísimo Sacramento y le pidas a la Virgen María que bendiga a tu madre y le conceda toda la felicidad que merece la pobrecita.
Se marchó entonces. La pobrecita. Su madre, la pobrecita. Aquello le produjo tanta rabia que los ojos se le humedecieron. En todas partes era igual, siempre su madre, la pobrecita, siempre pobre, pobre siempre, siempre aquello, aquella palabra, siempre con él y alrededor de él, y de súbito dejó de contenerse en la clase medio a oscuras y se puso a llorar, a exorcizar la pobreza con los sollozos, y lloraba y se ahogaba, aunque no por aquello, no por ella, no por su madre, sino por Svevo Bandini, por su padre, por la cara que tenía siempre su padre, por las manos nudosas de su padre, por las herramientas de su padre, por las paredes que había construido su padre, las escaleras, las comisas, las chimeneas y las catedrales, todo sublime y hermoso, pues no le embargaba otra sensación cuando su padre se deshacía en elogios de Italia, de cierto cielo italiano, de cierta bahía de Nápoles.
A las cinco menos cuarto se le había pasado la tristeza. El aula estaba casi totalmente a oscuras. Se pasó la manga por la nariz y experimentó un brote de alegría en el corazón, un sentimiento de bienestar, un sosiego que hizo que los quince minutos que faltaban se pasasen volando. Quiso encender las luces, pero la casa de Rosa estaba junto al descampado del otro lado de la calle y desde el soportal trasero se veían las ventanas de la escuela. La muchacha podía ver la luz encendida y recordar que él se encontraba todavía en el aula.
Rosa, su novia. Ella no le podía ni ver, pero era su novia. ¿Sabía que la amaba? ¿Por eso le odiaba ella? ¿Descifraba los misterios que le corrían a él por dentro y por eso se reía de él? Fue hasta la ventana y vio luz en la cocina de la casa de Rosa. En algún punto, bañada por aquella luz, Rosa se movía y respiraba. Tal vez estuviera estudiando la lección en aquellos momentos, porque Rosa era muy aplicada y obtenía las mejores notas de la clase.
Se apartó de la ventana, se encaminó hacia el pupitre de ella. No había otro igual en el aula: era más limpio, más femenino, la superficie estaba más brillante y mejor barnizada. Se sentó en el asiento de ella y la sensación le produjo un estremecimiento. Palpó la madera, el interior del pequeño anaquel donde ponía ella los libros. Los dedos encontraron un lápiz. Lo observó de cerca: estaba ligeramente señalado por los dientes de Rosa. Lo besó. Besó los libros que había en el pupitre, todos ellos preciosamente forrados con hule blanco y perfumado.
A las cinco en punto, desfallecido de amor y desgranando con los labios un incesante Rosa, Rosa, Rosa, bajó las escaleras y salió al atardecer invernal. La iglesia de Santa Catalina estaba al lado del colegio. ¡Rosa, te amo!
Anduvo en trance por el lóbrego pasillo central, el agua bendita enfriándole aún la punta de los dedos y la frente, los pies despertando rumores en el coro, el aroma del incienso, el aroma de mil entierros y mil bautizos, el olor dulzarrón de la muerte y el olor agrio de los vivos mezclándosele bajo las aletas de la nariz, el resuello apagado de las velas encendidas, su propio eco mientras avanzaba de puntillas por la larga nave, y Rosa en su corazón.
Se arrodilló ante el Santísimo Sacramento y se esforzó por rezar como le habían dicho, pero la cabeza le temblaba y flotaba en el delirio del nombre de la muchacha, y de pronto se dio cuenta de que estaba cometiendo un pecado, un pecado gordo y horrible en presencia del Santísimo Sacramento porque pensaba en Rosa con malas intenciones, pensaba en ella de un modo que prohibía el catecismo. Cerró los ojos con fuerza y trató de ahuyentar al mal, pero volvió con energía redoblada y en la cabeza se le formó una imagen de pecaminosidad sin precedentes, un pensamiento que no había tenido hasta entonces en toda su vida y abrió la boca no sólo a causa del horror que le producía el encontrarse ante Dios con el alma desnuda, sino también a causa del éxtasis asombroso que le producía la imagen. Era intolerable. Podía morir por ello: Dios podía fulminarle allí mismo en el acto. Se levantó, se santiguó y salió corriendo de la iglesia, aterrado, el pensamiento pecaminoso persiguiéndole como dotado de alas. Cuando llegó a la calle helada se asombró de seguir vivo, porque la fuga por la nave larga por la que tantos muertos habían desfilado se le había antojado infinita. No quedaba rastro en su cabeza del mal pensamiento cuando se encontró en la calle y contempló las primeras estrellas del anochecer. Hacía demasiado frío. Se puso a tiritar inmediatamente, porque aunque llevaba tres jerseys no tenía abrigo ni guantes, y tuvo que dar palmadas para mantener calientes las manos. Había dado un rodeo de una manzana, pero es que quería pasar unte la casa de Rosa. La casa de los Pinelli, de un solo piso, se acurrucaba bajo los álamos a veinticinco metros de la acera. Las persianas de las dos ventanas delanteras estaban echadas. En pie en el sendero que conducía a ella, con los brazos cruzados y las manos en las axilas para mantenerlas calientes, buscó con los ojos algún signo de Rosa, su perfil en el momento de pasar ante alguna ventana. Golpeó el suelo con los pies, de la boca le surgían nubecillas blancas. Ni rastro de Rosa. Entonces la cara helada a los montones de nieve que bordeaban el sendero y observó con atención una huella pequeña de muchacha. Era de Rosa, ¿de quién, si no de Rosa, en aquel patio? Sus dedos helados escarbaron la nieve que rodeaba la huella, la alzó del suelo con ambas manos y se la llevó consigo por la calle...
Al llegar a casa vio que sus dos hermanos estaban cenando en la cocina. Otra vez huevos. Los labios se he arrugaron mientras se calentaba las manos junto a la estufa. La boca de August estaba llena de pan cuando la abrió para hablar.
—Arturo, ya he traído yo la leña. A ti te tocará traer el carbón.
—¿Dónde está mamá?
—En la cama —dijo Federico—. Va a venir la abuela Donna.
—¿Está ya borracho papá?
—No está en casa.
—¿Por qué va a venir la abuela Donna? —dijo Federico—. Papá se emborracha siempre.
—¡Esa vieja pelleja! —dijo Arturo.
A Federico le encantaban las palabras malsonantes. Se echó a reír.
—Vieja pelleja y zorra —dijo.
—Eso es pecado —dijo August—. Dos pecados.
Arturo sonrió con desprecio.
—¿Por qué dos pecados?
—Uno por decir palabras feas, otro por no honrar a tu padre y a tu madre.
—La abuela Donna no es mi madre.
—Es tu abuela.
—Pues que le den por el culo.
—Eso también es pecado.
—Cierra la bocaza de una vez.
Cuando sintió que las manos le hormigueaban, cogió el cubo grande y el cubo pequeño que había detrás de la estufa y abrió la puerta trasera de un puntapié. Balanceando con cuidado los dos cubos, recorrió el trecho breve y seguro que le separaba de la carbonera. Quedaba ya poco carbón. Aquello significaba que su madre recibiría una buena bronca de Bandini, que no comprendía que se pudiera gastar tanto carbón. Estaba al tanto de que la Big 4 Coal Company se había negado a seguir dando crédito a su padre. Llenó los cubos y pensó con admiración en la habilidad que tenía su padre para conseguir cosas sin dinero. No le extrañaba que se emborrachase. También él se emborracharía si estuviese obligado a comprar cosas sin disponer de dinero.
El ruido del carbón al golpear el metal de los cubos despertó a las gallinas de María en el cobertizo que había del otro lado del sendero. Se movieron con torpeza soñolienta por el sector húmedo y bañado por la luz de la luna y boquearon hambrientas al muchacho, que seguía inclinado en la puerta de la carbonera. Le saludaron cloqueando, con la testa ridícula empotrada en los agujeros de la tela metálica del gallinero. Las oyó el chico, que se incorporó y se las quedó mirando con desprecio.
—Huevos —dijo—. Huevos para desayunar, huevos para comer, huevos para cenar.
Cogió un pedazo de carbón del tamaño de su puño, se echó atrás y calculó la distancia. El pedazo estuvo a punto de segar la cabeza a la vieja gallina parda que tenía más próxima, pero le rebotó en el cuello y se perdió en la parte de los pollos. El animal se tambaleó, se desplomó, se incorporó con debilidad y volvió a desplomarse mientras los demás cacareaban de pánico y desaparecían en los penetrales del gallinero. La vieja gallina parda estaba otra vez en pie y bailoteaba aturdida en la parte nevada del corral, trazando un extraño dibujo zigzagueante y rojo en la superficie de la nieve. Murió despacio, arrastrando la cabeza ensangrentada hasta un montón de nieve que subía hacia lo alto de la valla. Contempló la agonía del animal con satisfacción e indiferencia. Cuando aquél se estremeció por vez postrera, Arturo emitió un gruñido y llevó los cubos cargados a la cocina. Un momento después volvía para recoger a la gallina muerta.
—¿Por qué lo has hecho? —dijo August—. Es pecado.
—Cierra el pico —le dijo Arturo, enseñándole el puño.
3
M A R Í A estaba enferma. Federico y August entraron de puntillas en el oscuro dormitorio en que estaba la madre, congelado por el invierno, caldeado por el perfume de los objetos que había en el tocador, el olor tenue del pelo de la madre inundándolo todo, el olor fuerte de Bandini, de sus ropas, también presente en cierto modo en la habitación. María abrió los ojos. Federico estaba a punto de sollozar. August parecía aturdido.
—Tenemos hambre —dijo—. ¿Dónde te duele?
—Me levantaré —dijo la madre.
Oyeron el crujido de sus articulaciones, vieron que la sangre -le hacía retroceder la palidez de la cara, sintieron la hedentina que le desprendía la boca y la desdicha que la envolvía a toda ella. August no lo podía soportar. De pronto se dio cuenta de que su propio aliento tenía aquel mismo sabor rancio.
—¿Dónde te duele, mamá?
Dijo Federico:
—Joder, ¿por qué tiene que venir la abuela Donna a esta casa?
La madre se incorporó, vencida por el deseo de vomitar. Apretó los dientes con fuerza para contener una basca repentina. Siempre se había encontrado indispuesta, pero la suya era siempre una enfermedad sin síntomas, un dolor sin sangre ni magulladuras. El cuarto daba vueltas por culpa de la postración de la madre. Los dos hermanos sintieron el mismo deseo de huir a la cocina, donde había luz y calor. Se marcharon con sensación de culpa.
Arturo estaba con los pies apoyados en los troncos que había sobre la estufa. La gallina muerta yacía en un rincón, un reguero rojo le manaba del pico. Cuando entró María, la miró sin inmutarse. Arturo observaba a Federico y a August, que observaba a la madre. Les desilusionó que no se hubiera enfadado al ver la gallina muerta.
—Todo el mundo a bañarse después de cenar -dijo la madre—. Mañana viene la abuela.
Los hermanos se deshicieron en quejas y gemidos. No había bañera. Bañarse significaba meterse en una tina de lavar, allí mismo, en la cocina, y recibir cubos de agua, sinsabor que Arturo contemplaba con odio en aumento, puesto que estaba creciendo y ya no podía moverse en la tina con libertad.
Svevo Bandini no había hecho más que repetir durante más de catorce años que iba a instalar una bañera. María recordaba el día en que había entrado por primera vez en aquella casa en compañía del marido. Cuando éste le enseñó lo que hiperbólicamente calificó de cuarto de baño, se cuidó de añadir a continuación que la semana siguiente haría poner una bañera. Seguía diciendo lo mismo después de catorce años.
—La semana que viene —decía— me encargaré de la bañera.
La promesa se había convertido en tradición familiar. Los chicos se divertían con ella. Todos los años le preguntaban Arturo o Federico: «Papá, ¿cuándo tendremos bañera?» y Bandini respondía con resolución tajante: «La semana que viene», o bien: «A principios de semana».
Cuando los muchachos se echaban a reír por oírle decir siempre lo mismo, el padre se les quedaba mirando, ordenaba silencio y exclamaba: «¿Qué coño os hace tanta gracia?». Hasta él gruñía y maldecía a la tina de lavar de la cocina cada vez que se bañaba. Los chicos le oían echar pestes contra la suerte que había tenido en la vida, entre violentas manifestaciones.
—¡La semana que viene, juro por Dios que la semana que viene!
María preparaba la gallina para la cena cuando Federico exclamó:
—¡El muslo para mí! —y desapareció tras la estufa con una navaja. Acuclillado sobre la caja de madera de la hornija, se puso a esculpir barcos con los que jugar mientras se bañaba. Talló y amontonó una docena de barcos, grandes y pequeños, madera de sobra ciertamente para llenar la tina hasta la mitad, por no hablar ya del agua que su cuerpo desplazaría. Pero cuantos más mejor: así podría organizar una batalla naval, aunque tuviera que sentarse encima de algún barco.
August estaba encogido en un rincón, estudiando la liturgia en latín que tenían que saber los monaguillos cuando ayudaban a celebrar misa. El padre Andrew le había regalado el devocionario como premio por la notable piedad que manifestaba durante el Santo Sacrificio, piedad que era un triunfo de la pura resistencia física, porque mientras que Arturo, que también era monago, cambiaba siempre de pierna mientras permanecía arrodillado durante los largos servicios de las misas cantadas, o se rascaba, o bostezaba, o se olvidaba de responder a las palabras del sacerdote, August no caía jamás en tamañas impiedades. A decir verdad, August estaba orgullosísimo del récord más o menos oficial que ostentaba en la Asociación de Monaguillos. Por ejemplo: podía permanecer arrodillado y erecto con las manos cruzadas con devoción durante más tiempo que los demás acólitos. Los otros monaguillos admitían sin ambages la superioridad de August en este apartado y ninguno de los cuarenta miembros de la organización estaba interesado en rivalizar con él. Que su resistencia rotuliana, a prueba de reclinatorio, no encontrase con quién contender, incomodaba con frecuencia al campeón.
Aquel fabuloso despliegue de piedad, aquel dominio magistral del arte de ayudar a decir misa, era para María una fuente inagotable de satisfacciones. Cada vez que las monjas o los miembros de la parroquia hablaban de la aptitud ceremonial de August, se le inundaba el alma de felicidad. Jamás faltaba a las misas dominicales en que ayudaba August. Arrodillada en el banco delantero, a los pies del altar mayor, la imagen de su hijo mediano con la sotana y la sobrepelliz la hacía temblar de gozo. El revoloteo de las vestiduras cuando se movía, la exactitud de sus ademanes, el silencio de sus pasos sobre la muelle alfombra roja componían un ensueño, un delirio, un paraíso en la tierra. August sería sacerdote algún día; todo lo demás carecía de sentido; ella sufriría y sería una esclava, se moriría una y mil veces, pero su seno habría dado al Señor un sacerdote, un sacerdote que la santificaría a ella, una elegida, madre de un sacerdote, miembro de la gran familia de la Bienaventurada Virgen María...
Bandini pensaba de otro modo. August era muy piadoso y quería ser cura; bueno. Pero chi copro! Mierda negra y jodía, ya arreglaría él aquello. El que sus hijos fueran monaguillos le procuraba más diversión que alborozo espiritual. Las raras ocasiones en que iba a misa y los veía, por lo general el día de Navidad por la mañana, cuando la imponente ceremonia católica alcanzaba su cota más compleja, no podía por menos de reírse por lo bajo al ver a sus tres hijos desfilar por la nave central en procesión solemne. No los veía entonces como a niños consagrados, recubiertos de encajes caros y en comunión profunda con el Todopoderoso; aquella indumentaria por el contrario subrayaba el contraste y él se limitaba a verlos con mayor lucidez, como realmente eran, y no sólo a ellos sino también a los demás muchachos: críos irreverentes y salvajes que llevaban aquella pesada sotana entre incomodidades y picores. La facha de Arturo, estrangulado por un ceñido cuello de celuloide que le llegaba hasta las orejas, con su cara rojiza, pecosa e hinchada, y el odio incontenible que sentía por todo el ritual, hacían que Bandini se riera abiertamente. En cuanto al menor, Federico, la cosa no cambiaba, seguía siendo un demonio a pesar de todos aquellos avíos. A pesar de los seráficos suspiros de las mujeres en sentido contrario, Bandini conocía el aturdimiento, la molestia, el fastidio inaguantable de los muchachos. August quería ser cura; sí, sí; ya arreglaría él aquello. Se haría mayor y se olvidaría de aquellas ocurrencias. Crecería y se haría hombre, o si no, Svevo Bandini le arrancaría la cabezota de cuajo.
María cogió la gallina muerta por las patas. Los chicos se taparon la nariz y salieron corriendo de la cocina cuando la madre la abrió para prepararla.
—El muslo para mí —dijo Federico.
—Ya te oímos antes —dijo Arturo.
Estaba de un humor de perros, la conciencia no paraba de hacerle preguntas relativas a la gallina ejecutada. Había cometido un pecado mortal, ¿o era pecado venial matar a una gallina? Echado en el suelo de la salita, con el calor de la estufa barrigona calentándole el costado, reflexionó con espíritu sombrío a propósito de las tres circunstancias que, según su catecismo, hacían que un pecado fuese mortal: 1) materia grave, 2) advertencia plena, 3) perfecto consentimiento.
La cabeza le dio vueltas en torno de lúgubres fantasías. Recordó la historia que les había contado sor Justina acerca de aquel asesino que las veinticuatro horas del día, despierto y dormido, veía ante sí la cara contraída del hombre al que había matado; la aparición se reía de él y le acusaba, hasta que, al final, el asesino, aterrado, fue a confesarse y rindió cuentas a Dios por el negro crimen que había cometido.
¿Sufriría también él aquella persecución? Ah, gallina alegre y confiada. Una hora antes el animal estaba vivo, en paz con la tierra. Pero ahora estaba muerto, asesinado a sangre fría por su propia mano. ¿Le acosaría la cara de una gallina hasta el fin de su existencia? Miró hacia la pared, parpadeó, tragó saliva. ¡Allí estaba, la gallina muerta le miraba fijamente a la cara mientras cacareaba de un modo maligno! Se puso en pie de un salto, corrió al dormitorio, cerró la puerta con pestillo:
—;Santísima Virgen María, dame una oportunidad! ¡No quise hacerlo! ¡Juro ante Dios que no sé por qué lo hice! ¡Por favor, gallina bonita! ¡Querida gallina, siento haberte matado!
Y se puso a recitar en tropel Avemarías y Padrenuestros hasta que las rodillas le dolieron, hasta que, tras hacer un cálculo exacto de los rezos, llegó a la conclusión de que cuarenta y cinco Avemarías y diecinueve Padrenuestros satisfacían cualquier contrición que se preciara. Pero un temor supersticioso al número diecinueve le obligó a recitar el Padrenuestro que completaba la veintena. Acto seguido, con el espíritu inquieto aún por la posibilidad de haber sido mezquino, atacó otras dos Avemarías y otros dos Padrenuestros para que no quedase la menor duda de que no era supersticioso y de que no creía en los números, ya que el catecismo hacía hincapié en la reprobación de toda creencia supersticiosa.
Habría podido seguir rezando, pero su madre le llamó para cenar. En el centro de la mesa de la cocina había puesto aquélla una bandeja con los restos fritos de la gallina parda. Federico chillaba y golpeaba el plato con el tenedor. El piadoso August bendecía la mesa con la cabeza gacha. Mantuvo doblada la dolorida nuca hasta un buen rato después de haber acabado la oración, preguntándose por qué su madre no decía nada. Federico dio un codazo a Arturo, se volvió a August y le hizo burla agitando la mano con el pulgar pegado a la nariz. María estaba ante la estufa. Se dio la vuelta con la salsera en la mano y vio a August con la dorada testa inclinada con devoción.
—Mi buen August —dijo con un sonrisa—, ¡Dios te bendiga, hijo mío!
August alzó la cabeza y se santiguó. Pero Federico ya se había lanzado al ataque sobre la bandeja y se había hecho con los dos muslos de la gallina. Mordisqueaba uno de ellos; el otro lo tenía escondido entre las piernas. Los ojos de August recorrieron la mesa con irritación. Sospechaba de Arturo, que parecía desganado. María tomó asiento entonces. Sin decir palabra, extendió un poco de margarina en una rebanada de pan.
Los labios de Arturo se habían curvado en una mueca mientras observaba a la gallina crujiente y desmembrada. Una hora antes había sido un animal feliz, ignorante del crimen que iba a cometerse. Observó a Federico y la boca que le chorreaba mientras devoraba la carne suculenta. Le dio asco. María empujó la bandeja hacia él.
—Arturo, ¿no comes?
La punta del tenedor del muchacho rebuscó con selectividad fingida. Encontró una presa solitaria, una presa desdichada cuyo aspecto empeoró al ponérsela en el plato: era la molleja. Dios mío, por favor, no permitas que vuelva a tratar mal a los animales. Dio un mordisco receloso. No estaba mal. Tenía un sabor delicioso. Dio otro mordisco. Sonrió. Buscó otros pedazos. Comió con fruición y se puso a buscar los fragmentos más blancos. Recordó dónde había escondido Federico el otro muslo. Metió la mano bajo la mesa y sin que nadie se diese cuenta, lo cogió del regazo de Federico. Cuando hubo devorado el muslo, se echó a reír y arrojó el hueso en el plato del hermano menor. Federico se quedó mirando el hueso y se tanteó el regazo con alarma.
—Te juro que me las pagarás, ladrón —le dijo.
August miró con reprobación a su hermano pequeño, sacudiendo la cabeza rubia. Jurar era pecado; sin duda no era pecado mortal; sin duda sólo venial, pero pecado al fin y a la postre. Aquello le entristecía mucho, pero también se alegraba mucho por no emplear palabras malsonantes como sus hermanos.
No era una gallina grande. La bandeja del centro acabó por vaciarse y cuando no quedaron más que los huesos, Arturo y Federico los abrieron a mordiscos para chuparles la médula.
—Es mejor que papá no haya venido a cenar —dijo Federico—. Habríamos tenido que dejarle una parte.
María miró a los tres con una sonrisa; tenían la cara manchada de salsa y en el pelo de Federico había incluso restos de carne. Se los quitó con la mano y les advirtió que no se portasen mal delante de la abuela Donna.
—Si coméis como lo habéis hecho esta noche, no os regalará nada.
Amenaza inútil. ¡La abuela Donna y sus regalos! Arturo lanzó un gruñido.
—Pero si sólo nos regala pijamas. ¿Para qué quiero yo un pijama?
—Seguro que papá está ya borracho —dijo Federico—. Él y Rocco Saccone.
María cerró el puño, que se puso tirante y blanco.
—El muy animal —dijo—. ¡No lo mientes en esta mesa!
Arturo comprendía el odio que sentía su madre hacia Rocco. María le tenía mucho miedo, se ponía muy agitada cuando estaba cerca. Era incombustible el desprecio que sentía hacia la amistad vitalicia que le unía a Bandini. De pequeños, cuando aún vivían en Los Abruzos, ya eran amigos. Antes de casarse con ella, había compartido con Rocco la amistad de algunas mujeres y cuando éste se presentaba en la casa, los dos bebían y se reían juntos sin motivo aparente, murmuraban unas palabras en un dialecto italiano y estallaban en carcajadas, lenguaje violento de gruñidos y recuerdos, pletórico de alusiones y referencias, aunque insignificante al mismo tiempo y siempre en relación con un mundo desconocido para ella y que jamás podría conocer. Fingía que no le importaba lo que hubiera hecho Bandini antes de casarse, pero aquel Rocco Saccone y la risa obscena que Bandini compartía y con la que disfrutaba componían una suerte de secreto del pasado que ella ansiaba descifrar, poner al descubierto de una vez por todas, pues le parecía que una vez al tanto de los misterios de aquella primera época, el lenguaje privado de Svevo Bandini y Rocco Saccone desaparecería para siempre.
Cuando Bandini estaba fuera, la casa no era la misma. Acabada la cena, los chicos, amodorrados por la comida, se echaron en el suelo de la salita, para disfrutar del calor entrañable de la estufa del rincón. Le echó carbón Arturo y se puso a silbar y a canturrear de alegría, a reír dulcemente cuando los muchachos se tendieron, saciada el hambre, a su alrededor.
María lavaba la vajilla en la cocina, consciente de que había un plato y una taza menos. Al devolverla a la despensa, la desportilladísima taza de Bandini, más grande y maciza que las demás, parecía exhibir un orgullo herido ‘por no haberse utilizado en toda la cena. En el cajón donde guardaba los cubiertos, el cuchillo de Bandini, el preferido de Bandini, el más perverso y afilado de todo el juego, emitió un destello luminoso.
La casa perdió entonces su identidad. Una teja suelta susurraba sarcasmos al viento; los cables de la luz rozaban el soportal trasero, produciendo murmullos despectivos. El mundo de los seres inanimados cobraba voz, charlaba con la casa vieja y la casa parloteaba con deleite confabulado acerca de la insatisfacción que reinaba dentro de sus paredes. Los tablones que había bajo sus pies chillaban de placer infeliz.
Bandini no volvería a casa aquella noche.
La percepción de que no iba a regresar, el saber que sin duda estaría borracho en alguna parte del pueblo, que se ausentaba adrede, era algo aterrador. Todo lo nauseabundo y dañino que había en la tierra parecía estar al tanto del secreto. Se sentía ya rodeada por las fuerzas de las tinieblas y el terror, que marchaban sobre la casa en formación macabra.
Una vez que estuvieron limpios los platos y en su sitio, despejado el fregadero, barrido el suelo, su jornada acabó de repente. No había ya nada que la ocupase. A lo largo de catorce años había cosido y remendado tanto a la luz amarillenta de las bombillas que los ojos se le negaban a seguir haciéndolo cuantas veces volvía a intentarlo; el dolor de cabeza se apoderaba de ella y tenía que dejarlo hasta el día siguiente.
A veces, cuando las encontraba, hojeaba revistas femeninas; revistas vistosas y elegantes que anunciaban a voz en cuello un paraíso norteamericano para las mujeres: muebles hermosos, hermosos vestidos: mujeres bellas y atractivas que vivían historias de amor con la levadura; mujeres elegantes que discutían sobre papel higiénico. Aquellas revistas, aquellas imágenes, venían a simbolizar una categoría inconcreta: «las norteamericanas». Ella siempre hablaba con temor y respeto de lo que hacían «las norteamericanas».
Creía en aquellas imágenes. Se pasaba horas sentada en la mecedora vieja, junto a la ventana de la salita, hojeando siempre revistas femeninas, humedeciéndose sistemáticamente la punta del índice para volver la página. La convicción de que estaba al margen de aquel mundo de «las norteamericanas» acababa actuando sobre ella como un narcótico.
He allí una faceta suya de la que Bandini se burlaba con resentimiento. Él, por ejemplo, era italiano puro, de una familia campesina atada al terruño desde hacía muchas. No obstante, ahora que se había nacionalizado, ya no se consideraba italiano. Era norteamericano; a veces le sonaba en la cabeza el timbrecito de la nostalgia y se ponía a manifestar su orgullo de casta entre alaridos; pero a efectos prácticos era norteamericano y cuando María le hablaba de lo que hacían y se ponían «las norteamericanas»,cuando sacaba a relucir la actividad de una vecina, «la norteamericana esa que vive más abajo», él se ponía hecho una furia. Porque él era muy sensible a las diferencias de clase y raza, al sufrimiento que comportaban, y estaba resentido con ellas.
Bandini era albañil y para él no había sobre la faz de la tierra una profesión más sagrada. Se podía ser rey, se podía ser conquistador, pero, al margen de lo que se fuese, había que tener una casa; y si se tenía dos dedos de frente, la casa sería de ladrillo; y, como es lógico, construida por un afiliado al sindicato que cobraría el salario mínimo estipulado por el sindicato. Aquello era lo importante.
Pero María, sumida en el mundo fantástico de las revistas femeninas, contemplando entre suspiros las planchas eléctricas, las aspiradoras, las lavadoras automáticas y las cocinas eléctricas, no tenía más que cerrar las páginas de aquel mundo quimérico y mirar a su alrededor: sillas incómodas, alfombras raídas, habitaciones heladas. No tenía más que mirarse la palma de la mano, llena de callos por culpa de la tabla de lavar, para darse cuenta de que después de todo ella no era norteamericana. Nada de ella, ni la cara, ni las manos, ni los pies; ni la comida ni los dientes con que la masticaba: nada de ella, nada en absoluto la emparentaba con «las norteamericanas».
En el fondo de su corazón no necesitaba ni libros ni revistas. Tenía su propia manera de huir, su camino particular hacia la satisfacción: el rosario. Aquella ristra de cuentas blancas, con los diminutos engarces rotos en múltiples lugares y atados con fragmentos de hilo blanco que acababan poco a poco por romperse, era, abalorio tras abalorio, su sosegada fuga del mundo. Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo. Y María comenzaba a ascender. Abalorio tras abalorio, la vida y los vivos desaparecerán. Dios te salve, María, Dios te salve, María. Un sueño sin ensueño la vencía. Una pasión ajena a la carne la arrullaba. Un amor sin muerte entonaba la melodía de la fe. Estaba lejos: era libre; ya no era María, ni norteamericana ni italiana, ni pobre ni rica, ni con lavadoras automáticas y aspiradoras ni sin ellas; estaba en el reino de los que ya lo tenían todo. Dios te salve, Dios te salve, una y otra vez, mil veces y cien mil veces más, oración tras oración, adormecimiento del cuerpo, fuga del espíritu, muerte de la memoria, espita del dolor, fantasía intensa y muda de la fe. Dios te salve María y Dios te salve. Era su única razón de vivir.
Aquella noche, el tránsito ensartado de la fuga, la alegría que el rosario le procuraba, le bullía en la cabeza mucho antes de apagar la luz de la cocina y entrar en la salita, en cuyo suelo yacían los hijos que roncaban amodorrados. Federico había comido con exceso. Dormía ya como un lirón. Yacía con la cara vuelta, la boca abierta totalmente. August, boca abajo, contemplaba con faz inexpresiva la boca de Federico y pensaba que, cuando le ordenasen sacerdote, obtendría a buen seguro una parroquia con mucho dinero y cenaría pollo todas las noches.
María se dejó caer en la mecedora que había junto a la ventana. El conocido crujido de las rodillas maternas hizo que Arturo se encogiese con talante enojado. La madre sacó el rosario del bolsillo del delantal. Cerró los ojos negros y se le movieron los labios cansados, murmullo audible e intenso.
Arturo se dio la vuelta y observó la cara de su madre. La cabeza le iba a toda velocidad. ¿ Le interrumpiría para pedirle diez centavos para el cine o ahorraría tiempo y problemas yendo directamente al dormitorio y robándoselos? No había peligro de que le sorprendieran. Una vez que la madre se ponía a rezar el rosario, no abría los ojos hasta que lo acababa. Federico dormía y en cuanto a August, era demasiado beato y memo para enterarse de lo que pasaba en el mundo. Se puso en pie y se desperezó.
—Aoooooh. Voy a buscar un libro.
Ya en la congelada oscuridad del dormitorio materno, levantó el colchón por la parte de los pies. Tanteó las escasas monedas que había en el bolso raído, de céntimo y cinco céntimos, pero hasta el momento ninguna de diez. Los dedos se le cerraron entonces alrededor de la parvedad conocida y delgada de una moneda de diez céntimos. Puso el bolso en su sitio, entre dos muelles, y escuchó si había ruidos sospechosos. A continuación, silbando a todo meter y pisando fuerte, entró en su cuarto y cogió el primer libro de la cómoda que tuvo al alcance de la mano.
Volvió a la salita y se tumbó en el suelo, al lado de August y Federico. El fastidio se le dibujó en la cara cuando advirtió qué libro había cogido. Era la vida de santa Teresita del Niño Jesús. Leyó la primera línea de la primera página. «Cuando vaya al cielo, sólo me dedicaré a hacer el bien en la tierra.» Cerró el libro y se lo pasó a August.
—¡Uf! —exclamó—. No tengo ganas .de leer. Me voy a ver si los amigos están patinando en la montaña.
Los ojos de María siguieron cerrados, pero curvó los labios un poco para indicar que había oído y que aprobaba el plan. A continuación movió la cabeza despacio, de izquierda a derecha. Era su manera de decir que no volviese tarde.
—De acuerdo -dijo Arturo.
Caliente y lleno de impaciencia bajo los jerseys ajustados, recorrió Walnut Street a la carrera unas veces, al paso otras, cruzó las vías, llegó a la Calle Doce, donde atajó por la estación de servicio de la esquina, cruzó el puente, cruzó el parque a todo correr porque el bulto negro de los álamos le daba miedo, y menos de diez minutos más tarde se encontraba jadeando bajo la marquesina del Cine Isis. Como suele suceder en los pueblos pequeños, unos cuantos muchachos de su edad holgazaneaban ante el cine, sin dinero, esperando con mansedumbre a que la bondad del encargado de los acomodadores les permitiera, o no, según el humor con que estuviese, entrar gratis bastante después de comenzada la última película de la noche. También él había estado muchas veces allí, pero aquella noche tenía diez centavos y con una sonrisa campechana dirigida a los pequeños parásitos, sacó la entrada y se coló en el interior.
Eludió al acomodador uniformado que le hizo señas con el dedo y anduvo solo por la oscuridad. Primero se sentó en la última fila. Cinco minutos más tarde avanzó dos filas. Un instante después volvía a mudarse. Poco a poco, a rachas de dos o tres filas, se fue acercando a la pantalla resplandeciente, hasta que por fin estuvo en la mismísima primera fila y no pudo seguir adelante. Y allí se quedó, con el cuello en tensión y la nuez de Adán sobresaliéndole, obligado casi a mirar hacia el techo para ver las andanzas de Gloria Borden y Robert Powell en Idilio en el río.
El hechizo de aquella droga de celuloide se apoderó de él en el acto. Estaba convencido de que su cara tenía un notable parecido con la de Robert Powell y no menos seguro de que la faz de Gloria Borden tenía una semejanza sorprendente con la de su maravillosa Rosa: con lo que se sintió totalmente cómodo y a gusto, se reía a mandíbula batiente de los ingeniosos comentarios de Robert Powell y se estremecía de voluptuosidad cada vez que Gloria Borden se ponía melosa y apasionada. Robert Powell perdió poco a poco su identidad y se convirtió en Arturo Bandini y Gloria Borden su metamorfoseó paulatinamente en Rosa Pinelli. Tras el espantoso accidente de avión en que Rosa acababa en la mesa de operaciones sin que nadie, salvo Arturo Bandini, pudiese llevar a cabo la operación urgente de la que dependía la vida de la joven, el muchacho de la primera fila se echó a temblar. ¡Pobre Rosa! Las lágrimas le corrían por las mejillas y se secó la nariz goteante frotándosela con impaciencia con la manga del jersey.
No obstante, sabía, tenía la intuición de que el joven doctor Arturo Bandini realizaría un milagro médico, que, como era de esperar, ¡oh cielos, se realizó! Antes de enterarse de lo que pasaba, el guapo médico estaba besando a Rosa; era primavera, el mundo era hermoso. De pronto, sin la menor advertencia previa, se acabó la película y Arturo Bandini, llorando y sollozando, permaneció en la primera fila del Cine Isis, turbado hasta lo indecible y angustiado por haberse conducido como un gallina. Todos los usuarios del Isis le miraban. Estaba convencido, ya que era innegable que él y Robert Powell se parecían como dos gotas de agua.
Los efectos del estupor se le fueron pasando poco a poco. Las luces se habían encendido, la realidad había regresado y miró a su alrededor. No había nadie en diez filas a la redonda. Miró atrás, hacia la masa de caras pálidas y exangües del centro y parte trasera del cine. Sintió una descarga eléctrica en el estómago. Contuvo la respiración con pavor espasmódico. En medio de aquel pequeño mar de insulsez, un rostro refulgía igual que un diamante alrededor de unos ojos de belleza cegadora. ¡Era el semblante de Rosa! ¡Y hacía apenas unos momentos que la había salvado en el quirófano! Pero todo era una mentira desconsoladora. Él estaba allí, único espectador de las diez primeras filas de asientos. Agachándose hasta que la frente le quedó casi oculta, se sintió igual que un ladrón, un criminal, mientras echaba miradas furtivas a aquel rostro embriagador. ¡Rosa Pinelli! Estaba sentada entre su padre y su madre, dos italianos gordos como toneles, de papada doble, casi en la última fila del cine. Ella no le podía ver; estaba seguro de que había demasiada distancia para que le reconociese, a pesar de que sus ojos la salvaban sin dificultad y la contemplaban milímetro a milímetro, veían los rizos sueltos que le sobresalían por debajo del sombrero, las cuentas oscuras que le circundaban el cuello, sus dientes tachonados de estrellas. ¡De modo que también ella había visto la película! Los ojos negros y risueños de Rosa lo habían visto todo. ¿Habría advertido el parecido que había entre él y Robert Powell?
No: en realidad no había ningún parecido; en realidad no. No era más que una película, y él estaba en primera fila, tenía calor y se dio cuenta de que sudaba. Tuvo miedo de tocarse el pelo, miedo de levantar la mano y de echarse el pelo hacia atrás. Sabía que lo tenía erizado y despeinado como la cizaña. La gente lo reconocía siempre porque tenía un pelo rebelde que el peine no doblegaba nunca y porque siempre lo tenía demasiado largo. Puede que Rosa le hubiera descubierto ya. Ah, ¿por qué un pelo que no podía peinarse? ¿Por qué se olvidaba siempre de cosas así? Se fue encogiendo mientras echaba miradas furtivas hacia lo alto para ver si el pelo le sobresalía del respaldo del asiento. Con cuidado, centímetro a centímetro, alzó la mano para alisarse el cabello. Pero no pudo. Tenía miedo de que la muchacha viera la mano.
Cuando las luces volvieron a apagarse, respiró de alivio. Pero al comenzar la segunda película se dio cuenta de que tenía que irse. Se apoderó de él. una vergüenza inconcreta, una especie de conciencia de que llevaba jerseys viejos, de que llevaba la ropa que llevaba, el recuerdo de Rosa riéndose de él, el temor de que, a menos que se fuese furtivamente en aquellos momentos, pudiese coincidir con ella en el vestíbulo cuando abandonara el cine con sus padres. No soportaba la idea de encontrarse con éstos. Sus ojos se cernerían sobre él; los ojos de Rosa se agitarían de hilaridad. Rosa lo sabía todo de él; cada pensamiento y hazaña. Rosa sabía que le había robado una moneda de diez centavos a su madre, que tenía necesidad de ella. Rosa le miraría y lo sabría. Tenía que vencer el miedo; o salir de allí; podía suceder cualquier cosa; las luces podían encenderse otra vez y verle ella; tal vez se declarase un incendio; podía suceder cualquier cosa; tenía que levantarse e irse, así de sencillo. Podía estar con Rosa en un aula, o en el patio del colegio; pero aquello era el Cine Isis y él parecía un mísero vagabundo con aquellos harapos que lo diferenciaban de todos los demás, y había robado el dinero: no tenía derecho a estar allí. Si Rosa le veía, leerla en su cara que habla robado el dinero. Sólo diez centavos, sólo un pecado venial, pero pecado, se mirara como se mirase. Se puso en pie y recorrió el pasmo con pasos largos, rápidos y silenciosos, la cara vuelta hacia un lado, la mano ocultándole la nariz y los ojos. Cuando llegó a la calle, el frío aterrador de la noche le atacó de frente como con un látigo y echó a correr, el viento horadándole la cara, suscitándole pensamientos nuevos y atrevidos.
Al doblar por el camino que conducía al soportal de su casa, el perfil de la madre en la ventana hizo que la tensión que se le había acumulado en el alma saliera con fuerza a la superficie; la piel se le rompió y pulverizó como una ola y en un arrebato se echó a llorar, emergió la culpa, y ésta le inundó y rodeó por todas panes. Abrió la puerta y se encontró en el interior de su propia casa, en el calor de su casa, que se le antojó intenso y delicioso. Sus hermanos se habían ido a dormir, ¡pero María no se había movido y supo que no había abierto los ojos mientras los dedos, con ciega convicción, daban vueltas a la interminable circunferencia de abalorios. Cielos, qué formidable, qué buen aspecto tenía su madre. ¡Mátame, Señor, porque soy un cerdo, ella una santa y yo debo perecer! Mírame, mamá, porque te he robado los diez centavos y tú sigues rezando. Mátame, mamá, con tus propias manos.
Cayó de rodillas y se abrazó a ella aterrado, jubiloso y culpable. La mecedora se sacudió a instancias de sus sollozos, las cuentas tintinearon en las manos maternas. La madre abrió los ojos y le sonrió, sus dedos delgados le acariciaron el pelo con dulzura y pensó que el muchacho necesitaba ir a la peluquería. Los sollozos filiales satisficieron a la madre como si se tratara de caricias, la inundaron de una ternura que se centró en las cuentas del rosario, de un sentimiento que fundía en una sola unidad las cuentas y los sollozos.
—Mamá —balbuceó el muchacho—. He hecho una cosa.
—No te preocupes —le dijo la madre—. Ya lo sé.
La respuesta le sorprendió. ¿Cómo lo sabía? Había birlado la moneda con pericia de maestro. Había engañado a su madre, y a August, y a todos. Los había engañado a todos.
—Rezabas el rosario y no quise molestarte —mintió el muchacho—. No te quise interrumpir en mitad del rosario.
—¿Cuánto cogiste? —le preguntó ella con una sonrisa.
—Diez centavos. Pude cogerlo todo, pero sólo cogí diez centavos.
—Lo sé.
Se sintió molesto.