Guerra de los Treinta Años

guerra de los treinta años

La guerra de los Treinta Años fue una serie de conflictos y disputas territoriales entre muchos países de Europa, que tuvieron como telón de fondo la rivalidad entre católicos y protestantes. La principal causa de la guerra fue la alianza entre la Iglesia Católica y el Sacro Imperio Romano-Germánico (instrumento político de la dinastía Habsburgo), además de sus iniciativas para imponer la fe católica y combatir violentamente el protestantismo en toda Alemania.

De hecho, los protestantes constituían la mayor parte de la población y lógicamente no aceptaban tal imposición. Para combatir la intolerancia religiosa imperial, en 1608 crearon la Unión Evangélica, una especie de alianza política entre los estados protestantes alemanes. Pero un año más tarde los católicos pronto reaccionaron y también fundaron su propia alianza, la Liga Católica. En aquel momento parecía que la confrontación militar entre los dos lados era sólo una cuestión de tiempo.

El comienzo de la guerra

El estallido de la Guerra de los Treinta años se dio el 23 de mayo de 1618, cuando miembros de la Unión Evangélica tiraron a 3 defensores del rey católico Fernando 2º por la ventana del segundo piso del palacio real, episodio conocido como la “Defenestración de Praga“. En los años iniciales las tropas protestantes lograron importantes victorias sobre los católicos. La propia ciudad austríaca de Viena, centro del poder Habsburgo, fue sitiada por las tropas de la Unión Evangélica en 1619. Sin embargo, divergencias internas acabaron debilitando el lado protestante, que posteriormente acabó sufriendo una serie de derrotas.

La internacionalización del conflicto

Sin embargo, la disputa religiosa de la Guerra de los Treinta años poco se fue convirtiendo en un gran juego político con la internacionalización del conflicto, ya que el poder cada vez mayor de los Habsburgo representaba una gran amenaza a los intereses de las otras naciones europeas. Los daneses fueron los primeros en unirse a los protestantes, aunque ésta se acabó mostrando un emprendimiento sin éxito.

En realidad, el fracaso de los daneses fortaleció aún más el poder de los Habsburgo, aspecto que llevó a Francia, mayor potencia militar de la época, a negociar la entrada de las tropas suecas en el conflicto. A pesar de haber logrado expresivas victorias entre 1630 y 1632, el rey sueco Gustavo Adolfo acabó muriendo en batalla y sus tropas tuvieron que retirarse de la lucha.

Por eso, los franceses no vieron otra alternativa que entrar directamente en la guerra. A pesar de ser una nación mayoritariamente católica, Francia luchó al lado de los protestantes, ya que el objetivo primordial era contener el avance de los Habsburgo y consolidar su posición de potencia europea. Con un poderoso ejército de más de 100 mil hombres y el apoyo de los Países Bajos, los franceses finalmente vencieron la Guerra de los Treinta Años e impusieron su voluntad a través de la firma del Tratado de Westfalia.

Consecuencias de la Guerra de los Treinta años

Las principales consecuencias de este largo período de conflictos fueron la consolidación de Francia como el poder terrestre dominante y el inicio de su hegemonía en Europa, la independencia de naciones con Suiza y los Países Bajos, además de la disminución del poder de la Iglesia sobre las monarquías europeas general.